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jueves, 11 de diciembre de 2014

LO QUE EL LOBO NUNCA DIJO




El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre traté de mantenerlo limpio y saludable y no podía evitar un gruñido de indignación cuando algún desaprensivo o simplemente irresponsable perturbaba la paz que en él se respiraba. Un día soleado, mientras recogía la basura dejada por unos excursionistas vociferantes y especialmente maleducados, oí pasos. Eran unos pasos cortos y saltarines que me parecieron los pasos de alguien feliz. Me escondí detrás de un alcornoque y vi venir a una niña vestida de una forma muy divertida, toda en distintos tonos de rojo, y con su cabeza cubierta, como si no quisiera enseñar el rostro, por una especie de caperuza, por supuesto también roja. Naturalmente me puse en guardia. Salí a su encuentro y le pregunté quién era, adónde iba, de dónde venía y otras cosas así. La verdad, no me atreví a preguntarle por su indumentaria, allá cada uno con lo que se pone… Me pareció un poco raro que me contestara cantando y bailando que se disponía a ir a casa de su abuela con una canasta llena de vituallas para el almuerzo. Como era tan desinhibida y natural y no parecieron sorprenderle mis preguntas no puse objeción alguna a sus respuestas. Me pareció una niña sincera aunque un poco singular. No tanto por la ropa como porque me lo dijo todo cantando y bailando una cantinela que me resultó graciosa. Al pronto decidió irse como si tal cosa, sin darme tiempo a hacerle más preguntas ni a hilvanar conversación alguna. Eso ya no me pareció la actitud más correcta en una niña, máxime cuando estaba en mi bosque y encima con una canasta en la que decía que llevaba algo tan ridículo como vituallas. Y, para colmo, vestida de esa guisa.
La dejé seguir su camino pero por un atajo alcancé en un periquete la que me pareció era la casa de su abuela de la que una chimenea echaba un claro humo. Cuando hube llegado me encontré en el porche con una simpática viejita de lo más adorable con la que enseguida supe que me llevaría bien. Le expliqué lo sucedido y ella acordó conmigo que su nieta no había sido todo lo cortés que de su educación podía esperarse. Dijo que una lección no le vendría nada mal. Decidimos entonces que ella se ocultaría hasta que yo la llamara y sin pensárselo dos veces se escondió debajo de la cama mientras yo me disfrazaba con sus ropas.
Cuando la niña llegó la invité a entrar en el cuarto donde ya me encontraba acostado, vestido de abuelita. La niña venía sonrojada y sudorosa y sin mediar saludo ninguno me espetó algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado a menudo por mi aspecto y no estaba dispuesto a estropear la escena por algo tan tonto como un impulsivo comentario de mocosa, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas me servían para oírla mejor. En el fondo, me atraía la desenvoltura de la niña, tan franca y peripuesta a la vez, e hice un esfuerzo por caerle bien. Pero ella hizo otra observación de lo más inadecuada sobre mis ojos saltones. Me tengo por alguien paciente pero ustedes comprenderán que empezara a sentirme algo incómodo. Era como si quisiera provocarme, medirme de algún modo. Decididamente la niña tenía un bonito aspecto pero me estaba empezando a hartar. Pese a todo, respiré dos veces y fingiendo una sonrisa le contesté que mis ojos me servían para verla mejor. Y los abrí si cabe un poco más, sólo para a ver si tomaba nota. La niña se acercó a la cama sin apartar la vista de mi cara y con una mueca, que me pareció de asco, hizo otro comentario de los suyos. Esta vez no pude resistirlo y me encolericé. Siempre he sentido vergüenza de mis dientes pues me parecen demasiado grandes e irregulares y por eso, quizá, los enseño tan poco. Pero esa niña se permitió afirmar que, además de grandes, olían mal. ¡Y eso sí que no! Nunca me ha olido el aliento. ¡Menudo soy yo para mi higiene bucal!
La niña era muy desagradable. Sé que debía haberme controlado más, que era sólo una chiquilla, pero salté de la cama y le gruñí, mostrándole muy de  cerca mis feos dientes –toma, para que te enteres- y le dije que eran tan grandes para comérmela mejor. Comprendo que se lo dije airado, pero ni siquiera la toqué. Sin embargo, esa niña loca empezó a correr y a chillar como una descosida alrededor de la habitación. Yo, asustado, corría detrás de ella tratando de calmarla, pero como tenía puesta la ropa de su abuelita no podía moverme bien. Así que me la quité. Y eso aun fue peor.
En esto que la puerta se abre y aparece un leñador con un hacha enorme que seguramente había sido alertado por el absurdo griterío de la histérica de la niña. Yo lo miré desconcertado y al instante me di cuenta de sus malvadas intenciones y vi que mi vida corría serio peligro. Salté como pude por la ventana más ancha y escapé a toda prisa no sin antes maldecir el comportamiento de esa neurótica vestida de rojo que podía haberme acarreado un final tan lamentable. Me gustaría poder decirles que la historia acabó aquí, pero para mi desgracia la abuelita jamás contó –dicen que perdió la cabeza- la verdad de lo sucedido, nuestro pacto. Y así, no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz –ya saben cómo es la gente- de que yo era un lobo peligroso y desalmado. Y me hicieron el vacío.
No sé qué habrá sido de esa niña tan irritante y estrafalaria. Por lo visto nadie ha vuelto a saber de ella. Pero lo más curioso es que tampoco nadie ha vuelto a tener noticias del leñador de la enorme hacha. La gente dice cosas pero, qué quieren que les diga, en realidad me importa un pito lo que les pueda haber pasado o lo que puedan estar haciendo. Lo que sí sé es que yo, desde entonces, no he podido volver a ser feliz.



