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martes, 7 de junio de 2016

La Casa de la Colina, Charles R Mackintosh, 1902-03


Hill House


Podríamos haber elegido el ejemplo canónico de la Escuela de Arte de Glasgow, su ciudad, dos años anterior a esta casa y obra inevitable en cualquier monografía que se precie de arquitectura Art Nouveau europea, pero a nosotros nos gusta mucho más esta su Casa de la Colina, proyectada como poderosa y compacta forma blanca, visualmente más coherente que la impresión de discontinuidad que nos produce su icónica Escuela de Arte (conjunto de espacios asombrosos pero inconexos, sin una lógica que los articule visualmente).
Acceso principal


Mackintosh levantó la casa, con planta en forma de U, para su amigo el editor Walter Blackie sobre una gran colina verde con vistas al río Clyde en Helensburg, no lejos de Glasgow. Allí se alza como robusta fortaleza de asimétricos volúmenes y planos que se cortan, como el moderno eco de un clásico castillo escocés, sin decoración en sus claras y distintas fachadas, pero abigarrado de chimeneas, prismas, torres y tejados a dos aguas que hacen de él una forma inolvidable. Y frente a esa volumetría ruda, enorme y muda de su aspecto exterior, el interior se nos presenta como un exquisito muestrario de trabajos artesanales de la madera, el cristal, los metales o la pintura, de una absoluta coherencia orgánica como conjunto, cuyo único objetivo es la consecución de unos espacios despejados y unos ambientes confortables y serenos. Y aquí se hace obligado y de justicia citar el nombre de su mujer, Margaret Macdonald, cerebro principal del interiorismo de esta casa, que junto a Mackintosh configuró la personalidad de cada espacio, diseñando todo el mobiliario, desde las lámparas hasta los engastes de metal batido o vidrio emplomado, con sus conocidas y fantasmales figuras femeninas.
La casa se puede visitar y llegar hasta ella desde Glasgow apenas nos toma media hora en autobús.
Detalle de interiores, primera planta



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