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martes, 14 de junio de 2016

Casa Robie, Frank L. Wright, 1908-09



Si hay un arquitecto que ha discurrido sus edificaciones como depuradas geometrías perfectamente articuladas sin jamás perder de vista su acoplamiento con el medio natural ese ha sido Wright. El siempre malicioso Philip Johnson dijo de él que “fue el mejor arquitecto del siglo…XIX”; nosotros, en cambio, pensamos que el siglo XX no se puede entender sin sus aportaciones y que todavía algunos de sus logros siguen sin ser superados.
Su inclinación por emplear materiales vernáculos da a muchas de sus casas el aspecto de haber crecido naturalmente en el terreno, impregnadas del espíritu del lugar. Entre 1900 y 1909 Wright proyectó las llamadas “prairie houses” (casas de la pradera) para empresarios y financieros de Chicago y alrededores, sus principales clientes de esa época. Casas marcadas todavía por esa clase de valores arts & crafts que fomentaban la sobriedad, el uso honrado y directo de los materiales, la integración del edificio en la naturaleza y la coherencia de accesorios y mobiliario con las formas exteriores. Wright consiguió reinterpretar dichas premisas de un modo muy personal: estaba más interesado que ninguno de sus colegas en la mecanización y confort de sus casas burguesas. En concrto, este chalet, encargado por un joven fabricante de bicicletas llamado Frederick C. Robie, puede ser considerado la quintaesencia de la tipología “casa de la pradera”. Localizada al sur de Chicago la casa lleva al límite compositivo el estilo del primer Wright: construcción baja y horizontal, largas cubiertas notablemente voladas, hileras de ventanas estrechas, interiores de planta fluida y sin apenas tabiques, cocheras abiertas en los lados y una planta principal organizada en torno a una chimenea central, emblema de reminiscencias casi sagradas para el arquitecto americano.


Aquí Wright dispone la planta en dos bandas desplazadas una con respecto a otra con cierto grado de solapamiento. La casa está llena de prodigios formales y funcionales. Solo podemos destacar uno de cada: el uso de ladrillos “romanos” dispuestos con fuertes líneas de sombra en sus juntas, lo que sintoniza perfectamente con la composición general de marcada horizontalidad. Y, en lo funcional, la osada cubierta proyectada como un ingenioso dispositivo ambiental que en invierno funciona como parapeto contra la nieve y el frío y en verano, como visera y canal de extracción.
Creo, finalmente, que salta a la vista la importancia de la arquitectura japonesa (que el autor conoció de primera mano) para lograr la síntesis feliz entre belleza y función, tan característica de la arquitectura de Wright.

Todo el mobiliario interior del comedor es obra del arquitecto



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