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jueves, 17 de marzo de 2016

LAS SEÑORITAS DE AVIGNON: (SI LOS CUADROS HABLARAN)

SI LOS CUADROS HABLARAN

las señoritas de Avignon, óleo sobre lienzo, Picasso, 1907



¡Una cosa es ser puta y otra muy distinta es que te pinten como a un simio, no te jode! Este tío se cree que por pagarnos tres perras gordas nos puede tratar como a unas vulgares monas de circo. ¡Valiente mamarracho! ¡Y encima pasando un frío que pela en este asqueroso tugurio sin estufa!
No sé vosotras, pero yo estoy hasta el moño de pasarme horas así, con los brazos tan estirados que me van a salir agujetas en los sobacos. Ya os decía yo que no nos fiáramos de un pintorzuelo de tres al cuarto con aires de genio que nos deja en cueros para hacerse el interesante. ¿No oísteis el otro día a un amigo suyo, un tal señor Matisse, que farfullaba entre dientes que parecíamos unas locas llenas de rabia? ¡A mí que no me venga ahora con el cuento de la escultura egipcia o del arte ibérico ese, que a saber qué será!
¡Negras, negras de una tribu africana, eso es lo que parecemos! No quiero ni pensar que se empeñe en seguir enseñando el cuadro... ¡Ay Dios mío, que este tío nos deja sin clientela!

HACER SIN MANOS

Vivimos en un tiempo sin manos, en la simple edad del ojo, y es así como vamos irremediablemente alejándonos de la verdad de las cosas, de su compleja hechura. En la medida en que nos olvidamos de hacer las cosas con las manos perdemos el contacto con su esencia y desdeñamos los secretos aprendidos con esfuerzo. El ojo, ese órgano consumista y pasivo, tiende a convertir todo en representación, como si lo existente, lo que siempre ha estado ahí y ocupa un espacio y pesa y tiene tacto fuera una simple sombra filosófica más en la infinita caverna luminosa de internet. 
Pero un teclado no es igual que una herramienta de trabajo y, por tanto, no es capaz de guardar la memoria de la mano que se gastó y se deformó de tanto utilizarla y que a fuerza de sudar y apretar la herramienta dejó su forma en ella.



ESCULPIR EN EL TIEMPO: TARKOVSKI EN PALABRAS




En lo fundamental estamos solos y solos hemos de aprender de las experiencias elementales de la vida. Tarkovski nos enseña en este libro, a través de reflexiones que de tan sabias y sinceras nos dejan sin aliento, que el objetivo del arte no es sino hacer más claro el sentido de la vida humana en esta tierra. No tanto desentrañarlo como enfrentarse a tal interrogante sin prejuicios ni miedo.
Para Tarkovski es claro que el arte y la ciencia son las dos maneras que tiene el hombre de empaparse del mundo, de apropiarse simbólicamente de él. Equipara, por tanto, ciencia y arte como instrumentos igualmente válidos del conocimiento humano. Sin embargo, mientras que dicho conocimiento es siempre gradual, lógico y comprobable en el ámbito de la ciencia, en el arte, en cambio, se vive como revelación y se sufre como catarsis. Un conocimiento que el artista materializa en la creación de una imagen que de forma independiente logra traducir lo que, de otro modo, sería absolutamente intraducible. Es como si lo infinito e informe se viera milagrosamente volcado en lo finito y conforme.
Bergman decía de las películas de Tarkovski que eran como milagros (aún recuerdo con inevitable temblor la conmoción que me supuso el visionado, por primera vez, de “Andrei Rublev”) y, en efecto, lo son y por múltiples motivos, no solo artísticos.

