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martes, 29 de noviembre de 2011

El Peligro de la Seducción

Resulta cada vez más indudable que al presidente en funciones de primer apellido Rodríguez alguno de sus tan superabundantes como avezados consejeros le pasó en su día una ficha con lo más granado de las agudezas intelectuales del posmoderno (como él) Baudrillard. Y a él se le quedó grabado el eslogan: "lo que cuenta es la seducción". Desde entonces no escatimó en esfuerzos, propios y ajenos, para practicarlo con perseverancia. Hasta que nos dejó con lo puesto. Pero mientras duró el espejismo millones de españoles creyeron (vamos a no adjetivar con qué fe) que el presente nunca acabaría. Para muchos de ellos hoy ya es demasiado tarde. Y de nada les vale que el presidente de primer apellido Rodríguez siga cada vez menos "en funciones".

El estilo encantador de la seducción frente al mundo mondo y lirondo de la realidad. Esa era entonces la elección. Acabamos de aterrizar en la realidad, pero la nave que nos trajo todavía no ha abierto las puertas a su panorama. Y seguro que de éste no dijo ni una palabra Baudrillard. Y esta es, ahora, la lección.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La La La Human Steps: New Work

Este sábado he vuelto a ver a los La La La Human Steps. Bailaban el nuevo trabajo (New Work) de Edouard Lock, ese genio medio español medio marroquí que nació para la danza en la afanosa y olímpica Montreal de los 70.
Hacía mucho tiempo que no los disfrutaba en directo, casi 20 años, que se dice pronto. Pero al poco de empezar el espectáculo ascendió a mi memoria aquel estremecimiento de la primera vez, cuando los descubrí una veraniega tarde en Edimburgo. Recuerdo que me asombraron con su técnica y su instinto para la belleza. Afortunadamente en eso no han cambiado. Mi cada vez más precavida capacidad de sorpresa vuelve a comprobar que la compañía y su fundador siguen apostando sin ambages por la misma exigencia técnica al servicio consuntivo de la belleza. Rara apuesta en unos tiempos donde lo moderno parece exigir el triunfo de lo feo y hasta lo salvaje.
En realidad Lock es un clásico, un clásico muy vivo de la danza moderna que aprovecha todos los recursos técnicos del ballet clásico para reelaborar una nueva dicción del movimiento y una nueva gestión del espacio. Aceleración sincronizada, gestualidad contenida pero expresiva, escenografía sobria y elemental y, sobre todo, una escrupulosa resistencia a todo elemento accesorio y perturbador que incluye desde la coreografía hasta el vestuario. Estas serían, para mí, sus principales señas de identidad.
En La La La Human Steps es la danza lo que brilla y el cuerpo humano su central protagonista, ese instrumento que escribiendo en el aire las más puras líneas consigue traducir la auténtica emoción de la belleza.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Unchained Melody revisitada

Unchained Melody es probablemente la canción más versionada de la historia de la música ligera. Y lo fue desde muy pronto. Después de que se grabara por vez primera en el 65 un sinfín de artistas se lanzaron sobre ella como niños sobre los caramelos de una cabalgata. Hay quien ha contado hasta 500 interpretaciones distintas del tema.
Así que es lógico que tanto éxito popular haya terminado por perjudicar los valores musicales de esta bella melodía. Tan manoseada por la publicidad y el cine ha sido que a muchos nos provoca cierta alergia. La puntilla, para colmo, se la dio Jerry Zucker en 1990. Este director no tuvo idea más original que utilizarla como parte principalísima de la banda sonora de su película Ghost, aquel lamentable engendro lacrimógeno que protagonizaron unos jóvenes Patrick Swayze y Demi Moore, la alfarera menos creible de la historia del celuloide, ¿se acuerdan?
En aquella ocasión la cantaban los Righteous Brothers que, sin duda alguna, consiguieron ser superados en empalago estomagante por The Platters primero y luego por los pimpollos telegénicos de Il Divo cuando decidieron incorporarla a su manido repertorio.
Pero la canción es buena, yo diría que muy buena. Y la prueba la tienen ustedes, por ejemplo, en cómo la canta Al Green, que hace de ella un tema nuevo, como recién escuchado por primera vez.
¡Qué maravilla ese tempo lento que le da, como arrastrando el silabeo! ¡Y el coro final es para haberlo mantenido mucho más tiempo!

