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martes, 22 de noviembre de 2011

El Impresionismo en casa de Nadar

La situación era tan opresiva que a iniciativa del bueno de Pisarro el grupo no tuvo más remedio que organizarse en una especie de sociedad anónima para poder llegar al público sin pasar por el cedazo humillante del Salón.
Fue esta sociedad la que decidió celebrar una serie de exposiciones de carácter comercial al margen del dictado de la Academia. Aquella utopía con la que soñara Bazille veía, en la primavera del 74, por fin la luz. Y no, precisamente, en una galería de cuadros sino en la casa de Nadar, en su taller fotográfico del mítico bulevar des Capucines. Todos los que tenían algo que decir y no podían decirlo en el Salón lo dijeron en ese estudio, el atelier rouge que Nadar mandó iluminar con luz de gas; de Zacharie Astruc o Eugéne Boudin a Sisley y Renoir.
 Para amortiguar la previsible ira del público no tuvieron inconveniente en invitar a artistas integrados, cuyas obras los posibles compradores aceptaban bien en sus residencias, como Bracquemond o de Nittis. Pero el público no tragó. La reacción general fue decepcionante y apenas hubo ventas significativas. Desprecio e hilaridad, esto es lo que se desprende de la mayor parte de las crónicas de la época. Esto publicó, por ejemplo, Le Figaro: "Delante de estos pintores se tiene la impresión de que un mono se ha apoderado de una caja de colores".
Cézanne había enviado su "Casa del ahorcado", donde la influencia de Pisarro todavía se puede palpar. Monet, campos de amapolas y algunas marinas del puerto de Le Havre. Degas, sus inconfundibles bailarinas y caballos de carreras. Pisarro, algunos jardines de Pontoise. Renoir, flores y mujeres frescas como manzanas recién cogidas. Y la única mujer del grupo, Berthe Morisot, también optó por los paisajes.

Manet se negó a participar en la fiesta. Quizá porque no le convenía para sus pretensiones de ser aceptado en el Salón oficial, su única obsesión. A pesar de todo, prestó algunas obras de su colección particular, obras de sus compañeros, naturalmente.  También coleccionistas como el doctor Gachet o el cantante Faure se animaron a ceder algunas de sus adquisiciones  más recientes. Incluso el marchante Durand-Ruel aportó su granito de arena.
El evento, que duró un mes, era demasiado tentador como para que el público, en una ciudad tan efervescente como aquel París que todavía se recuperaba de los efectos de la Comuna, no respondiera, al menos, con curiosidad. Más de 3.500 visitantes, eso es lo que afirman historiadores como Peter H. Feist. John Rewald está de acuerdo: el público acudió con generosidad, pero básicamente para mofarse. Curiosidad, pero malsana.
Sin embargo, en el mundo del arte no hay nada más eficaz que la miopía y los prejuicios burgueses para erigir una leyenda. Y con el tiempo muchos de estos artistas, con el apoyo de sagaces y activos marchantes y de cierta crítica voluntariamente heterodoxa, se han hecho legendarios.
Y todo por querer huir en su trabajo del viciado aire de los salones para abrir la pintura a la naturaleza y al movimiento incesante de los nuevos tiempos.
En cualquier caso, no hubo pretensiones de escuela. Y se agradece. Más bien, una reivindicación de otras formas de actuar. Una nueva actitud a la hora de enfrentarse a los retos que les planteaban el paisaje, la luz y la división de los colores cuyas leyes acababa de codificar el químico Chevreul.
Y, desde luego, en ningún caso fue un salto en el vacío pues abajo estaba el mullido colchón de Constable y Turner -y los beneméritos vecinos de Barbizon- para evitar la dureza del golpe.

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