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jueves, 26 de abril de 2012

Ana Ajmatova, de París a la Ruina


Ajmatova, Gumiliov e hijo
En el invierno entre 1941 y 1942 la ciudad de Taskent, capital de Uzbekistán, vivió una de sus experiencias más traumáticas, la reubicación forzosa de más de 160.000 almas dispuesta por la jerarquía soviética a causa del avance de las tropas alemanas. Esta movilización general, además de traer a la ciudad un sinfín de obreros especializados en aeronáutica y armamento pesado, arrastró a un buen puñado de intelectuales y figuras del mundo literario protegidos por el régimen como Nadezma Mandelstam, Chukovski o Aleksei Tolstoi. Entre ellos estaba también la poetisa Ana Ajmatova. A estas alturas del siglo Ajmatova era ya una extraña superviviente del infierno stalinista. Su otrora belleza de joven cariátide con los ojos verdosos de un tigre polar debió de haberse ido ajando en el transcurso de sus penas. Pronto los bolcheviques fusilaron a su primer marido, el más brillante de los poetas acmeístas, Nikolái Gumiliov por enemigo del pueblo (1921) y prohibieron a la vez su poesía. Luego, a finales de los treinta, arrestaron al hijo cuando estudiaba Lenguas Orientales en San Petersburgo (entonces Leningrado) para deportarlo a una prisión de Siberia donde seguía estando cuando su madre se consumía en Taskent sin conocer siquiera el lugar y la razón de su destierro.
Pocos años más tarde, al perder el amparo del “Gran Timonel”, el Comité Central del Partido Comunista atacaría con saña acumulada a la propia escritora por “haberse negado a llevar el paso del pueblo” y condenaría su obra al oprobio y a la lejanía de la imprenta. Cuando Józef Czapski coincide con ella en la cómoda casa que el régimen comunista le asigna a su colega Aleksei Tolstoi en Taskent, Ajmatova ya conocía por sí misma la ruindad moral que el comunismo practicaba a diario con su pueblo. En su poesía, entonces, acecha el miedo, el miedo a perder el juicio, a perder para siempre a su hijo, a no saber si alcanzará a expresar la desesperación sorda y el miedo apenas contenido de centenares de miles de mujeres que como ella esperan en el frío de las colas de las oficinas y ventanillas oficiales a que alguien del Partido les aporte alguna pista, algún indicio de que sus hijos y nietos siguen vivos.
“En los terribles años de Yezhov pasé diecisiete meses/ en las colas de las cárceles de Leningrado. En una ocasión alguien, de algún modo, me reconoció./ Entonces una mujer de labios azules que estaba tras de mí/ quien, por supuesto, nunca había oído mi nombre/ despertó del sopor en el que estábamos y me preguntó/ al oído (allí todas hablábamos en voz muy baja):/ Y esto, ¿puede describirlo?/ Y yo le dije:/ Sí, puedo./ Entonces, algo parecido a una sonrisa asomó por lo que antes/ había sido un rostro humano”.
Por si tanta desgracia no fuera suficiente, su íntimo amigo el poeta judío Osip Mandelstan muere en 1938 en un campo de trabajo forzoso y su admirada Marina Tsvetáieva, la otra gran poetisa rusa del XX, se ahorca tres años después desesperada por el asesinato de su marido y el encarcelamiento de su hija en una de las purgas de Stalin. Una historia demasiado parecida a la suya, demasiado parecida a la de multitud de compatriotas sin nombre conocido a lo largo y ancho de un país sin límites para el dolor. Con este bagaje la halló Czapski en Taskent en el verano del 42. Ya había escrito lo esencial de Réquiem, su obra más universal, un largo poema del que más arriba he seleccionado el prefacio. Poesía seca y lapidaria dedicada al rescate de su hijo y a la memoria de miles de madres que, como ella, esperaban inútilmente en las colas de las cárceles noticias de la suerte de sus hijos secuestrados por el régimen, madres que no comprendían lo que pasaba, madres del pueblo de "la inocente Rusia que se retorcía bajo unas botas manchadas de sangre".
“No olvido el sudor de muerte en tus cejas./ Como las viudas de los Streltsy pregono/ bajo las torres del Kremlin mi alarido”. Por su primer marido, por su hijo, por su amante arrestado al alba.