martes, 22 de noviembre de 2011

A 110

A 110. Esa fue la velocidad con la que nos la jugó Rubalcaba. A ella nos hizo ir a todos los españoles durante unos meses por mor del gasto. Y el destino, que suele esperar con flema en las curvas más cerradas, le ha gastado la peor de las pasadas (elecciones). Aquella penúltima ocurrencia ahorradora, cuando aun era ministro de algo, se le ha venido encima hoy, cuando ya ni siquiera es candidato de nada que no sea su propia defunción.
110 diputados (y diputadas) a sus compañeros (y compañeras) del PSOE seguro que les ha sentado peor que a nosotros aquellos 110 kilómetros por hora. Aunque más tarde, al menos nosotros llegábamos a nuestro destino. Sin embargo, el PSOE del 110 ¿cómo llegará a su propio Congreso Ordinario? Lo de menos, en sus circunstancias, es que llegue tarde. A ver si llega.
"¡Qué pena -dirá Rubalcaba entre dientes- que ya no disponga de la varita mágica del BOE para plegar la realidad a mis necesidades. Ahora 110, ahora 120". Al menos, a 120 no parecerían tan lejos los 125 diputados que sacara hace una década el fracasado Almunia.

El Impresionismo en casa de Nadar

La situación era tan opresiva que a iniciativa del bueno de Pisarro el grupo no tuvo más remedio que organizarse en una especie de sociedad anónima para poder llegar al público sin pasar por el cedazo humillante del Salón.
Fue esta sociedad la que decidió celebrar una serie de exposiciones de carácter comercial al margen del dictado de la Academia. Aquella utopía con la que soñara Bazille veía, en la primavera del 74, por fin la luz. Y no, precisamente, en una galería de cuadros sino en la casa de Nadar, en su taller fotográfico del mítico bulevar des Capucines. Todos los que tenían algo que decir y no podían decirlo en el Salón lo dijeron en ese estudio, el atelier rouge que Nadar mandó iluminar con luz de gas; de Zacharie Astruc o Eugéne Boudin a Sisley y Renoir.
 Para amortiguar la previsible ira del público no tuvieron inconveniente en invitar a artistas integrados, cuyas obras los posibles compradores aceptaban bien en sus residencias, como Bracquemond o de Nittis. Pero el público no tragó. La reacción general fue decepcionante y apenas hubo ventas significativas. Desprecio e hilaridad, esto es lo que se desprende de la mayor parte de las crónicas de la época. Esto publicó, por ejemplo, Le Figaro: "Delante de estos pintores se tiene la impresión de que un mono se ha apoderado de una caja de colores".
Cézanne había enviado su "Casa del ahorcado", donde la influencia de Pisarro todavía se puede palpar. Monet, campos de amapolas y algunas marinas del puerto de Le Havre. Degas, sus inconfundibles bailarinas y caballos de carreras. Pisarro, algunos jardines de Pontoise. Renoir, flores y mujeres frescas como manzanas recién cogidas. Y la única mujer del grupo, Berthe Morisot, también optó por los paisajes.

Manet se negó a participar en la fiesta. Quizá porque no le convenía para sus pretensiones de ser aceptado en el Salón oficial, su única obsesión. A pesar de todo, prestó algunas obras de su colección particular, obras de sus compañeros, naturalmente.  También coleccionistas como el doctor Gachet o el cantante Faure se animaron a ceder algunas de sus adquisiciones  más recientes. Incluso el marchante Durand-Ruel aportó su granito de arena.
El evento, que duró un mes, era demasiado tentador como para que el público, en una ciudad tan efervescente como aquel París que todavía se recuperaba de los efectos de la Comuna, no respondiera, al menos, con curiosidad. Más de 3.500 visitantes, eso es lo que afirman historiadores como Peter H. Feist. John Rewald está de acuerdo: el público acudió con generosidad, pero básicamente para mofarse. Curiosidad, pero malsana.
Sin embargo, en el mundo del arte no hay nada más eficaz que la miopía y los prejuicios burgueses para erigir una leyenda. Y con el tiempo muchos de estos artistas, con el apoyo de sagaces y activos marchantes y de cierta crítica voluntariamente heterodoxa, se han hecho legendarios.
Y todo por querer huir en su trabajo del viciado aire de los salones para abrir la pintura a la naturaleza y al movimiento incesante de los nuevos tiempos.
En cualquier caso, no hubo pretensiones de escuela. Y se agradece. Más bien, una reivindicación de otras formas de actuar. Una nueva actitud a la hora de enfrentarse a los retos que les planteaban el paisaje, la luz y la división de los colores cuyas leyes acababa de codificar el químico Chevreul.
Y, desde luego, en ningún caso fue un salto en el vacío pues abajo estaba el mullido colchón de Constable y Turner -y los beneméritos vecinos de Barbizon- para evitar la dureza del golpe.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Maledicencias de Artista (II)