                                                        Francisco L. González-Camaño

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Teeny Hell. Guillermo Martín Bermejo.

TEENY HELL

¿Qué clase de suelo pisan los muchachos de Guillermo? ¿Pisan realmente la tierra o más bien levitan en una especie de rondó enajenado? ¿Habitan la tierra los muchachos de Guillermo? Probablemente sus pies no dejen huella en el suelo pero su mirada pervive para siempre en nuestra memoria. ¿Y a quiénes miran esos muchachos? ¿Qué penas de amor o decepciones prematuras anidan tan temprano en sus pupilas?



Tristes y un poco tentadores en su piel soltera estos muchachos de ojos como almendras recién pulidas y cuerpos como juncos frágiles nunca acaban de llorar lágrimas sino perlas de la pena. En su piel es primavera pero hay una suave caída de otoño en sus párpados. Muchachos de un misterio sin gloria, prematuramente destinados al desengaño y a la afrenta porque el dolor tatúa su piel y la vergüenza a veces se adivina en su vestido.
¡Ninfos de ciudad, ángeles mortales de la calle, delicados y dolientes, Guillermo os canta porque sabe de vosotros, está en vosotros, es vuestro dueño! Ha cumplido años con vosotros y conoce la causa de cada una de vuestras heridas, el remedio de vuestra humana contingencia. Como mariposas en manos de un minucioso lepidopterólogo os ha ido prendiendo y clasificando con arrobo hasta formar la más exquisita colección de adolescentes en flor. ¿Quién, sino él, os ha dibujado alguna vez con tan oscuro y delicado trazo, con tal conocimiento de las debilidades de vuestros indefensos corazones sombríos, con tal misericordia?
Porque nacisteis bellos sois peligrosos y terribles y aun sin edad para la melancolía resultáis melancólicos a los ojos del que sabe que la belleza se evapora, a golpe de desengaños, como un correr del aire. Guillermo os ha dibujado suaves y mortales para que sepáis que la vida es un licor amargo que solo parece dulce a aquel que la ha bebido sin cuidado. Quizá el más listo de entre vosotros se sonría pero os digo que lo que allá, en vuestro incierto paraíso, era aliento, aquí, en nuestro pequeño infierno, es distancia. Recordadlo siempre: el dolor nos hace más fecundos.