desnudo, Modigliani
Pero no todo fue ruina y comunismo en la vida de Ajmatova. Como buena hija inquieta de su tiempo ella también se fue a París por una temporada y allí, en 1910, de viaje de novios, conoce a Modigliani. Ella era una extranjera rusa recién casada y ambiciosa, y con toda la vida por delante. Él, un extranjero italiano, tuberculoso y vividor, consciente de tener más éxito entre las jovencitas rebeldes que entre los marchantes de la vanguardia. Cuando hablaban se comunicaban siempre en francés. Pero Modigliani lo hizo también, y repetidamente, con el lápiz, la tinta y la acuarela. De ella dejó un buen número de dibujos (se sabe que más de dieciseis) muchos de los cuales terminarían por pudrirse entre las nieves del cerco de Leningrado. Parece que hubo un flechazo y fueron, por unas semanas, algo más que compañeros de conversación. El pintor la abocetó desnuda entre sus gatos y hoy en otro dibujo a tinta, en el que aparece sentada y también sin ropa, el único que se conserva de ella en toda Rusia y que en su día perteneció a Paul Alexandre, la vemos un tanto egipcia, sin duda porque Modigliani soñaba en aquellos años con Egipto. Se empeñó en que conociera la sección egipcia del Louvre y fueron una tarde a verla juntos. Paseaban casi todos los días por el Jardín de Luxemburgo, leían poesía y recitaban a dos voces a Verlaine.
París era la ciudad donde los primeros aeroplanos se divertían en dar vueltas alrededor de la torre Eiffel y un obrero italiano podía robar sin demasiados artificios la Gioconda para devolverla a su país. Un París, en palabras de Ajmatova, donde hacía tiempo que “la pintura había devorado a la poesía” aunque Modigliani no supiera cómo arreglárselas para vivir.
“En la oscura neblina de París/ quizá otra vez Modigliani/ camine sigiloso tras de mí./ Su triste naturaleza/ incluso en sueños me inquieta/ de ser culpable de tantas desdichas./ Pero para mí –su mujer egipcia- él es/ la música que toca el viejo en el organillo/ y todo el rumor de París queda al abrigo de esa música,/ como el rumor de un mar profundo/ que ha bebido del dolor/ el Mal y la Vergüenza”.
Ajmatova, Modigliani

Modigliani murió nueve años después sin oponer mucha resistencia, Ajmatova tuvo que vivir hasta los 77 años en un país que fue una estepa de ruinas tal vez porque quiso ser solidaria con la vida por encima de su propio sentido.