De Renoir debo decir que me gusta más el hombre que su obra. Hay algo deliciosamente blando en su pintura que me empalaga un poco más de la cuenta. Incluso cuando encuentra su equilibrio como en "El palco" o en las "Muchachas de negro" del museo Pushkin no deja de exhalar cierto tufillo a pachuli. En el mejor de los casos, me parece un Watteau deslumbrado por la luz. Sin embargo, el hombre llamado Pierre Auguste Renoir me resulta fascinante. Un hombre franco, cordial, lleno de energía hasta el último momento y con una lengua tan viva como desenvuelta. De él decía Vollard que "su único placer constante fue pintar". Y ese placer se nota en sus telas.
Quizá porque amaba las cosas naturales y huía de la artificiosidad y lo sombrío se permitía aborrecer por igual a Baudelaire y a Víctor Hugo. Una noche, acostado ya, le pide a Gabrielle, su sirvienta, que le lea algo. Ésta husmea en el armario donde el pintor guarda los libros y empieza a recitar los títulos. Cuando llega a "Las flores del mal" Renoir da un respingo y dispara: "¡Qué horror! ¡Uno de los libros que más detesto! ¡No sé quién me lo ha podido traer!".
Gabrielle sigue leyendo títulos y al llegar a "La leyenda de los siglos" el pintor, con gesto de repulsión, no puede callarse: "No niego que Hugo tenga genio, pero su arte, tal como es, me horripila. Y le odio, sobre todo, porque ha sido él quien deshabituó a los franceses a hablar con sencillez".
Gabrielle, un poco desazonada a estas alturas, sigue recorriendo los lomos y de pronto se le ilumina el rostro y grita: "Señor, he encontrado un libro de Alejandro Dumas. Si titula La dama de las camelias".
"¡Jamás! -sentencia Renoir- Detesto todo lo que hizo ese escritorzuelo, y ese libro más que ninguno. Siempre me ha horrorizado el sentimentalismo barato".
Creo que esa noche Renoir se durmió sin su ración de lectura y Gabrielle seguro que se fue un poco mohína, por sentirse culpable de no dar con el título adecuado entre tantos supuestos genios de las letras.
Despotricar así de Hugo, Baudelaire y Dumas hijo, como poco, testimonia que Renoir no se dejaba impresionar fácilmente por los grandes nombres ni por el peso de la fama. Al menos delante del servicio.
Y esto también por lo que atañe a la pintura. Cuando una tarde su amigo, el marchante Vollard, le preguntó por Courbet, peso bastante ya pesado en ese momento, Renoir no se anduvo por las ramas:
"Algunos de sus cuadros iniciales no digo que no estén bien, pero desde el momento en que se convirtió en monsieur Courbet... En ese autorretrato (se refiere a Buenos días, monsieur Courbet) da la impresión de que se ha tirado meses delante de un espejo para acabar la punta de su barba... Y el pobre del pequeño monsieur Bruyas, ahi inclinado como si le estuviera lloviendo en la espalda (...) Una de las chifladuras de Courbet fue su obsesión por la naturalidad, pero no hay nada menos natural que el cuadro de su propio taller".
Renoir pensaba que en el arte nada desconcierta tanto como las cosas simples. Y ponía como ejemplo las severas amonestaciones de Jules Dupré ante una de las primeras exposiciones del grupo impresionista: "Hoy en día -se quejaba el paisajista melancólico- se pinta igual que se ve. Ya ni siquiera se preparan las telas como es debido. Es la decadencia más completa".
Pero si algo no es Renoir es decadente. Lo que, en cambio, no podría decirse, en justicia, de Dupré.