Final de verano, Teeny Hell
                                                        


                                                       

lunes, 15 de septiembre de 2014

Ataque Aéreo (el vuelo de Javier Velasco)

"Precipitados" es la exposición de Javier Velasco que durante estos meses de septiembre y octubre de 2014 puede verse en la sala Manolo Alés del Museo Cruz Herrera de La Línea, un proyecto que ya presentara en Miami hace poco más de un año en el que a través de la pintura y la fotografía reflexiona sobre la situación crítica del artista en su contexto. El texto del catálogo es de un servidor, aquí os lo dejo:

                                                      ATAQUE AÉREO

El soñador va a la deriva, el que imagina sabe a dónde quiere llegar. La imaginación no es evasiva, su actividad nos vitaliza y vivifica. Ante el amenazador panorama de un arte sin artistas o en el que el artista es el servicial camarero, de un arte entrópico donde el entramado de intereses –a menudo conflictivos y no siempre confesados- de la Corporación Arte decide y sanciona las reglas del juego, Javier Velasco ha imaginado una respuesta e ideado una estrategia. Sus objetivos han sido minuciosamente seleccionados y hacia ellos ha decidido lanzarse en caída libre. No fantasea, utiliza su imaginación para llegar a donde quiere. Pero en esta ocasión, a diferencia de la mayoría de los poetas, Javier Velasco no nos propone un viaje sino una caída. Una caída que es un alegato con valor de manifiesto. Un precipitarse lírico al vacío del arte. Al fin y al cabo, poesía de acción.
Skyfall CAAC Sevilla, 2013



Preguntémonos si no ¿qué fuga semántica desencadenan estas imágenes en nuestra mirada? ¿No es acaso el salto una respuesta o, mejor, una acusación agónica? ¿No es el propio artista quien se precipita sobre unos objetivos artísticos deliberadamente marcados como el kamikaze sobre los buques enemigos? Su salto, entonces, no es tanto un suicidio como un desafío, una invitación a la revuelta general de los artistas, y una seria advertencia a la mencionada Corporación que decide y sanciona el número y la identidad de sus invitados.
Velasco no hace arte sobre el arte a la manera postmoderna (ni se apropia ni se trivializa ni mucho menos frivoliza con el caos y la fealdad del mundo) sino que, ahora más que nunca, hace arte sobre el estado del arte y, más concretamente, sobre su propio estado de ánimo con respecto a la situación actual del arte. Lo ve desde arriba y decide precipitarse a su vacío. La maniobra es peligrosa y el golpe sin duda se augura terrible y aun así asume los riesgos. En realidad, lo que Velasco está reclamando de los artistas y del arte es una clase de cordura diferente de la clase de cordura habitual y consensuada para poder vivir cómodamente en el mundo de hoy. Lo que Velasco denuncia es el museo de arte moderno convertido en gran almacén de espectáculos tecnológicos o en escenario de entretenimientos culturales urdidos por comisarios adeptos al discurso del momento. Y lo que Velasco recusa es la falta de discriminación artística tan moderna que hace iguales al poeta y al patán y que obliga a convivir en una misma sala a una obra de arte con una fotocopia pinchada.
Contra todo eso su respuesta es estrellarse. Una decisión, ya se ha dicho, arriesgada y temeraria. Algunos la verán suicida, pero hay actos suicidas que terminan por convertirse en revelaciones ascéticas.

Skyfall Art Basel Miami Beach,2013


                                                                      


sábado, 15 de marzo de 2014

Bellas Artes rinde homenaje a José Luis Mauri

ACTO DE HOMENAJE A JOSÉ LUIS MAURI EN BELLAS ARTES


Daniel Bilbao, Maite Carrasco, Mauri y un servidor.



