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viernes, 30 de octubre de 2015

CUANDO ORAZIO GENTILESCHI SE LLAMABA VELÁZQUEZ



Moisés salvado de las aguas, Gentileschi.Colección Privada



La historia del arte está salpicada de atribuciones erróneas cuando no directamente falsarias. Es algo con lo que hay que contar y que a ningún historiador bregado le puede llamar, en exceso, la atención. No obstante, algunas son tan flagrantes que no pueden por menos que resultar inexplicables. Quisiera referirme ahora a una de estas últimas que afectó por mucho tiempo nada menos que al más emérito de nuestros pintores, Diego Velázquez. Para ello hay que retornar a las primeras décadas del siglo XIX y situarnos en las islas británicas.
Veamos: hace 168 años, en 1848, cuando el hispanista escocés William Stirling publicó el que se considera primer catálogo de la obra de Velázquez sacó algunas conclusiones curiosas, entre las cuales destacaba el hecho de que de las 226 pinturas catalogadas por él había más cuadros del sevillano en Gran Bretaña que en España. Tres décadas después, en 1883, el norteamericano Charles Curtis, en un catálogo aun menos riguroso, afirmó que las obras originales velazqueñas eran más, y las aumentó hasta un número de 274 originales, añadiendo 315 copias y réplicas. Llamaba asimismo la atención de dicho autor el dato de que prácticamente la mitad de las obras consideradas auténticas estuvieran en colecciones británicas.
Tamaños entusiasmos los vinieron a enfriar, primero, el que fuera director del Museo del Prado, Aureliano de Beruete, en 1898 y, mucho después, López-Rey con su catálogo razonado de 1996, poniendo orden a tan alegres atribuciones. Hoy sabemos que solo existen 130 obras autógrafas, de las que los británicos han de conformarse con apenas 16, número que no está nada mal, sobre todo si consideramos que disfrutan de dos auténticas obras maestras como son “La Venus del espejo” de la National Gallery de Londres (“The Rokeby Venus” para ellos) y la “Dama del abanico”, perteneciente a la Wallace Collection.  
Resulta evidente que tanto Stirling como Curtis no conocieron nunca de forma directa la mayoría de los cuadros de Velázquez y a pesar de ello no tuvieron reparo alguno en emitir sus “autorizados” juicios[i]. Pero entre tantas atribuciones erróneas quisiera centrarme, por la gravedad del dislate, solo en una, que afecta de manera –pienso yo- no poco ofensiva a la reputación de otro gran pintor contemporáneo de Velázquez y, por cierto, bien conocido de las élites culturales británicas por haber pasado la última etapa de su vida en la corte de Carlos I de Inglaterra, como es el toscano Orazio Gentileschi.
Según investigaciones del historiador A. Weston-Lewis las dos versiones que Gentileschi pintara  del tema de “Moisés salvado de las aguas” apenas difieren dos o tres años en cuanto a su realización (1660/1663). La más temprana, a su parecer, es la que Carlos I encarga para disfrute de su mujer, la reina Enriqueta, que la lleva a su villa palladiana de Greenwich, la Queen´s House. Una obra de aparatosas dimensiones (258x302 cm) que terminó perteneciendo durante dos siglos a los sucesivos condes de Carlisle que la disfrutaron durante ese tiempo en Castle Howard (su célebre mansión inglesa por ser el escenario donde se rodó la serie de televisión “Retorno a Brideshead”) hasta que sus actuales herederos, acuciados por las deudas, la venden en 1995 a un coleccionista privado.
La segunda versión, que custodia nuestro Museo del Prado, fue, en cambio,  un regalo del propio Gentileschi al rey Felipe IV y, aparte de ser de dimensiones algo menores (242x281 cm), es, en mi opinión, notablemente más refinada de factura y exquisita de color, como si hubiera sido pintada con mayor exigencia estética y no alla prima como parece haber sido hecha la primera.
Pero aun hay otra tercera diferencia, realmente extraordinaria, que afecta solamente a la primera versión y que deja en entredicho no sé si el ojo crítico o más bien la honorabilidad tanto de William Stirling como de Charles Curtis, los dos “entendidos” al principio citados, que asignaron la autoría de la obra nada menos que a Diego Velázquez. Atribución a todas luces disparatada que hizo creer no solo a varias generaciones de condes de Carlisle sino a decenas de especialistas británicos y franceses que entre las paredes de Castle Howard brillaba uno de los más insólitos y magníficos Velázquez.

Moisés salvado de las aguas, Gentileschi, Museo del Prado



Sabiendo como tenían que saber que el cuadro en cuestión, cuando lo adquirió en pública subasta el quinto conde de Carlisle, provenía de la colección privada del duque de Orléans, ¿no se les ocurrió pensar que al estar éste casado con la hija menor de Carlos I y Enriqueta de Inglaterra, protectores de Gentileschi, y además ser vendido dentro del lote de “pinturas italianas y francesas” del duque tenía todas las papeletas para ser considerada una obra italiana o, cuando menos, francesa? ¿Acaso ignoraban que, por ejemplo,  Veronese o Poussin –con los que el cuadro tiene, sin duda, muchas más concomitancias- habían tratado el mismo tema bíblico o que el propio auténtico autor, Gentileschi, había hecho otra versión? ¿Por qué Velázquez, pintor del que ya en esa época no se tenía noticia de haber tratado ese tema nunca y al que se podía recurrir en el país por estar bien representado en algunas colecciones privadas? ¿No compararon, siquiera superficialmente, los estilos?
Lo cierto es que no será hasta muchos años después, a principios del siglo XX, como demostró R.W. Bissell en su “Orazio Gentileschi and the Poetic Tradition in Caravaggesque Painting”, que se repare el error anglosajón y se restituya la autoría de Gentileschi no solo en relación a esta obra sino también a su “Lot y sus hijas”, atribuida otra vez a Velázquez.
Repito, ¿por qué ese empeño en Velázquez? Las respuestas que se me ocurren dejan todas en mal lugar a un sinfín de connoisseurs británicos y franceses y me llevan a pensar, por un lado, en la apremiante necesidad de rivalizar con España en la posesión de obras del que ya se consideraba uno de los más grandes pintores de la historia moderna y, por otro, en la habitual falta de escrúpulos de determinados especialistas a la hora de mezclar el dinero con el arte.



[i] Probablemente se fiaron de una información que aparece por primera vez impresa en Rutland 1813, I,p. 97 que se hacía eco de la leyenda de que el cuadro fue regalado por la Corona española al Duque de Orléans.

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