miércoles, 18 de abril de 2012

Alexandre, el chiquillo que hizo cambiar de barrio a Manet

En el refinado ambiente de la colección Gulbenkian de Lisboa, entre estampas venecianas de Guardi y primorosas escenografías prerrafaelitas, destaca un retrato de Manet. Probablemente, uno de los retratos del maestro que guarda más enigmas en su interior. En él, nos presenta a Alexandre, un rapaz de apenas quince años, rubio, de tez blanca y encendidas mejillas, tocado con un vistoso gorro panadero de color rojo, algo ladeado, que tan bien concierta con el rojo corinto del puñado de cerezas que rodea con sus manos. Los ojos de Alexandre nos observan entre divertidos y pícaros. Pero en ellos anida algo que no casa con sus quince años, algo que rebate su sonrisa, parecido a un temblor o a una pena escondida.
Enfant aux cerises
A un pintor como Manet, tan buen fisonomista, no podía escapársele el detalle. Y aun así, las circunstancias tampoco lo hubieran permitido. Cuando avanzaba en las sesiones el retratado decidió ahorcarse y lo hizo en su propio estudio. Así que lo que Manet confina en 65 por 55 centímetros es, en realidad, la escueta historia de una tragedia personal, el relato de un trauma.
Alexandre era su modelo, un mocoso de la calle cuyos padres, sin recursos, ofrecían al pintor a cambio de unas pocas monedas y algo de ropa limpia. Manet era joven, estaba empezando y necesitaba modelos para ejercitarse, además el muchacho le enjuagaba los pinceles y le iba a por recados. Todo esto lo sabemos por Baudelaire, a quien Manet se lo contó un día y que debió de quedar tan impresionado que lo regurgitó en forma de relato bajo el título de "El cordel" y una dedicatoria a su amigo el confidente. Un relato, por cierto, en el que parece que es el propio Manet el que habla y cuyo final es de una sordidez inquietante. Por él también sabemos que Alexandre, a su edad, sufría crisis depresivas que intentaba aliviar con la ingesta inmoderada de dulces y licores. Todo ello combinado precipitó su suicidio.
Cansado el pintor de los excesos del chiquillo lo amenazó con devolverlo a sus padres y al finalizar su reprimenda salió a la calle. A su regreso ¿cuál no sería su espanto cuando lo vio colgado del saliente de un armario? No había duda, la silla derribada en el suelo, la cara hinchada, el cuerpo rígido y una fina cuerda hundida en la piel del cuello hablaban por sí mismos. No podemos imaginar el asombro horroroso de Manet, su terrible desconcierto, su soledad y su impotencia. Al muchacho no era la primera vez  que lo pintaba y precisamente en esos días lo hacía junto a unas cerezas en un retrato al que llamaría "L'enfant aux cerises" quizá porque en ellas, en el licor que guardan dentro, se escondía parte de la razón de su tragedia. Pero Manet no quiso o no pudo acabarlo en el estudio que compartía con su amigo Albert de Balleroy en la rue Lavoisier. La sombra suspendida de ese cuerpo adolescente le agarrotaba los dedos, le impedía concentrarse. Y terminó por huir, por mudarse a otro barrio, al taller de la rue de Douai donde consiguió, por fin, acabar el retrato con la sola ayuda de su memoria.
El cuadro, de aun cuando Manet era un prometedor pintor realista recién salido del taller de Couture y apasionado de los maestros barrocos españoles y flamencos, perteneció durante décadas a su hermano Eugène, marido de Berthe Morisot, hasta que el magnate del petróleo Calouste Gulbenkian lo compró en 1910 para engrosar el número de su colección privada. Y es ahí donde reside desde entonces, cerca de nosotros, en Lisboa, en ese ecléctico y exquisito conjunto de piezas artísticas que podemos admirar en el museo de la Fundación Gulbenkian, tan cerca de la plaza de España. Precisamente el mismo museo que puede presumir de colgar en sus paredes otro retrato manetiano, también de adolescente, quizá el más bello retrato de los suyos y que tantas similitudes compositivas tiene con el del infortunado Alexandre, "L'enfant aux bulles de savon" (el niño de las pompas de jabón).
Enfant aux bulles de savon

lunes, 16 de abril de 2012

Coplilla Real

No es que sea muy habitual
ver a nuestra familia real
transitando del juzgado al hospital


Si me dicen que al monarca
lo embaucó una sirenita en Dinamarca
me solidarizo con él de buena gana
pero resbalar en tierras de Botswana
para volver de un safari sin cadera
es para quitarle el toisón de la pechera.

viernes, 13 de abril de 2012

Valor y Precio (del arte)

Parece inevitable que para poder hablar de arte los medios de comunicación tengan que acogerse al robo, a la subasta o, en menor medida, a los hallazgos fortuitos. Si ahora es Munch quien monopoliza todos los titulares porque uno de sus "Gritos" (esos agujeros negros del rostro por donde desaguaba su ansiedad) va a subastarse a precio astronómico en Nueva York, poco antes lo fue Cézanne por haberse finalmente encontrado en Belgrado lo que antes se robó en Zurich, ese "Muchacho de chaleco rojo" tan carísimo.
E Munch, El grito

