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martes, 27 de marzo de 2012

Entierro en los Trigales (Réquiem por Vincent Van Gogh)

Entierro de Van Gogh, E Bernard

Al cuadro siempre se le ha llamado “El entierro de Van Gogh”, pero Van Gogh no tuvo entierro. Al menos, no un entierro al uso. La propia esquela en la que se rogaba la asistencia a su cortejo fúnebre y posterior sepultura así lo atestigua (ver documento). En ella una mano anónima, pero sin duda avivada por la Iglesia, no tuvo más remedio que tachar el lugar de celebración de las exequias que, para más inri, no era otro que la iglesia que con tanto ardor Van Gogh había pintado apenas unos días antes de morir, l´Eglise d´Auvers sur Oise. Y lo hizo, dejando con ello a uno de los pintores más profundamente religiosos que haya habido sin homilía y sin amparo de Dios, porque el pintor era en esos momentos, para todos sus vecinos, un cadáver suicidado, es decir, un muerto sin causa ajena, un cuerpo sin absolución, un réprobo hasta el final. De ahí, la tachadura sobre el nombre de la última iglesia que pintó. Luego, muchos años después, se sabría que entre aquellos vecinos había dos –los hermanos Secrétan -- que podrían haberle ahorrado esta última humillación y que, en cambio, prefirieron callar por no desdecir las últimas palabras de un muerto y, de paso, evitarse el seguro ingreso en un reformatorio para golfos. Pero esa es otra historia que ya otros han contado...
El cuadro lo pintó Émile Bernard que tanto lo quiso, y lo firmó y fechó en 1893, tres años después de la muerte de su añorado amigo. El propio Bernard, según carta al crítico de arte Gustave A. Aurier, llegó justo a tiempo para velar un rato el cuerpo de Van Gogh en la sala de billar de la pensión Ravoux –donde el pintor tenía alquilada una habitación—pero demasiado tarde para poder ver su rostro demacrado, pues ya habían cerrado y cubierto el ataúd con una sencilla sábana blanca. Alrededor, sus últimas pinturas aun frescas y dalias y girasoles amarillos, tan apropiados para la ocasión. Luego, sus amigos transportaron la caja hasta el coche fúnebre y comenzó el cortejo. En la pequeña colina a las afueras del pueblo, entre campos de trigo y bajo un cielo azul y sin nubes, estaba el cementerio. Llegaron en poco tiempo y sin apenas despedidas y adioses de homenaje lo bajaron a la fosa y lo enterraron. Lloraba Pisarro y lloraba Tanguy y el doctor Gachet también lloraba. Pero el más desconsolado, el que lloró por mucho tiempo y sin descanso, fue su hermano Theo.
Sin embargo, nada de esto se ve en el cuadro que seguimos llamando “El entierro de Van Gogh”. En él ni el espacio tiene las dimensiones de una modesta sala de billar, ni los numerosos personajes esbozados marchan en cortejo ni, mucho menos, la escena se desarrolla en campo abierto. Todo aquello que pudo ver Bernard.
En realidad lo que Émile Bernard apaña en esta obra es un homenaje póstumo. Una suerte de entierro laico de carácter compensatorio en una sala neutra donde precisamente los dos motivos que destacan son dos celebraciones de Van Gogh: una, de su figura en forma de sombrero, la otra, de su obra, sin forma y de amarillo, su color característico, un brochazo de amarillo en el centro que recordara para siempre que Van Gogh sigue y seguirá vivo.


                                                          

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