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sábado, 7 de noviembre de 2015

La Mano con Lápiz


Bailarinas, E Degas



Lo de esta ciudad es muy curioso; átona en lo cultural, paupérrima en su oferta artística, se permite, a la vez, el lujo de ignorar una exposición tan lograda y magnífica como la que estos días podemos ver en la suntuosa y siempre deshabitada sede de su Museo de Bellas Artes: “La mano con lápiz”, una reunión excelente de dibujos y pequeños collages de algunos de los mejores artistas del siglo XX que la Fundación Mapfre ha logrado reunir a lo largo de estos últimos dieciocho años.
No hay muchas oportunidades de ver una muestra así por estos lares, razón de más por lo que resulta tan desconcertante como deprimente observar el nulo entusiasmo popular y la escasa repercusión mediática que esta iniciativa está recibiendo. La he visitado ya tres veces, una de ellas en fin de semana, y nunca he coincidido con más de tres o cuatro personas en las salas –generalmente visitantes foráneos- y en la última ocasión estuve en la más completa soledad casi toda mi visita. En fin, este es el tono de la ciudad pero al menos pude hacer algunas fotografías sin que ningún conserje o vigilante me importunara con la dichosa normativa.
La exposición arranca con una serie de dibujos de pintores como Burne-Jones, Fernand Khnopff (fascinante el tratamiento formal del fondo con crayón de colores), Edgar Degas, Klimt (del que puede verse uno de los bocetos de su “Mujer con sombrero”, tema que le ocupó durante los años 1909-1910) o Matisse, todos ellos conspicuos representantes de la expresión de un cambio trascendente en el ámbito de las artes visuales entre los siglos XIX y XX. Junto a los dibujos de estos artistas conviven otros de figuras como Darío de Regoyos, Nonell o el primer Picasso.
Por otra parte, es evidente que el cubismo como nueva forma de leer el motivo ocupa un lugar destacado en los fondos de esta colección. Obras de Juan Gris, Dalí, André Lhote o, de nuevo, Picasso vienen a demostrar las distintas maneras de abordar el cuerpo y el objeto desde el riguroso prisma cubista.

Estampa, Maruja Mallo

En la última sala se han dispuesto básicamente las obras de naturaleza surrealista y, aparte de los consabidos Miró, Óscar Domínguez o Dalí (su dibujo a tinta y lápiz “Guerra estética”, de un virtuosismo técnico que aspira a emparentarse con las figuras del Laocoonte o las de “El incendio en El Borgo” de Rafael, es magnífico), podemos disfrutar de los dibujos escultóricos de Alberto Sánchez o Julio González así como de una refinadísima tinta china de José Caballero titulada “La rosa y el velocípedo”.

La rosa y el velocípedo, José Caballero
Fuera de toda clasificación quisiera destacar, por un lado, la preciosa acuarela de Paul Klee “Joven palmera” y, por otro, el impresionante carboncillo y aguada de Lyonel Feininger, “Deep”, una característica composición paisajística de robusta pero poética geometría que hace honor a su título.
Por último y como único pero ¡ay! lamentable desacierto solo señalar la inconveniencia de incorporar un pamplinoso dibujo de Tàpies, extraña nota discordante en tan selecta colección.





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