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lunes, 20 de junio de 2011

Florencia o el dulce encanto de la discreción

Quedan en Europa todavía un buen puñado de ciudades hermosas. De todas las que conozco Florencia me parece la más discreta y apetecible. Una serie de afortunadas coincidencias ha logrado que aún hoy la capital de la Toscana siga pareciéndose con razonable fidelidad a aquella población que vio crecer y trabajar entre sus muros a hombres tan eminentes como Miguel Ángel, Galileo o Antonio Magliabecchi.
Ya antes de llegar a ella todo parece contribuir a su disfrute. Uno no se resiste a creer que esa sucesiva y pautada ondulación de colinas y frondosos valles por entre los que baja el impetuoso Arno y que conforman tan dulce orografía no estuviera esperando, para su más bello cumplimiento, a que los hombres levantaran una ciudad a su medida con la que poder dialogar de tú a tú. Y es que si la vista desde lo alto del campanile, que Giotto proyectara y Talenti logró por fin ver terminado, se deleita en un piélago de verdes y marrones y violetas salpicado de pinos, cipreses, olivos y viñedos a los que, en lontananza, protege la larga cordillera de los Apeninos, el recorrido inverso o, lo que es lo mismo, la vista que puede disfrutarse desde, por ejemplo, las puertas de la iglesia de San Miniato al Monte, joya del románico toscano, es la prueba irrefutable de que nos encontramos ante una de las ciudades más serenamente emocionantes del mundo.
Guardo un maravilloso recuerdo de la última vez que allí subí. Nos llevó Roberto -tengo el privilegio de ser amigo de un florentino de pura cepa, alguien de una gentileza y educación que ya no se estilan- cuando la tarde ya languidecía. Sobre la ciudad, abajo, a los pies del recoleto cementerio que flanquea ambos lados de la entrada de la iglesia, parecía que hubieran esparcido polvo de nácar y por el cielo lo hubieran barrido con finísimo pincel.
El enorme solideo octogonal que Brunelleschi levantara hace casi seiscientos años sigue siendo la principal referencia visual del perfil urbano. Todas las miradas convergen en él. Y luego van hacia las espigadas torres: la cercana del campanario del Duomo y la esbeltísima torre de piedra de ese campanario laico que crece sobre el macizo palacio Vecchio. Y luego las miradas descansan en las arcadas de los sucesivos puentes que cruzan el espejo fluido de las aguas del Arno.
Si algo tiene Florencia es medida, escala humana, belleza escanciada con sabia dosificación.Quizá ese sea su mayor encanto: que siendo tan bella no te grite al oído su belleza.

2 comentarios:

  1. Querido Fran:
    No conozco Florencia pero este año he conocido a una inteligente florentina. Hablamos del patrimonio de Sevilla, de su deterioro, y ella me confesó que entre su grupo de amigos han llegado a conversar sobre los siguiente: "¿por qué monumento de la ciudad darían su vida? Ella por el Duomo, si éste en algún momento fuera a derribarse. Así de claro me lo expresó.

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  2. Un bello martirio, y muy generoso. La entiendo, a mi modo yo también he dado, la estoy dando, mi vida por el arte. Por él viajo, por él estudio, para él trabajo y por él sufro.

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