martes, 15 de noviembre de 2011

Exaltación de las Artes

Disfruta la colección artística del Grupo Santander de una serie de ocho suntuosos tapices salidos del taller de Jean Leyniers donde se exaltan las virtudes de las artes y las ciencias. De todos ellos, el paño más grande recrea en una bella alegoría barroca el caracter intelectual de las artes plásticas. Y para que no quepa duda de sus intenciones incluye una cartela con una inscripción que reza: "El arte se enaltece con el ingenio y la mano".
El intelecto y la ejecución como los principales actores del arte. Declaración de principios que sigue siendo tan actual y válida hoy como hace cinco siglos, a pesar de toda la cháchara moderna, posmoderna y hasta transcontemporánea. El arte se enaltece con el ingenio y la mano. Y aquellos que no puedan enaltecerlo de esa manera siempre pueden dedicarse a pegar sellos.

Maledicencias de Artista (I)

En este tema, como en casi todo lo demás, los pintores no iban a ser una excepción. La cofradía del arte, como cualquier otra agrupación profesional, alimenta competitividades que, de sólito, no pueden sino desembocar en querellas y rencores que los propios artistas avivan unas veces por necesidad de autoafirmación y otras como simple recordatorio de que siguen vivos y en activo.
No conozco gremio más lenguaraz y sectario que el de los artistas plásticos, con la excepción cierta del de los poetas y gentes de la pluma que, junto al de los políticos, son tanto o peor compañeros que los pintores cuando la ocasión se les presta.
No niego que a sus opiniones contundentes no les falte razón en algunas ocasiones y acepto que muchas de sus atrabiliarias declaraciones tengan esa repajolera gracia que siempre divierte a un auditorio previamente entregado a la causa. Lo que digo es que esas opiniones contundentes y declaraciones destempladas hay que ponerlas, por prudencia, en razonable cuarentena.
Y es que tengo comprobado que muchas de ellas obedecen a razones tan variopintas como ocasionales desencuentros, oscuras batallitas de poder, orgullos malheridos, becas y premios escamoteados y hasta rapiñas de esposas y amantes de todo sexo.
Y no se libra nadie. Ni hasta los presuntamente más consagrados. Ya hablé en la entrada anterior de los comentarios que el pobre Cézanne tuvo que soportar de sus colegas más conservadores. Pero bien es verdad que él tampoco se quedaba mudo. Como es de dominio público, Puvis de Chavannes era uno de los pintores más reconocidos de su época y hasta el mismísimo Rodin opinaba que era el mejor pintor de todos. Pues bien, cuenta Renoir que una tarde, hablando en el taller de un amigo suyo, se elogiaba unánimemente el cuadro de Puvis "El pescador pobre". Y Cézanne, que parecía estaba dormitando, se enderezó de golpe y dijo: "Sí, está muy bien imitado".
Y de sus antiguos compañeros los impresionistas exclamó un día delante del galerista Vollard, "¡la estamos cagando con los impresionistas; lo que hace falta es rehacer a Poussin tal cual!". ¿No es esto metralla al estómago de sus propios colegas?
Cézanne, por cierto, no tenía mejor opinión de Whistler o Fantin-Latour que, a su vez, pensaban lo mismo de él. Cuando Whistler vio el "Retrato de la hermana de Cézanne" por primera vez no se mordió su viperina lengua y soltó a quien quisiera escucharlo: "Si un niño de diez años dibujara esto en una pizarra, la  madre, si fuera como hay que ser, le daría una buena bofetada".
El propio Monet, el pintor al que más apreciaba Cézanne entre la cuadrilla impresionista, no se libró de sus críticas. En su desprecio por el impresionismo llegó a exclamar: "¡Monet no es más que un ojo!". Aunque, al menos, añadió para terminar su frase: "¡Pero, Dios, qué ojo!".
Degas, uno de los pintores más selectivos y rigurosos que haya conocido la moderna pintura francesa, no se caracterizaba tampoco por su moderación verbal. Nada menos que delante de "Mujer con flores en el corsé" de Fantin-Latour, en pleno Salón parisino, deslizó el siguiente comentario: "Tiene mucho talento este Fantin-Latour, pero apuesto a que no ha visto nunca unas flores en el corsé de una mujer".
Y algo más tarde, en el mismo Salón, cuando se encuentra con Jehan G. Vibert, un afamado pintor académico muy inflacionado por los millonarios norteamericanos de viaje por Europa -y que hoy no conoce nadie-, éste le invita muy amablemente a visitar su exposición de acuarelas añadiendo: "puede que usted encuentre nuestros cuadros y nuestras alfombras algo lujosos, pero ¿acaso la pintura no es un objeto de lujo?". A lo que Degas respondió no sin poca displicencia: "Será la suya, señor Vibert. La mía es un objeto de primera necesidad". Toma del frasco.
 
