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lunes, 18 de abril de 2011

Pintores del XX: Hopper

Al igual que cuando pasamos por un campo de girasoles pensamos en Van Gogh, si entramos en alguna anónima y desangelada habitación de hotel se nos aparece Edward Hopper. Su curiosa y analítica mirada acuñó esa imagen, hoy ya universal, de la mujer pensativa y sola en un cuarto tan lóbrego como ajeno.
Hopper tuvo una sensibilidad especial para percibir los entresijos más vulnerables del alma humana. Por eso, el tema que atraviesa su obra es la soledad. La soledad que se infiltra como una negra sombra por la ventana abierta a la noche urbana. Otras veces, en cambio, en un pintor tan preocupado de los efectos lumínicos, lo que entra es la luz del sol y la brisa marina de Cape Cod por la mañana.
Sorprende que sea Edward Hopper, un pintor en el fondo afrancesado y postimpresionista, el artista que mejor ha sabido descifrar las peculiaridades de la Norteamérica contemporánea: la incomunicación metropolitana, el frustratorio trabajo de oficina y el viaje como posible escapatoria o modo de vida alternativo. Quizá esto explique que el cine y la publicidad hayan saqueado tan a menudo su obra, desde Hitchcock en Psicosis hasta Ralph Lauren en sus anuncios de jóvenes esbeltos en veleros de recreo. Sin embargo, en sus personajes palpitan demasiadas cosas nuestras de las que casi nunca tenemos ganas de hablar.

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