Aunque me haya sumado algo tarde creo que puedo decir con cierto derecho que también yo soy amigo de José Luis Mauri. Así, al menos, lo siento en lo profundo. Va para cinco años que nos conocimos en una de esas inauguraciones multitudinarias que de vez en cuando se producen en la ciudad, pero este relativo corto periodo de tiempo creo que lo he sabido aprovechar bien a su lado. Y, por ejemplo, hemos escrito un libro juntos; un libro de conversaciones sobre su vida y su obra que, entre otras cosas, me reveló un ser humano excepcional. Tener el gusto de tratar personalmente a alguien como Mauri es un lujo que, por desgracia, no se estila demasiado en un mundo como el nuestro, empujado parece que sin remedio a la relación calculada y los afectos de quita y pon.
En cuanto al Mauri pintor, que es de lo que me gustaría tratar un poco en mis palabras, creo que no diría del todo la verdad si no confesara aquí públicamente que el conjunto de su obra no ha sido suficientemente valorado y promocionado en relación a su mérito y a su singular posición dentro de su época. Sé que su carácter afable y su proverbial modestia le impiden hablar de estas cosas, pero yo me remito a mis convicciones y a los hechos, y así lo digo.
Si hay algún pintor que nunca ha estado en la carrera ese ha sido Mauri. Y es muy probable que ese haya sido el secreto de su eterna juventud. De que la pintura nunca le haya cansado y pinte con tanta alegría. Pero no estar en la carrera también tiene su precio y así una insidiosa apatía se ha ido infiltrando lentamente en las instituciones y en la crítica especializada hasta casi lograr hacer de él un pintor marginal. Las circunstancias vitales no siempre le han sido propicias y, por otro lado, su carácter independiente y su absoluta ausencia de vanidad le han llevado a pintar simplemente lo que le apetecía. Una vez me dijo –y está recogido en el libro- “nunca he preguntado a nadie, a ningún especialista, a ningún galerista o crítico de arte qué es lo que se lleva, he pintado lo que me gusta y siempre he ido por mi cuenta”.
Y es verdad que incluso en las peores circunstancias personales Mauri no ha dejado de pintar nunca, desde los quince años y hasta hoy. Digo de pintar con conciencia de lo pintado.
Desde muy temprano, yo diría desde los orígenes, Mauri ha sido un “avanzado” (y tomo aquí prestado un adjetivo que le aplicó con suma justicia su amigo, nuestro amigo, Joaquín Sáenz, otro de los imprescindibles), y “un avanzado” es siempre situarse un tanto al margen. Para calibrar con cierta precisión el valor regenerativo de la pintura de Mauri en el panorama artístico de la Sevilla de los cincuenta habría que hacer memoria y recordar la figuración que se practicaba masivamente en la ciudad en aquella década. No es ahora el momento para meternos en tal berenjenal, solo apuntar que el carácter académico y el regusto costumbrista, en la línea de un Alfonso Grosso o un Rodríguez Jaldón para entendernos, marcaban el compás artístico de la ciudad dictando lo que “se debía hacer”.
Mucho antes de que Mauri encontrara en Miguel Pérez Aguilera –otro insigne profesor de esta casa- el fecundo magisterio que estaba necesitando para afianzar su verdadera personalidad artística su obra ya se veía que no iba por los derroteros antes mencionados. La pincelada vibrante de pintura y de rápido trazo, el gusto por la esquematización esencial de las formas, la despreocupación consciente por la ilusión de volumen o el desinterés por el color local son rasgos comunes que ya desde el principio empiezan a definir su estilo. Un estilo que, ya lo hemos dicho, desentonaba con el soniquete que por aquel entonces se oía por estos lares. Siendo, como es, por vocación y formación un pintor del natural, Mauri ha aprendido a ejercitar el ojo desde el rigor del motivo pero a través de una mano sobria y desinhibida a un tiempo. Gracias a sus estancias en Madrid, Segovia y París conoce las nuevas corrientes figurativas que se habían fraguado en el periodo de entreguerras y que tienen en España a referentes claros como Vázquez Díaz, Benjamín Palencia, Ortega Muñoz o al primer José Guerrero. De Francia se trae el conocimiento de pintores como Utrillo, Bonnard o Kokoschka que pasan a formar parte de su imaginario plástico. Y de este modo su estilo se va decantando hacia una figuración directa y antienfática que busca el trazo vivaz, el valor de la inmediatez del instante y el contraste de color bien empastado y temperamental.
Si nos fijamos en sus paisajes –Mauri ha terminado por ser, en esencia, un paisajista- sus campos y sus jardines, sus vistas de ciudad y sus excursiones a los ríos reafirman unos modos de hacer que más allá de la reproducción mimética del motivo aspiran a alcanzar la expresividad y la emoción del instante. No es Mauri un pintor de especulaciones metafísicas, de melancólicas cavilaciones sino de realidades físicas, materialidad y sustancia. Así ha moldeado su espíritu y así, por tanto, se proyecta tanto en sus cuadros como en su vida.

