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lunes, 26 de octubre de 2015

Gómez de la Torre, Gesto y Color

Con motivo de la exposición que el Museo de Alcalá de Guadaira está dedicando estos días a la obra paisajística de Juan José Gómez de la Torre escribí estas palabras para el catálogo que se ha editado, un texto donde analizo su obra más reciente.


El pintor el día de la inauguración



"Llama la atención en un hombre tan circunspecto y de naturaleza tan reservada como la que se deja entrever en Juan José Gómez de la Torre una obra de pincelada tan brava y de color tan desinhibido como la suya. Pareciera querer desmentirse como individuo en sus cuadros y es harto probable que podamos encontrar en ellos ecos de su personalidad que pasarían desapercibidos en un primer y superficial acercamiento.
JJGT es un pintor que no se ha prodigado mucho a la hora de someter su obra al escrutinio público y cuando lo ha hecho –especialmente en Málaga (su tierra natal) y Sevilla (su ciudad de aclimatación)- se ha mantenido fiel a las mismas galerías que apostaron por él desde un principio: ámbitos discretos de repercusión mediática limitada carentes de la infraestructura necesaria para ofrecer a su obra la visibilidad que ésta lleva reclamando desde hace años por méritos propios. De hecho, si no estamos equivocados, esta es la primera ocasión en que un museo público decide programar una exposición lo suficientemente amplia y representativa de su trabajo, por mucho que éste se ciña al realizado en los últimos tres o cuatro años.

Paisaje de huerta, óleo sobre lienzo, JJGT


Desde que en 1989 inaugurara su primera individual en la Casa de la Cultura de Torremolinos hasta su más reciente cita en las salas del Ateneo de Mairena del Aljarafe, hace algo más de tres años, el mundo de JJGT ha venido creciendo en torno a unos pocos temas, apenas un par: el bodegón y el paisaje. Si acaso, alguna puntual incursión en el retrato o en el apunte rápido de ciertos animales de granja como el caballo o los gallos. Ceñida a esos dos géneros y centrada en la interpretación de unos mismos motivos recurrentes (el agua mansa de río o de laguna, la alquería de labranza, la agreste campiña, la solitaria barca o, si hablamos del bodegón, la fruta en el frutero o los útiles del pintor) la pintura de JJGT ha sabido madurar, a través de un constante y elaborado ejercicio de concentración de la mirada, en emoción expresiva y rico cromatismo hasta alcanzar, en ocasiones, los límites de la pura abstracción. A las puertas de ella ha querido dejar más de un paisaje y no nos parece descabellado que aun siendo un pintor formado y educado en “el natural” su propia evolución le lleve, en un futuro, a incursionar por esos derroteros.

¿Qué vemos en un paisaje de JJGT? Para empezar, toda la agitación que habita en él está en su pincel y su paleta, no en el paisaje elegido. Es él quien lo agita mientras lo pinta, quien traslada, por tanto, su propia agitación emocional de la naturaleza al cuadro. Tanto si su mirada recala en un apacible rincón de huerta como en un anónimo tramo de río con molino o en una solitaria y melancólica chalana, son los propios recursos pictóricos –básicamente la línea y el color- los que obran esa transformación, esa mutabilidad plástica, logrando alborotar sobre el lienzo o el papel lo que en la naturaleza parece reposar o convivir en avenencia. Un alboroto que no es solo de carácter óptico sino también psíquico.


Barca, óleo sobre lienzo, JJGT


Evidentemente, es a eso a lo que llamamos “estilo”. Un estilo que partiendo de la pincelada suelta, empastada, de raíz impresionista, asume sin reservas el festín cromático de ecos fauves en una suerte de figuración que ya no es, ni mucho menos, realista sino de naturaleza íntima, una figuración emocional. Paisajes que se revelan de empuje rápido, probablemente acabados en el estudio en unas pocas sesiones mediante toques gestuales, muy corpulentos de color, que van cubriendo un esquemático dibujo previo, cuando lo hay. Una paleta que tiende a apoyarse en una gama de tonos fríos (azules, verdes, violetas) que buscan el contraste complementario con localizados puntos de un color más encendido (naranja, rojo, amarillo). Un punto de vista a menudo frontal, ni demasiado cerca ni demasiado lejos del motivo, que prefiere los horizontes altos, a veces sin cielo, y que proyecta en una red de planos sucesivos la ilusión de distancia sin apenas evidencias de elaboradas perspectivas. Un dibujo previo de carácter reductivo que somete a las formas al mínimo esencial. Una pintura, en suma, que no pretende la ilusión tridimensional y refuta, a un tiempo, el claroscuro, el volumen y el modelado, los tres principales dogmas de la tradición académica.
Bien a través de la mancha en la acuarela o del toque enardecido, rápido y certero al óleo, los paisajes de JJGT lo que anhelan y, sin duda, consiguen es la expresividad. Mancha y toque, así pues, como catalizadores de una personalidad profundamente pasional que ha sabido descifrar en la naturaleza el pálpito esencial que consuela y no defrauda.


Finalmente no quisiera dejar de notar su labor de consumado dibujante, manifiesta sobre todo en su serie de acuarelas, de un lirismo vivaz y sugestivo. La acuarela es una técnica endiablada, que exige un doble y constante entrenamiento de la mano y la mirada. Una buena acuarela solo está al alcance del pintor que incorpora al exacto conocimiento del color la pericia en el dibujo. Las suyas son magníficas. Si consiguen evocarnos la gracia de las cosas, el secreto bullir de la vida y, en suma, nos transmiten mucho más de lo que realmente enseñan es, en buena parte, por el previo trabajo de dibujo que muchas veces palpita discretamente por debajo y, otras, solo está pensado. Un dibujo menudo, nervioso y fluido que alcanza la verdad del motivo, desvelando su auténtico carácter, precisamente por recurrir a la supresión del detalle y eludir, así, la acumulación de todo elemento innecesario".



                                                                     



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