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martes, 15 de noviembre de 2011

Maledicencias de Artista (I)

En este tema, como en casi todo lo demás, los pintores no iban a ser una excepción. La cofradía del arte, como cualquier otra agrupación profesional, alimenta competitividades que, de sólito, no pueden sino desembocar en querellas y rencores que los propios artistas avivan unas veces por necesidad de autoafirmación y otras como simple recordatorio de que siguen vivos y en activo.
No conozco gremio más lenguaraz y sectario que el de los artistas plásticos, con la excepción cierta del de los poetas y gentes de la pluma que, junto al de los políticos, son tanto o peor compañeros que los pintores cuando la ocasión se les presta.
No niego que a sus opiniones contundentes no les falte razón en algunas ocasiones y acepto que muchas de sus atrabiliarias declaraciones tengan esa repajolera gracia que siempre divierte a un auditorio previamente entregado a la causa. Lo que digo es que esas opiniones contundentes y declaraciones destempladas hay que ponerlas, por prudencia, en razonable cuarentena.
Y es que tengo comprobado que muchas de ellas obedecen a razones tan variopintas como ocasionales desencuentros, oscuras batallitas de poder, orgullos malheridos, becas y premios escamoteados y hasta rapiñas de esposas y amantes de todo sexo.
Y no se libra nadie. Ni hasta los presuntamente más consagrados. Ya hablé en la entrada anterior de los comentarios que el pobre Cézanne tuvo que soportar de sus colegas más conservadores. Pero bien es verdad que él tampoco se quedaba mudo. Como es de dominio público, Puvis de Chavannes era uno de los pintores más reconocidos de su época y hasta el mismísimo Rodin opinaba que era el mejor pintor de todos. Pues bien, cuenta Renoir que una tarde, hablando en el taller de un amigo suyo, se elogiaba unánimemente el cuadro de Puvis "El pescador pobre". Y Cézanne, que parecía estaba dormitando, se enderezó de golpe y dijo: "Sí, está muy bien imitado".
Y de sus antiguos compañeros los impresionistas exclamó un día delante del galerista Vollard, "¡la estamos cagando con los impresionistas; lo que hace falta es rehacer a Poussin tal cual!". ¿No es esto metralla al estómago de sus propios colegas?
Cézanne, por cierto, no tenía mejor opinión de Whistler o Fantin-Latour que, a su vez, pensaban lo mismo de él. Cuando Whistler vio el "Retrato de la hermana de Cézanne" por primera vez no se mordió su viperina lengua y soltó a quien quisiera escucharlo: "Si un niño de diez años dibujara esto en una pizarra, la  madre, si fuera como hay que ser, le daría una buena bofetada".
El propio Monet, el pintor al que más apreciaba Cézanne entre la cuadrilla impresionista, no se libró de sus críticas. En su desprecio por el impresionismo llegó a exclamar: "¡Monet no es más que un ojo!". Aunque, al menos, añadió para terminar su frase: "¡Pero, Dios, qué ojo!".
Degas, uno de los pintores más selectivos y rigurosos que haya conocido la moderna pintura francesa, no se caracterizaba tampoco por su moderación verbal. Nada menos que delante de "Mujer con flores en el corsé" de Fantin-Latour, en pleno Salón parisino, deslizó el siguiente comentario: "Tiene mucho talento este Fantin-Latour, pero apuesto a que no ha visto nunca unas flores en el corsé de una mujer".
Y algo más tarde, en el mismo Salón, cuando se encuentra con Jehan G. Vibert, un afamado pintor académico muy inflacionado por los millonarios norteamericanos de viaje por Europa -y que hoy no conoce nadie-, éste le invita muy amablemente a visitar su exposición de acuarelas añadiendo: "puede que usted encuentre nuestros cuadros y nuestras alfombras algo lujosos, pero ¿acaso la pintura no es un objeto de lujo?". A lo que Degas respondió no sin poca displicencia: "Será la suya, señor Vibert. La mía es un objeto de primera necesidad". Toma del frasco.
 
Pero de las chanzas envenenadas de Degas no se libraba ni el mismo Monet. En una exposición que Durand-Ruel había organizado en su local al pintor de los nenúfares, ante la pregunta de rigor de Monsieur Monet, Degas le espeta: "Creo que me voy a ir: todos estos reflejos de agua me hacen daño a la vista. Entre sus cuadros parece que voy a coger un resfriado por culpa de las corrientes de aire". Y se levantó el cuello de su chaqueta y tomó las de Villadiego.

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