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martes, 20 de marzo de 2012

Maurice Utrillo, una expiación.


Maurice Utrillo, una expiación.



                                                                                          A José Luis Mauri, pintor.


Tan incierto es suponer que Henri Rousseau fue alguna vez un “pintor dominguero” como creer que la obra de Utrillo no supera con mucho los menguados límites de la pintura naïf. Y, ciertamente, una biografía tan salpimentada de malditismo como la de Utrillo no ha ayudado mucho a desfacer el entuerto. Pocos pintores se prestan mejor que él a la elaboración de un relato sórdido y ejemplarizante que a todos nos deje aliviados y un tanto conmovidos en sus últimos capítulos.

Hijo ilegítimo de una modelo nada convencional, Suzanne Valadon, la preferida de Degas y Renoir y amante oportuna de Puvis de Chavannes que, con el roce y el ejemplo, terminó por convertirse, también, en respetable pintora, apellidado legalmente como Utrillo gracias a la generosidad del pintor, ingeniero y periodista catalán Miguel Utrillo (artífice, años después, del Pueblo Español de Barcelona), condenado a pintar por su madre como terapia reformadora de su adicción al alcohol, neurótico y eterno apaleado por gente tan variopinta como golfillos de la calle, acreedores estafados y agentes de la policía, ganado para el catolicismo por la belleza y el consuelo de sus iglesias y, finalmente, redimido para la vida por una mujer providencial, Lucie Valore, con la que se casa en 1935 y que se convertirá, desde entonces, en su apacible centinela.
iglesia de Deuil
Maurice Utrillo pintó tanto como bebió. Y bebió tanto como sufrió. Quizá por eso pintar iglesias terminó adquiriendo para él el valor de un ejercicio piadoso. Su amigo el pintor Vlaminck creía que “sus obras más notables son acaso ciertas catedrales de real pujanza mística” y, sin duda, se refería, entre otras, a La Catedral de Reims en llamas que Utrillo pintara en respuesta emocional al impío ataque de los alemanes. Sin embargo yo me quedo con sus iglesias más humildes, con esos amorosos retratos de arquitecturas religiosas de su “período blanco”, de la segunda década del siglo pasado. Y de todas ellas, la más emocionante es para mí La iglesia de Deuil, “la pequeña comulgante” como él la llamara, por la que pagó ni siquiera treinta francos Edmond Heuzé y que André Derain considera, asimismo, su obra más perfecta.

Iglesia sin vanidad, de un blanco de cinc atemperado por el yeso, emulsionado con cáscara de huevo para conseguir, así, con mayor fidelidad los efectos gredosos de sus irregulares muros. Iglesia en ascensión piramidal como metáfora sencilla de la aspiración humana de remontar hacia el cielo, de tocar por fin lo más alto. Iglesia refugio donde descansar del sufrimiento de estar vivo. Pintarlas sin descanso fue para Utrillo su particular forma de rezar, de expiar a través de sus telas una adicción demoledora.
S Valadon, Utrillo, Utter.
Hay obras que en su desnuda verdad asean la belleza. Esta es una de ellas.



                                                                      


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