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miércoles, 8 de junio de 2011

ALBERT KAHN O CUANDO EL DINERO FLORECE

Cada vez que los cerezos del jardín japonés de Albert Kahn abren su flor y toda esa zona del parque comienza a temblar en una lluvia suspendida de copos de algodón, un milagro visual ocurre en los suburbios del suroeste de París.
Tengo en mi despacho, frente a mi mesa de trabajo, una bella foto apaisada que recoge ese momento. Y en ella refresco los ojos cuando de leer o escribir los siento turbios y cansados. Es como un colirio, el bálsamo ideal para un espíritu nostálgico de verde como el mío. Entre tanta nota blanca destaca, en medio, el arco violeta del puente de madera que salva el estanque. Ver esa imagen es sentirse lenta y suavemente acariciado en la nuca.
El jardín moderno es un exquisito diseño del paisajista Fumiaki Takano y compone, junto a la pequeña aldea levantada en 1898 por artesanos y jardineros llegados de Japón por la gracia de su emperador, la más delicada y perfecta pieza natural de inspiración oriental de toda la región parisina. Takano la concibió como una metáfora que homenajeara la vida y la figura del ideólogo y propietario del terreno, el banquero Albert kahn. A este potentado filántropo de origen judío le debemos todos aquellos que alguna vez nos hemos desplazado hasta la que fue su finca de Boulogne-Billancourt el regalo de unas horas inolvidables.
Aconsejo llegar temprano. A las once, cuando abre sus puertas, las cuatro hectáreas del parque están a tu entera disposición y si tienes la suerte de llegar en primavera los cedros, las hayas, los cerezos, rosales y azaleas te mostrarán radiantes sus más cumplidas formas bajo el suave sol parisino.
Pasear sin prisas y sin rumbo por los serpenteantes senderos y entre la floresta ecuménica de esta finca es un viaje ecológico desde el Japón milenario hasta la Europa dieciochesca (hay un jardín francés que, por desgracia, perdió sus dos invernaderos en la Gran Guerra y un parque inglés y, por tanto, más abierto) con parada sentimental en un pequeño bosque de los Vosgos, mandado diseñar por Kahn en memoria de su infancia.
Kahn era un idealista que creía en la utopía de la convivencia pacífica de los pueblos gracias a la comunicación y la cultura, quizá para compensar sus escrúpulos por el origen de su inmensa fortuna amasada a fuerza de especular con el precio de los diamantes que mandaba traer de las minas de Sudáfrica. Si eso fue así, de su mala conciencia nos hemos beneficiado todos. Desde su equipo de fotógrafos que viajó por todo el mundo consiguiendo hacer más de 72.000 fotografías pioneras del color y 180.000 metros de película entre 1909 y 1929 hasta un buen número de jóvenes estudiantes a los que becó para que pudieran viajar al extranjero y especializarse en disciplinas tan diversas como medicina, biología, arquitectura o música.
Su legado, que desde hace décadas pertenece al estado francés, se puede consultar en el Museo que lleva su nombre, en el nº 14 de la rue du Port, y la joya son Los Archivos del Planeta, posiblemente la colección de placas estereoscópicas y autocromas más amplia del mundo. Escenas de Vietnam, Mongolia, Japón, India, Brasil, Estados Unidos, Noruega, Inglaterra, Egipto o España. En nuestro país, por cierto, se fijaron en el exotismo de Granada y tomaron nota de su pintoresca arquitectura, sus paisajes y su paisanaje.

París brilla como siempre, soberbia e imponente. La he visitado muchas veces e incluso he pasado largas temporadas de mi juventud en ella, pero nunca había cogido la línea 10 del metro hasta Boulogne-Pont de St. Cloud. A partir de ahora, en cada nueva visita, volveré a hacerlo como se hacen los íntimos rituales electivos, por el simple gusto de sentirme un poco más feliz.

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