Y siempre a vueltas con el precio. Lo que importa parecen ser los precios de estas obras en el mercado, de ahí su presencia estelar en los medios. No debería extrañarnos, entonces, la atracción fatal que ejercen obras de esta naturaleza en ladrones, especuladores y pujadores sospechosamente anónimos (que suelen hacerlo por teléfono), todos ellos muy sensibles al magnetismo de los precios. El valor artístico, histórico, social o estético son zarandajas de especialistas en arte, gente ociosa y bastante pelma  a la que  solo le queda el consuelo de aquello que dijera Antonio Machado: "Todo necio confunde valor y precio".

miércoles, 11 de abril de 2012

Cyprian Norwid o Polonia en el alma


La poesía polaca, como el resto de la cultura de Polonia, no ha tenido otro modo de asomar la cabeza en España que a través de pequeños ventanucos. Y a menudo sin la justa curiosidad que muchos de sus representantes se merecen. Si algo conocemos un poco más de Polonia es su historia. Una historia famosa por su mala estrella. Pocos pueblos han sufrido tanto tiempo un destino más trágico que el polaco, especialmente en los dos últimos siglos. Desde 1795 hasta bien entrada la segunda década del siglo XX Polonia fue una nación en lucha permanente por recuperar su identidad, una nación sin estado que sus vecinos condenaron a muerte en varias ocasiones borrándola literalmente de los mapas. Durante decenios al pueblo polaco se le prohibió hasta hablar su propia lengua y se le sometió a atroces deportaciones que continuaron hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, condenando así a generaciones enteras a la muerte o al exilio, muchas veces, en condiciones extremas. Por si todo esto aun no fuera suficiente, sus vecinos del este y del oeste la invadieron con saña en 1939 y se repartieron sus despojos según unas condiciones acordadas en secreto en las cláusulas del Pacto Ribbentrop-Mólotov.
De lo que vino acto seguido no creo necesario refrescar ahora tamaña hecatombe. Bastaría con volver a ver dos películas, El Pianista y Katyn, de Roman Polanski y Andrzej Wajda, para hacerse una idea del horror inaudito que alemanes y soviéticos practicaron con frialdad inhumana en carne polaca.
En circunstancias históricas semejantes es comprensible que “emigración” y “Polonia” sean términos que sufran de una cierta sinonimia. En realidad, lo más sobresaliente de la intelectualidad polaca, si quiso seguir viva y libre, tuvo que desarrollar su trabajo en otros países y aprendiendo otras lenguas. Es el caso de Chopin y de Conrad, de poetas como Mickiewicz o Slowacki, de geólogos y exploradores como Malinowski y Strzelecki, de pintores como Chelmonski o Czapski, de investigadores científicos tan universales como Marie Curie o Aleksander Wolszczan y de tantos otros… Y también de Cyprian Norwid.

Norwid fue un artista inclasificable y genial. Cosecha del mismo año de Flaubert, Baudelaire o Dostoievski, 1821. Estudió pintura en una escuela asentada en el céntrico palacio Zamoyski de Varsovia, el mismo palacio donde vivió Chopin entre 1827 y 1830 al que, sin embargo, no conocería personalmente hasta muchos años después, cuando los dos residían en París. Huérfano de madre a los cuatro años, testigo a los nueve de la insurrección polaca de 1830 que causó deportaciones en masa y violencia represiva en el interior del reino, Cyprian Norwid se nos antoja el perfecto emblema doliente de su patria. Artista culto y heterogéneo, pintor, escultor, traductor, poeta, dramaturgo, la desgracia nunca dejó de perseguirle hasta la muerte: exiliado en Francia, más tarde vagabundo en Norteamérica, infatigable viajero por Europa, amante de lo griego y pobre y sordo y casi ciego. Mil veces rechazado por editores y mujeres termina en el olvido y no es capaz de evitar la miseria. Dicen aquellos que lo acompañaron en sus últimos meses que lloraba con frecuencia y que no quería levantarse de la cama. Así es como muere en un asilo de ancianos de Ivry, a las afueras de París, en plena primavera de 1883. Hoy su tumba, en el cementerio polaco de Montmorency, no es más que un símbolo porque sus restos no se encontraron.