Pero de las chanzas envenenadas de Degas no se libraba ni el mismo Monet. En una exposición que Durand-Ruel había organizado en su local al pintor de los nenúfares, ante la pregunta de rigor de Monsieur Monet, Degas le espeta: "Creo que me voy a ir: todos estos reflejos de agua me hacen daño a la vista. Entre sus cuadros parece que voy a coger un resfriado por culpa de las corrientes de aire". Y se levantó el cuello de su chaqueta y tomó las de Villadiego.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cézanne y sus colegas

Es evidente que a Cézanne su caracter no le ayudó mucho a hacer amigos. Además de evitar a conciencia una formación académica (prefirió copiar y copiar a los maestros del XVIII en el Louvre) Cézanne nunca se caracterizó por un talante contemporizador o por confiar en las relaciones sociales su ascendente artístico. Si en Aix-en-Provence no le entendían, en París directamente se las hicieron pasar canutas.
En 1905, un año antes de la muerte del pintor y cuando ya era reconocido públicamente como una influencia por los más prometedores artistas del momento, Charles Morice en su Estudio sobre las tendencias actuales de las artes plásticas, publicado en el Mercure de France hacía a los artistas esta pregunta: "¿Qué diría usted de Cézanne?". La lista de pintores interrogados es abultada. Lean, como muestra, las siguientes respuestas:
L. de la Quintinie: "Cézanne es un gran artista al que le falta educación".
Gabriel Roby: "Cézanne posee un gran temperamento, pero no se ve en él ningún desarrollo consciente".
Henri Hamm: "La sinceridad evidente de Cézanne me seduce; su torpeza me asombra."
Victor Binet: "Nada que decir de los cuadros de Cézanne. Eso es pintura de pocero borracho."
Adolphe Willete: "Le apuesto lo que sea a que nunca me gastaré seis mil francos en comprar tres manzanas de lana encima de un plato sucio".
Albert Besnard: "¿Cézanne? Un bello fruto amargo."
Ignacio Zuloaga: "Me gusta Cézanne en sus telas buenas."


Hoy sólo podemos leer con inmensa piedad todas estas opiniones de aquellos que fueron sus colegas que, por lo demás, el tiempo y sus vaivenes ha ido oscureciendo hasta hacerlos prácticamente opacos mientras la pintura de Cézanne permanece invulnerable y sigue sumando enteros para la delicia de sus muy afortunados propietarios.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Entre Grecia y Yo

Dice Ignacio Ruiz Quintano en su impecable y punzante columna de este sábado: "Defender el derecho de Grecia a votar lo que haga con su deuda nacional es defender mi derecho a votar en casa si le pago al Banco la hipoteca". Y añade lapidariamente: "Lo que pasa es que Grecia está muerta".
Esa es la razón por la que ese referendum nació más como bravuconada ocasional del padre que como necesidad vital del pueblo, que efectivamente está (económicamente) muerto, que, en realidad, es la manera más efectiva de estar hoy finiquitado.
¿Y yo? En tanto que moribundo hipotecado todavía me quedan fuerzas (aunque pocas) para ir a votar. Ahí radica la principal diferencia con los griegos. Yo aún no estoy muerto. Aunque mucho me temo que después del último esfuerzo del día 20 de noviembre tanto a mí como al resto de mis compatriotas las fuerzas sólo nos alcancen para comprobar cómo perdemos también todos los derechos, incluído el de una muerte digna (económicamente hablando).