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lunes, 3 de diciembre de 2012

Miguel Ángel fue también poeta (y Rafael lo sufrió)

Recupero ahora algunas notas de una larga ponencia que defendí hace algunos años con motivo de un curso monográfico sobre Miguel Ángel y el Renacimiento que se celebró en el CEP de Huelva. Recuerdo que mi intervención duró casi tres horas, con un breve descanso en medio, y no descarto en absoluto que pudiera abrumar y hasta adormecer a más de un asistente. Pido disculpas, aunque tardías, por aquella temeridad irresponsable:
" Miguel Ángel no era, strictu sensu, un poeta, pero escribió poesía. Sin embargo, si consideramos con cierta ironía que tampoco se veía como un pintor y recordamos su “Tondo Doni” de los Ufizzi o su Entierro de la National Gallery, por no hablar de los titánicos frescos de la Capilla Sixtina, comprobamos que a pesar de su soberbia modestia no había “bella arte” que se le resistiera.
Escultor, arquitecto, pintor y dibujante y poeta. En fin, un verdadero ejemplar renacentista. Un artista integral obsesionado hasta rozar el delirio con la materia y con el material. Ya sean los bloques de mármol de las canteras de Carrara, los pigmentos que se hacía él mismo o las, a menudo, dolientes palabras de su poesía.
Tondo Doni, M. A.
De todos estos elementos quizá sean, precisamente, las palabras el material más íntimo, más arbitrario y más comprometido de todos. Nos revelan en lo más secreto y pueden hasta condenarnos. A veces no se es consciente de hasta qué punto aquello que se dice y queda escrito y se firma, nos puede comprometer de una manera especial y para siempre.
Miguel Ángel fue, a lo largo de su vida, o al menos lo  intentó, un hombre consecuente. Aun cuando trabajara por encargo, y así trabajó siempre excepto en algunos de sus dibujos de ocasión, luchó por no traicionarse a sí mismo. Y puede decirse que, en líneas generales, lo consiguió. Nadie se atrevió, por ejemplo, en vida suya a tocar una sola de las decenas de figuras que hay en los frescos del Vaticano para “adecentarlas”. Y eso que algunos lo intentaron con denuedo, romanos pontífices incluidos. No deja de resultar significativo que la reforma por indecente del Juicio Final fuera uno de los 33 decretos urgentes que aprobó el Concilio de Trento en 1563. Afortunadamente Miguel Ángel murió en 1564 y, aunque ya sabía lo que se avecinaba, sus oponentes tuvieron la “delicadeza” de esperar a que él muriera para manosear su obra. En definitiva, Miguel Ángel imponía el respeto que sólo los hombres firmes en su rectitud saben imponer.
Quizá de su inmensa tarea de artista total sea su faceta lírica la peor conocida, la que ha quedado más velada por el brillo deslumbrador de su talento plástico y visual. En cualquier caso, si ya hemos recordado que Miguel Ángel no se veía como un genuino pintor, con mucha menos razón aceptaría ser considerado un verdadero poeta. Y sin embargo, escribió poesía; en ocasiones, de la buena. Y lo hizo a lo largo de casi toda su vida adulta, durante más de 50 años.
Pensemos que en la atomizada Italia renacentista, especialmente en el siglo XVI , el humanismo era el ideal de  todo hombre culto. Incluso el artista, un ser a caballo entre el creador y el artesano, aspiraba al humanismo. Ahí están los casos de Leonardo o de Alberti. Miguel Ángel, por formación y anhelo personal, tiene también pretensiones de humanismo. Si recordamos que para Platón la poesía se merecía el primer puesto entre las actividades artísticas, entenderemos mejor por qué ese empeño  del toscano por expresarse también a través del verso (...)
La misma idea de “amor platónico”, por ejemplo, es vital para entender sus arrebatadas experiencias emocionales, primero en su gran amor por Tommaso Cavalieri, y luego en su profunda amistad con Vittoria Colonna, la marquesa de Pescara (...)
En el soneto dedicado al Papa Julio II que comienza, “Signor, se vero è alcun proverbio antico”, otra de sus obras de circunstancia, las tensiones producidas por las intrigas de Rafael y Bramante son, incluso, explícitas. Lo primero que salta a la vista es el tono quejumbroso y recriminador que el autor emplea para dirigirse al Papa. Es un hecho conocido que las relaciones que ambos mantenían eran  controvertidas y oscilaban entre una admiración mutua y una profunda desconfianza por lo irascible de sus respectivos caracteres, muy celosos de su singularidad e independencia. Se conocían, no obstante, de antiguo y ya en 1505, muy poco después de sentarse en el solio pontificio, Giulianno della Rovere le pide que se haga cargo de los trabajos para su tumba en San Pietro in Vincoli. Este gesto demuestra por sí solo la altísima consideración  que el Papa tenía por el genio artístico del artista.
Pero Julio II era también el protector del arquitecto Bramante y del pintor Rafael, los competidores más directos de Miguel Ángel. Y es de ellos precisamente de quienes se queja el escritor en este soneto. De ellos y de la posible predisposición papal a hacerles caso:
          “Señor, si es verdad algún proverbio antiguo,
            es el que dice que quien puede más no quiere.
            Has creído en fábulas y palabrerías
            y premiado a quien es de la verdad enemigo.
            Yo soy y fui tu leal siervo antiguo
            y a ti dado como al sol los rayos,
            pero de mi tiempo ni te compadeces ni cuidas,
            y menos te valgo, cuanto más me afano”.

       En estos dos cuartetos Miguel Ángel exterioriza sus lamentos por las intrigas palaciegas de sus dos colegas dispuestos a apartarlo del andamio de la Capilla Sixtina. Cuando ya estaban realizadas casi la mitad de las pinturas de la bóveda el pintor reparó en unas manchas que habían salido en las molduras de los techos y paredes. Como no sabía el motivo de tal desastre se desesperó y se negó a seguir adelante con el proyecto. Fue entonces cuando aprovechó Bramante para aconsejar al Papa que fuera Rafael quien acabara la otra mitad de la Capilla, debido a los fallos cometidos por Miguel Ángel. El Papa no se decidía y entretanto Giulianno de Sangallo, reclamado por su amigo Buonarroti que le pide consejo, da con la causa de tales manchas: la cal romana, blanca de color y hecha con travertino, tarda mucho en secarse y si se mezcla antes de tiempo con pozzolona (una especie de polvo volcánico) hace que salgan esas manchas oscuras en la superficie, que tanto desesperaban al artista.
tumba de M. A. Santa Croce
Es probable que estos enredos o “fábulas y palabrerías”, como las llama Miguel Ángel, fueran más allá del ámbito puramente artístico porque las diferencias entre éste y Rafael no se limitaban a sus respectivos estilos. Eran dos  personalidades contrapuestas que a la fuerza tenían que enfrentarse. Miguel Ángel era austero, introvertido y poco sociable, casi un asceta. Rafael, en cambio, era la encarnación del gentilhombre de cámara, amante del lujo y de maneras principescas. Muy mundano y proclive al epicureismo. Uno, sacerdote del homoerotismo socratizante y el otro, el amante rico y famoso de la bella Fornarina, la hija del panadero. Miguel Ángel, cuando escribe estos versos, no las tiene todavía todas consigo y adopta un tono entre lastimero y ofendido para pedirle a su mecenas y “amigo” (al que teme y admira a la vez) que no premie “a quien es de la verdad enemigo”, léase, Rafael.



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