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viernes, 29 de junio de 2012

Holanda o el Arte del Comercio

Se pregunta Félix de Azúa qué pudo suceder en la Holanda del XVII para que sus artistas se decidieran a iconificar, a abstraer por elevación artística, aquellos objetos a los que nadie había concedido valor alguno hasta que un Terborch, un Brouwer o un Vermeer repararon en ellos. ¿Por qué entretenerse en capturar lo más efímero, lo que al estar de sólito tan cerca de nosotros terminamos por no ver? De Azúa se refiere, por ejemplo, a "mesas de taberna (...) interiores domésticos con madres atareadas, cocinas, patios de vecinos, calles, plazas, alcaldías, paisajes con granja, con gallinas, patos, cerdos, vacas (...) alfombras, sobres de cartas, abejas, un racimo de uvas polvorientas (...) una bacinilla, la fiesta de pueblo con parejas fornicando en un pajar (...) En fin, la vida corriente".

Brouwer
Y antes de intentar contestarse, de Azúa considera que después de Terborch, Brouwer, Vermeer o Rembrandt los holandeses perdieron la titularidad y, lo que es peor, el disfrute íntimo de esas cosas de la vida corriente que hasta el momento habían pasado inadvertidas (al menos para el arte). Y, por supuesto, detrás de los holandeses, todos nosotros.
"En el momento en que fueron elevados a obra de arte, aquellos objetos y momentos de la vida común dejaron de ser instantes y cosas personales, individuales, inconfundibles, vivientes y se convirtieron en signos perfectos". Así pues, el arte holandés, tan pegado al hombre y a su vida en el burgo, "condena a la eternidad", abstrae y petrifica al hombre y a su vivencia en el burgo.
Y, todavía, un poco antes de arriesgar su respuesta, de Azúa nos ofrece algunas explicaciones ajenas: "hay una vieja leyenda que explica este misterio mediante una adulación al pueblo holandés, el cual habría ganado su tierra al mar y a los poderosos ejércitos español y francés con tanto sacrificio, tanta inteligencia, tan sobrado coraje, que en cuanto gozaron de una minúscula paz miraron a su entorno como solo se mira a lo divino y pidieron que se detuvieran los amados objetos comunes, lo cotidiano, el milagro de la vida vulgar, que se eternizara para luego colgar de sus paredes ese milagro que es un vaso de vino, nueces de cáscara rota, viejas botas o naipes fatigados".
Recupera, acto seguido, lo que Hegel pensaba de los holandeses: "establecidos ya en su paz, en su negocio, en sus bellas y limpias casas repletas de objetos valiosos (...) se enfrentaron a un horizonte de espesa bruma, a una atmósfera gris, de modo que buscaron con enconada fascinación las luces, los reflejos, la coloración y los juegos lumínicos". Pero la idea no le convence y de Azúa se anima a ofrecernos su propia explicación:
"Fue, creo yo, la terrible inanidad de la vida vulgar tan duramente ganada lo que les llevó a proponer una eternidad alternativa (pero solo figurada) (...) la nueva guerra de la insignificancia del vaso de vino, del naipe viejo, de la muchacha blanca como una oca. En esa novedosa batalla, exenta de heroicidad y grandeza, ya no se puede vivir pegado a lo inmediato y entonces el tiempo se alarga, se impone la abstracción de lo efímero y la transacción comercial, el balance, son más fuertes que la lucha contra el mar o la muerte. Todas las cosas y el sostenerse las cosas en el tiempo pasaron a ser mercancías y signos de mercancías".

gerard terborch
En otras palabras, el holandés fue el primer pueblo que reparó en el potencial significado extra-ordinario de las cosas corrientes de la vida y eligió representarlas con arte, elevándolas, así, a "signos de mercancías".
Y concluye de Azúa: "en las quietas calles de Harlem suena la hora de fundirnos en los estados, en su administración, sus tribunales y la agitación del comercio".
Y, en efecto, en eso seguimos, analicen las cumbres de Bruselas si no, pero, sobre todo, siguen los holandeses...

lunes, 25 de junio de 2012

Holanda en pedales

Este verano voy a andar por Holanda. No es la primera vez que voy pero en las dos ocasiones anteriores no salí de Amsterdam, una ciudad, dicho sea de paso, donde es difícil aburrirse si lo que a uno le gusta es lo que a mí me gusta. Me refiero, naturalmente, a los jardines, los mercadillos, la arquitectura urbana y el arte flamenco, de Brueghel el Viejo a Van Gogh.

