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viernes, 10 de junio de 2011

Concha Ybarra: el momento suspendido

Recuerdo que en aquella ocasión Concha se sentía especialmente atraída por el bodegón y los altares profanos. Me enseñó algunas acuarelas y óleos sobre lino y quedé atrapado en su mundo interior, como envuelto en un aroma sutilmente afrutado. En seguida reparé en que era una pintora con un mundo interior propio, refinado y circunspecto. Todo en su obra me parecía equilibrado: la composición, el diálogo cromático, las proporciones de las cosas. Y le hice un texto. Me salió un poema que titulé En el minuto ensimismado. Corría el año 2003 y luego vendrían otras exposiciones de ella, igualmente elegantes, sencillas y metafísicas. Y viajes por España y el ancho mundo compartidos con amigos con similares intereses e inquietudes. Y conversaciones y clases de cerámica y cervezas en la calle. Y siempre me ha parecido ella misma, la Concha que conocí el primer día: afable, modesta, educada y generosa. Tengo algunas obras de ella en casa y debo confesar que verlas, contemplarlas de pronto en mitad de la tarde, cuando hago un alto en el trabajo con un té en la mano, me siguen produciendo el mismo goce estético, la misma alegría emocional que me produjeron la primera vez que me las enseñara. 



Es ahora, en el minuto ensimismado de la tarde,
cuando se revelan los secretos.
No todas las cosas son corrientes o materia.
Las miras tercamente y alcanzas su murmullo,
como una leve infiltración de calcio en el oído.
La taza, el vaso, la fruta en el frutero,
el pájaro en su rama, la luz en su espejeo.
No son de nadie, ocupan su misterio.
Tocadas por un orden bondadoso
que acepta su reflejo
se dejan ser miradas, se aquietan en silencio.




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