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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Maledicencias de Artista (II)

De Renoir debo decir que me gusta más el hombre que su obra. Hay algo deliciosamente blando en su pintura que me empalaga un poco más de la cuenta. Incluso cuando encuentra su equilibrio como en "El palco" o en las "Muchachas de negro" del museo Pushkin no deja de exhalar cierto tufillo a pachuli. En el mejor de los casos, me parece un Watteau deslumbrado por la luz. Sin embargo, el hombre llamado Pierre Auguste Renoir me resulta fascinante. Un hombre franco, cordial, lleno de energía hasta el último momento y con una lengua tan viva como desenvuelta. De él decía Vollard que "su único placer constante fue pintar". Y ese placer se nota en sus telas.
Quizá porque amaba las cosas naturales y huía de la artificiosidad y lo sombrío se permitía aborrecer por igual a Baudelaire y a Víctor Hugo. Una noche, acostado ya, le pide a Gabrielle, su sirvienta, que le lea algo. Ésta husmea en el armario donde el pintor guarda los libros y empieza a recitar los títulos. Cuando llega a "Las flores del mal" Renoir da un respingo y dispara: "¡Qué horror! ¡Uno de los libros que más detesto! ¡No sé quién me lo ha podido traer!".
Gabrielle sigue leyendo títulos y al llegar a "La leyenda de los siglos" el pintor, con gesto de repulsión, no puede callarse: "No niego que Hugo tenga genio, pero su arte, tal como es, me horripila. Y le odio, sobre todo, porque ha sido él quien deshabituó a los franceses a hablar con sencillez".
Gabrielle, un poco desazonada a estas alturas, sigue recorriendo los lomos y de pronto se le ilumina el rostro y grita: "Señor, he encontrado un libro de Alejandro Dumas. Si titula La dama de las camelias".
"¡Jamás! -sentencia Renoir- Detesto todo lo que hizo ese escritorzuelo, y ese libro más que ninguno. Siempre me ha horrorizado el sentimentalismo barato".
Creo que esa noche Renoir se durmió sin su ración de lectura y Gabrielle seguro que se fue un poco mohína, por sentirse culpable de no dar con el título adecuado entre tantos supuestos genios de las letras.
Despotricar así de Hugo, Baudelaire y Dumas hijo, como poco, testimonia que Renoir no se dejaba impresionar fácilmente por los grandes nombres ni por el peso de la fama. Al menos delante del servicio.
Y esto también por lo que atañe a la pintura. Cuando una tarde su amigo, el marchante Vollard, le preguntó por Courbet, peso bastante ya pesado en ese momento, Renoir no se anduvo por las ramas:
"Algunos de sus cuadros iniciales no digo que no estén bien, pero desde el momento en que se convirtió en monsieur Courbet... En ese autorretrato (se refiere a Buenos días, monsieur Courbet) da la impresión de que se ha tirado meses delante de un espejo para acabar la punta de su barba... Y el pobre del pequeño monsieur Bruyas, ahi inclinado como si le estuviera lloviendo en la espalda (...) Una de las chifladuras de Courbet fue su obsesión por la naturalidad, pero no hay nada menos natural que el cuadro de su propio taller".
Renoir pensaba que en el arte nada desconcierta tanto como las cosas simples. Y ponía como ejemplo las severas amonestaciones de Jules Dupré ante una de las primeras exposiciones del grupo impresionista: "Hoy en día -se quejaba el paisajista melancólico- se pinta igual que se ve. Ya ni siquiera se preparan las telas como es debido. Es la decadencia más completa".
Pero si algo no es Renoir es decadente. Lo que, en cambio, no podría decirse, en justicia, de Dupré.

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