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miércoles, 22 de febrero de 2012

La Fanta de Franco


LA FANTA DE FRANCO


A Franco lo que más le gustaba era tomarse una Fanta. Y no es fantasía. Lo dice su médico, el doctor Vicente Pozuelo, que se las veía beber entre hoyo y hoyo de La Zapateira, el club de golf cercano al Pazo de Meirás.
Reacio al vino y desdeñoso con todo tipo de licores, Franco sólo se permitía en público la ingesta de alguna que otra cerveza, pero en privado y en su círculo más íntimo no se resistía a pimplarse unas Fantas. El doctor Pozuelo, su sombra perenne y clínica en los meses finales de su vida, no escatima tinta en revelaciones de parecido jaez, tan enjundiosas y pilóricas para el completo estudio antropológico de tan superlativo personaje. Revelaciones que pueden leerse bajo el puntual rótulo de “Los últimos 476 días de Franco”, ni uno más, ni uno menos. El libro, conviene subrayarlo, no tiene desperdicio, no por su valor literario –que es nulo- ni por sus confidencias embarazosas, pues está escrito desde la más genuflexa pleitesía, sino por las numerosas y desternillantes escenas que intenta poner en pie con meritorio esfuerzo. Todo un rico yacimiento de imágenes para un inquieto director de cine con ganas de tratar la figura del Caudillo con ánimo desmitificador pero sin necesidad de revancha, a la manera berlanguesca, para entendernos. Otra cosa es que queden directores así en nuestro país…
Por ejemplo: Franco ensayando una y otra vez, con conmovedor denuedo, la técnica del repentizaje con el fin de contrarrestar el declive de sus reflejos mentales. Así, podemos encontrarnos al doctor asumiendo los sucesivos papeles de presidente del Sindicato Nacional del Carbón, de presidente de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, de presidente de los Astilleros de la Armada, los tres en audiencia para presentar sus respectivos respetos, y Franco improvisando unas respuestas protocolarias y más o menos coherentes con lo que le quedaba de su vocecilla temblona y monocorde en apenas sesenta segundos. Lúdica terapia que por lo visto le divertía mucho.
O Franco metido en una heterodoxa rehabilitación de piernas al bravo compás de marchas militares e himnos de la legión por pasillos, despachos y salitas del Palacio del Pardo –un, dos, un, dos-, el paso lo más marcial posible para robustecer sus nonagenarias piernas, fisioterapéuticamente hablando.

O Franco ejerciendo de decorador de interiores y haciendo caso omiso a la Señora (su mujer) a cuenta de un vistoso faisán blanco, taxidermizado con macabro gusto, para el que no conseguía encontrar justo acomodo entre el oscuro y macizo mobiliario de su pazo gallego… Y así, unas cuantas escenas más.
Con todo, me sigo quedando con la Fanta, bebida castrense donde las haya. No me digan que no es impagable esa imagen de Franco en el bar del selecto club de golf y un camarero de bruñido smoking blanco que se le acerca y le pregunta con la mayor consideración: “Excelencia, ¿qué desea usted tomar?” Y el Generalísimo que dice, después de secarse concienzudamente las gotas de sudor que bajan de su bigotito cano y como si nada: “una Fanta, por favor.”


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