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sábado, 22 de diciembre de 2012

Miguel Ángel, "divinizado"


A lo largo del siglo XVI en la Italia renacentista la capacidad de infundir “animación” –una especie de pálpito espiritual- a la figura se consideraba el rasgo más parecido al poder creador de Dios que un artista podía tener y, por consiguiente, era la prueba de fuego que todo artista debía superar si quería verse ungido por el título de “divino”.
ignudi, M. A.
En realidad, la noción de “divino” aplicada al arte era un lugar común en el léxico de los artistas y escritores italianos del Renacimiento, algo que flotaba en el aire de Roma, especialmente durante la primera mitad del siglo XVI. Recuérdese, por poner sólo dos ejemplos, la alusión a Miguel Ángel en el Orlando Furioso de Ludovico Ariosto (1516), “Michel più che mortal Angel divino” o las palabras de Vasari abundando en el carácter sobrehumano de Miguel Ángel y empleando a conciencia la palabra “divino”, “divinissime mani di Michelangelo”.

Y, en efecto, esa capacidad en Miguel Ángel era un don, un don reconocido hasta por sus más duros enemigos, que eran unos cuantos. El más viperino de ellos, Pietro Aretino, lo utilizó incluso para acusarlo de profanador de templos. Aprovechando la polémica que suscitó la interpretación clásica  que del Juicio Final hace el pintor en sus trabajos para la Capilla Sixtina, Aretino se pregunta públicamente “¿Cómo es posible que el mismo Miguel Ángel de tanta fama y notable prudencia (…) haya preferido mostrar antes al público la perfección de su arte que la infidelidad de los impíos?”. En el fondo, lo que Aretino viene a decir es que el artista, amparándose en su gran estilo trufado de recursos paganos, convirtió el más importante de los hechos de la historia sagrada (el Juicio Final) en un burdel. Una manera retorcidamente irónica de poner en duda la divinidad de Miguel Ángel como artista.
ignudi, M. A.
Bromas (de mal gusto) aparte, lo que a nosotros nos resulta claro es que las figuras de Miguel Ángel parecen estar concebidas más como “fantasías prometeicas” que como modelos humanos. Los frescos de la Capilla Sixtina dan buena prueba de lo que digo. Y esa capacidad, la más singular de todas las que poseía, contribuyó como ninguna otra a extender la idea de su sobrehumanidad, de su divinidad como artista. La analogía estaba clara: Miguel Ángel actúa en sus figuras como Dios en el hombre, dando vida.


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