Si hablo de Norwid es porque su poesía es tan grande que a pesar de haber sufrido los peores avatares de desprecio y ostracismo sigue viva, incluso más viva y necesaria que hace un siglo.  Obras como Vade-Mecum o Prométhidion se cuentan entre lo más excelso de la lírica europea del siglo XIX. Y resulta, por ello, incomprensible que sigan básicamente inéditas en lengua castellana. Al menos yo no he conseguido encontrar edición alguna en nuestra lengua, por lo que me he visto obligado a leer sus poemas más célebres en traducciones inglesas y francesas, con la excepción de su celebérrimo Piano de Chopin cuya versión por parte de Xavier Farré deja bastante que desear, dicho sea de paso.

Norwid, náyades
Precisamente es en este poema donde podemos encontrarnos con unos versos lapidarios y un tanto enigmáticos que, en mi opinión, vienen a sintetizar espléndidamente la posición estética de Norwid. El poema, que forma parte de la ya citada Vade-Mecum, fue escrito en 1863 en París a resultas de una noticia que había llegado a los oídos del poeta procedente de Varsovia: en plena insurrección contra las tropas rusas del zar varios miembros de la Resistencia Nacional lanzaron bombas caseras al paso del general Berg, a la sazón gobernador del zar en Polonia, desde el último piso del palacio Zamoyski. El general salió ileso, no así uno de sus ayudantes y los caballos de la escolta que resultaron heridos. En represalia, el ejército ruso arrojó por una ventana del último piso del palacio a un hijo del conde Zamoyski que nada tenía que ver con el atentado. Precisamente, en la tercera planta del edificio tenía su apartamento Izabela Barcinska, hermana de Chopin. Y entre sus enseres de familia contaba con un piano que había sido el preferido del músico. El palacio fue confiscado y aprovechando esa circunstancia los guardias irrumpieron en las viviendas arrasando con todo y lanzando por las ventanas el mobiliario que se encontraban a su paso. De este modo fueron a parar a los pies de la estatua de Copérnico libros, cuadros, manuscritos y también el querido piano de Chopin.
Norwid, la corona de laurel
Será el conocimiento de estos hechos lo que provoque la escritura del poema que concluye así (me permito traducirlo del francés): “¿Y tú? ¿y yo? Entonamos a la par el juicio/ y clamamos: “Alégrate por fin, posteridad”/ y las sordas piedras gimieron,/ contra el suelo se estrelló el ideal”.

¿De esta manera tan violenta acaso pueden reconciliarse alguna vez la belleza del arte y la realidad de la historia humana?
Norwid, en otro poema titulado Cenizas y Diamantes nos dejó dicho:

            “Al arder no sabes si serás libre/ si sólo quedarán cenizas y confusión/ o se hallará en las profundidades/ un diamante que brille entre la ceniza”.
Así, con esta terrible incertidumbre, hemos de morir algún día todos nosotros, tan miserables.

                                                                                                                 

           

lunes, 9 de abril de 2012

Tres Fanales Trémulos

Flotan los sueños en las aguas
ferruginosas del deseo.
Como estambres blanquecinos
siguen el curso del vivir.


Ápice del pensamiento,
en este paréntesis del mundo
en el que habito, yo me templo.
El viento ansía.


De aire y agua, amor anfibio,
duermes y me olvidas.
Te dejé en la noche una flor cerrada
que espero se manifieste al clarear el día.