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jueves, 23 de junio de 2011

L´estaque: una decepción

¡Qué terrible decepción! Yo quería ir a L´estaque y, a pesar de conocer el célebre aserto de Heráclito, soñaba con bañarme en su mar. El mar de esa famosa bahía que la historia del arte de los siglos XIX y XX se ha encargado de mitificar por medio de Pisarro, Cézanne, Mattise, Derain o Dufy. Me empeñé en ir a la playa de L´estaque en agosto, cuando la luz es más fauve y el mar más azul. Llegamos en coche hasta la playa de Corbière y encontrar aparcamiento fue tal odisea que ya debía haberme puesto sobre aviso. Pero yo quería bañarme en las aguas que probaron esos genios y sentirme así, acaso, un poco más cerca de ellos. ¡Qué tamaño error! La playa era un hervidero de bullangueras familias africanas, árabes y aproximadamente europeas. La estampa, en perspectiva, era un híbrido de razas y culturas cada una con sus característicos atuendos para el baño. Un orondo padre árabe se bañaba en largas calzonas  de motivos tropicales mientras sus núbiles hijas lo hacían completamente vestidas hasta los pies, unos chiquillos negros, sin embargo, daban saltos inauditos y escupían arena por doquier sin más atuendo que unos vistosos collares de pedrería. Una familia indígena y muy pálida de piel comía unas larguísimas baguettes de ensalada mientras la madre sacaba del canasto vasos y más vasos de plástico para el agua. Para colmo, la playa era una perfecta imitación de lo que un ingeniero debió de diseñar en unos planos, más artificial que la nieve del Madrid Xanadú.
En fin, "me lo tengo bien merecido", fue lo que pensé. ¿Cómo se me ocurre querer bañarme a mi edad en un cuadro de Derain, en una marina de Cézanne?
No volveré jamás a L´estaque. Salvo que vaya a verla a algún museo.

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