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lunes, 31 de diciembre de 2012

Mis Dos Exposiciones del Año

Dibujo Van Dyck
Es probable que no sea capaz de recordar todas las exposiciones que he visto este año pero, en cambio, recuerdo perfectamente las dos que más me han gustado, una en España y la otra, en el extranjero. La primera, El Joven Van Dyck, del Prado, me hizo reparar en un pintor que, aun ocupando un sitio merecido en el panteón de los ilustres, siempre me había pasado un poco desapercibido entre la desbordante y un poco avasalladora personalidad de Rubens y la trinidad flamenca de Hals, Rembrandt y Vermeer. No digo que su pintura pueda confundirse con la de todos ellos -aunque quizá con la de uno-, digo que entre todos, Van Dyck se me desfiguraba. Básicamente por eso estoy tan agradecido a esta iniciativa del Prado, porque me ha permitido acercarme con exhaustividad a la obra juvenil de un artista desconcertante y prolífico, a un pintor fuera de serie y a un dibujante sencillamente genial. Solo por ver de cerca sus dibujos -de una fluidez y expresividad que aceleran el corazón- ya merece la pena el esfuerzo de acercarse a Madrid. No me extraña que Rubens, incluso siendo su maestro, utilizara muchos de ellos como modelos en sus grandes cuadros.

Nocturno, De Nuncques
La otra exposición la vi en Holanda, de visita en el museo Kröller-Müller, y fue un regalo inesperado. Para mi sorpresa me encontré con varias salas dedicadas temporalmente a uno de mis raros exquisitos, William Degouve de Nuncques, por azar del destino belga como hoy lo sería Van Dyck, un pintor de apellidos refinadamente retractivos para nuestros oídos españoles y de sonoridades misteriosas. Para mi gusto el más feérico de los simbolistas belgas, un dandy de vida bohemia que quiso dedicarse en cuerpo y alma a las artes de la poesía y la pintura y así lo hizo. Y del que, por cierto, nuestra isla de Mallorca puede presumir de haberlo atraído con sus encantos naturales a vivir durante casi dos años y medio y a exponer en Palma a principios del siglo XX. Por uno de sus nocturnos -género que, en realidad, es un estado del alma- sería capaz de perderme.

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