 
Esta vez voy con más tiempo y con la intención de darme una vuelta por todo el país. Y en estos casos tengo por costumbre, además de llevarme una buena guía y una lista manuscrita de museos, palacios e iglesias inexcusables, leer cuantas opiniones caigan en mis manos sobre el pueblo a conocer de personas en cuya solvencia intelectual creo. Y en esas estaba cuando me topé con unas notas del mejor vestido de nuestros filósofos, Ortega y Gasset, que en su día se publicaron en el diario argentino La Nación. En ellas, con su habitual sentido del humor un tanto remilgado, el pensador madrileño se fija en lo que considera algunos de los rasgos distintivos del pueblo holandés, a saber, su natural sentido de lo práctico y su arraigada tendencia al ahorro.
No me juzguen mal si creen que les he destripado el intríngulis. En Ortega la carpintería, en demasiadas ocasiones, importa más que el mueble. Así que lean, lean y disfruten (si son capaces) del pensamiento en marcha de don José:
" Hablemos de las bicicletas en Holanda (...) La cosa no tiene remedio: lo primero que al llegar a Holanda pasa al viajero es que le atropellan las bicicletas (...) Holanda es un país habitado por ocho millones de hombres y cincuenta millones de bicicletas (...) En Holanda va en bicicleta todo el mundo: el rico y el pobre, el joven y el viejo, el hombre y la mujer, el súbdito y la autoridad (...) Pero sería impreciso suponer que es la abundancia de ciclistas lo que efectivamente sorprende. No, lo que extraña es el uso de la bicicleta (...) Los demás pueblos del mundo consideran la bicicleta como un aparato adscrito al juego y al deporte (...) Y su aprovechamiento secundario se reduce a lo estrictamente inexcusable: sólo se acude a él cuando no hay otro remedio o cuando la humildad de los medios económicos lo impone como una triste necesidad (...) Pero en Holanda todo el mundo va en bicicleta, cualquiera que sea su edad, su sexo, su volumen, su fortuna agita sus piernas sobre los pedales como si fuera lo más natural del mundo (...) Que personas de edad y volumen caminen en bicicleta constantemente en medio del tráfago de una gran ciudad es estúpidamente arriesgado, es injustificadamente fatigoso y es... deplorablemente antiestético (...) El holandés sabe que su uso de la bicicleta es arriesgado, fatigoso y antiestético, como podamos saberlo nosotros. Pero sabe también que es el medio de locomoción más barato y, a diferencia de nosotros, prefiere la calidad "baratura" a la belleza, a la comodidad y a la evitación de riesgos. En esta preferencia radica su absoluta responsabilidad (...) Probablemente a un buen holandés le parecerá absurda nuestra impresión. Pues qué, ¿no es importante que un problema práctico se resuelva del modo más barato posible? Sin duda -diremos nosotros- la cuestión está en si eso es más importante que la belleza, que la comodidad (...) ¿Por qué no hacer de sí mismo, un poco, fiesta para el prójimo? (...) ¿O es que el holandés sabe que tampoco el otro se fija en él porque también le preocupa demasiado el lado económico de las cosas; es decir, que el holandés no existe para el otro holandés como el ser que cada cual es, sino sólo indirectamente, en cuanto interviene en una relación económica y sus derivadas (...) pero no frente a frente, escuetamente, hombre frente a hombre?".
¡Jesús! La conclusión me pone un poco nervioso: ¿Acaso voy a ir a un país en el que para existir como hombre voy a tener que sacar mi cartera? ¿Me tratarán los holandeses como a un ser humano sólo si consumo y pago lo justo por lo consumido?
Y lo que es peor: ¿voy a estar quince días conviviendo entre fantasmas que andan a dos ruedas?
En fin, espero volver para contarlo.

 

viernes, 22 de junio de 2012

Pérdidas Horribles (del Arte)

Muy cerca de la capilla degli Scrovegni, en la iglesia de los Eremitas de Padua, Mantegna realizó una serie de frescos sobre temas incluídos en la leyenda áurea, ciclos dedicados a San Cristóbal y al apóstol Santiago. Pero la fatalidad quiso que, después de más de cinco siglos intactos, los bombardeos de la última Gran Guerra destruyeran la mayoría de estas obras excelsas. Es una pérdida horrible porque seguramente pertenecían a uno de los conjuntos artísticos más grandes de todos los tiempos.
De una manera similar a como Giotto o Masaccio imaginaron la realidad, Mantegna se enfrenta a su tema. Pero el criterio acerca de lo que se creía la realidad había cambiado y con Mantegna había alcanzado mucha mayor exactitud y rigor del que tuvo en época de Giotto.


El 11 de marzo de 1944 el renacimiento italiano y con él, toda la historia de la pintura occidental, sufrió una amputación irreparable y hoy, cuando entramos en la capilla Ovetari del templo de los Eremitas, solo podemos contemplar con impotencia muda los restos al fresco de dos paneles inferiores de la pared derecha, y porque se desprendieron a finales del XIX por su mal estado para una futura reparación.

jueves, 7 de junio de 2012

Indigencia del Arte Conceptual

El ensayista y comisario de exposiciones alemán Boris Groys en entrevista concedida a la periodista Laura Revuelta afirma con respecto al muy estudiado (por él) arte conceptual ruso: "la verdad es que la gente no quería producir ninguna obra maestra. Básicamente, lo que pretendían era reflejar diferentes procesos culturales, sociales y políticos con ayuda del arte".


Y no sé si muy consciente de sus palabras (aunque sospecho que sí, el señor Groys es alemán) da con una de las claves de la esencia del movimiento conceptual, a saber, que el arte no es más que una muleta para ayudarse a andar por los territorios de lo sociológico. La renuncia, la falta de aspiración a la excelencia artística del arte conceptual salta, así, a la vista. El nuevo artista conceptual está, entonces, en otras cosas, básicamente en hacer de su trabajo un canal más de interpretación de lo político, social y cultural. Pero en modo alguno en esforzarse por conseguir una nueva obra maestra, en centrar sus esfuerzos de artista en el avance del arte, su, en principio, opción personal.
Querer hacer, pues, una obra maestra, tan siquiera una obra con estricta voluntad artística es una opción, para él, anacrónica y estéril. Preferible le parece el destino, más prosaico y llevadero -pero sobre todo más rentable-, de peón del cambio social y político, en el hipotético caso de que se produzca, como ocurrió en la Rusia bolchevique. Por eso el arte conceptual es un arte necesariamente subvencionado por las instituciones públicas del nuevo establishment político. Ambos se necesitan mutuamente, aunque uno mucho más que el otro para poder sobrevivir.