Y siendo de cine de lo que más se habla en este libro prodigioso, el apartado que más ha llamado mi atención ha sido el que lleva por título “El arte como ansia de lo ideal”, verdadero manifiesto artístico del cineasta ruso y lectura, pienso yo, que de ser obligatoria en toda facultad de Bellas Artes nos ahorraría más de un disgusto y, a buen seguro, también algún comprometido conflicto.

sábado, 12 de marzo de 2016

Y ZABELL SE FUE A TAHITI

He aquí un artista riguroso, con un proyecto que cuanto más se desvela más coherente nos parece y con esa desacostumbrada virtud de hallar siempre algo interesante que contar y al contarlo, hacerlo aún más interesante.
Simon Zabell vuelve a la galería sevillana Alarcón Criado y esta vez lo hace de la mano de Robert L Stevenson, descarga desencadenante de su última serie de trabajos que ha querido titular, remedando a otro escritor británico como es Graham Greene, “Our men in Tahiti”.



No quisiera detenerme ahora en los pormenores de la minuciosidad y rigor con los que Zabell planifica y organiza el trabajo de campo, por decirlo así, de sus obras seriadas. Ya lo dije en otra ocasión al hablar de su “Of Canyons and Stars”: como es habitual en él “con lo que nos topamos es (…) con un trabajo seriado de reposada elaboración intelectual que surge a partir de una experiencia que se origina fuera del campo de la pintura aunque dentro del más amplio espacio de la cultura”.  Simon Zabell es un artista culto –dato a no minusvalorar- y que haya escogido en esta ocasión “Bajamar”, el último y menos benigno de los relatos exóticos de Stevenson, poco frecuentado, por lo demás, por sus lectores, es detalle que no debiera pasar desapercibido.




Pero, ya digo, prefiero incidir, en cambio, en otras cuestiones. Por ejemplo, en la refinada elegancia de la sucinta gama de colores empleados (que tiende a virar de los azules violetas a los grises más perlados); o en el virtuosismo de una pincelada gruesa, enroscada y absolutamente apropiada para el tema. Es evidente, por si a alguien se le había olvidado, que Simon Zabell es pintor, aunque no solo.
Por último, quisiera destacar el carácter engañosamente figurativo de esta exposición, probablemente la serie de lienzos más “realista” del pintor (quizá como deferencia al propio Stevenson) pero solo si entendemos que está concebida, planteada y ejecutada toda ella a partir de unos fundamentos nítidamente conceptuales.

No creo que tenga que añadir que a mí no solo me ha gustado sin ambages sino que me ha convencido en lo profundo.



jueves, 10 de marzo de 2016

"El Jinete Azul" W. Kandinsky (Si los Cuadros Hablaran)



No es huida mi galope sino disfrute del aire, de la suave brisa caldeada por un sol de invierno que hace bullir en mi pecho la crin de mi yegua. ¡Oh, pero qué dulce es el mundo y fresca la hierba y pura la luz!
Llévame hasta donde nazca la nieve y no se oiga a los hombres, hasta el nido de los grandes pájaros del cielo, llévame hasta donde nos alcancen las fuerzas. Comparte conmigo la divina alianza del hombre y la bestia, la escapada gozosa, el secreto murmullo que le digo bajito agarrado a su cuello: "allí donde vayas es adonde yo voy".

El Jinete Azul, W Kandinsky, óleo sobre lienzo, 1903.



"Tumbada junto al lobo", Kiki Smith. (Si los cuadros hablaran)


Crecí en la soledad de mi jardín de Brabante, entre flores, piedras, saltamontes y ranas. La inocencia únicamente la he podido compartir con las fieras. Mi vida, desde entonces, ha sido un rosario de desgracias. Mis padres no tardaron en casarme con un soberbio noble de vastas heredades. Viví en un riguroso castillo de altos torreones cubiertos de pizarra. Me vi rodeada de altivas damas de compañía e insolentes mayordomos de oscuros atavíos. No supe tener hijos ni coraje suficiente para tratar a cada uno según su gobierno. Y acabé por sentirme cautiva, difamada, vendida.
Perdí toda esperanza en la justicia de los hombres y resolví retirarme al monte para así recuperar mi inocencia perdida. En su espesura me hice madre y amamanté a mi hijo con la leche de las ciervas y cubrí su cuerpo con el pellejo de una oveja y arrullé su sueño con el aullido de los lobos.




                       ("Tumbada junto al lobo", lápiz y tinta china sobre papel, Kiki Smith, 2001)