Grupo de amigos y compañeros de Mauri.

Una vez le pregunté que de no haber sido pintor qué le habría gustado ser y me contestó sin pensárselo mucho: “jardinero”. En su casa de Conil lo he visto regar y desmochar árboles, recortar setos y tronchar malas hierbas y a pesar del esfuerzo siempre con una sonrisa de satisfacción. Pintar y plantar jardines. Las dos cosas las ha sabido hacer con éxito y también con amor. Mauri, el pintor que cuando pinta, planta y cuando planta, pinta. Así lo veo y así le quiero recordar hoy, delante de él, y me gustaría recordarlo así para siempre.


martes, 11 de marzo de 2014

La Mirada Imaginaria: GPV




No es tarea leve sino más bien nos parece hercúlea salvar la enorme distancia conceptual, estilística y hasta espiritual que media entre un Vasarely y un, pongamos, Fragonard y seguir siendo a los ojos del mundo un pintor reconocible. No otra cosa ha hecho Guillermo Pérez Villalta a lo largo de estos últimos cuarenta y cinco años sino seguir sumando. Y de paso, demostrar que la mirada restrictiva, excluyente y un punto intimidatoria de buena parte del Movimiento Moderno estaba equivocada y que desde la figuración se pueden abrazar todos los ismos y, si me apuran, incluso las innovaciones más radicales de lo que aún seguimos llamando pintura.
Desde una posición no siempre de soledad pero sí de absoluta resistencia GPV ha insistido una y otra vez, sin duda porque en su terquedad le animaba el amor incondicional a la pintura y al arte en general, en sus convicciones de artista hasta ver alcanzado el objetivo de ataviar a las ideas con formas bellas y placenteras sin dejar por ello de ser moderno. “Pintor –advirtió Dalí- no te empeñes en ser moderno. Es la única cosa que, por desgracia, hagas lo que hagas, no podrás dejar de ser”. Y Guillermo, a fuerza de practicar tan ricamente la modernidad, se ha hecho clásico. Tan clásico como pueda serlo El Lissitzky o Tiepolo o Giorgione o los tres conversando con provecho en una misma habitación. Tan clásico y tan moderno como un templete de Palladio en un jardín babilónico o un bodegón gigantesco a la orilla del mar. Destino natural, por otra parte, en un pintor que entendió que la pintura es un viaje en el que –y son palabras suyas- “en cada isla, en cada puerto, mi conocimiento del mundo es mayor”. Un viaje en el que el tiempo se confunde y los espacios se atraviesan. Un viaje largo y fértil de naturaleza mental que termina por reclamar un nuevo modo de narrar que somete a la figura a constantes metamorfosis.
Últimamente esas islas, farallones y ensenadas en las que fondea su curiosidad y su memoria poseen el frágil y melancólico encanto de lo rococó, de un rococó, ¡cómo no!, más mental que arqueológico, de un rococó soñado a la vez como protesta y como autoafirmación. Y de un rococó que, como todo en Guillermo, se pinta a sí mismo y en su ejercicio encuentra su propia realidad.

Espectador, tú que miras, deberías olvidarte del tiempo y contemplar estos cuadros con mirada lenta, reflexiva, afinada; recorrer sus superficies despaciosamente hasta descubrir que si hay otros mundos están en éste que ahora ves aquí y que solo necesitó de una mente intrépida y memoriosa y de una mano obediente y tenaz para poder revelar su latencia y desplegar, así, ante tus ojos agradecidos, su fascinante poder de enigma.

miércoles, 15 de enero de 2014

La Torre del Sultán (homenaje a Guillermo Pérez Villalta)

                       LA TORRE DEL SULTÁN

Bendito sea el artista que no se conforma, que apoya
lo que los tibios no apoyan, que denuncia a los desvergonzados,
a los corrompidos, a los malogrados por tratar lo íntegro y lo excepcional
como si fueran viejas imposturas de antigua belleza.
Bendito sea el hombre cuya fe es distinta de la dominante
y cuyo ojo iluminado ha visto el rayo que alumbra la torre del sultán.


Artista viendo un libro de arte. GPV