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viernes, 14 de diciembre de 2012

José Luis Mauri en su contexto


Esto es algo de lo que dije en la visita guiada que realicé con motivo de la exposición antológica de José Luis Mauri en el Museo de Alcalá de Guadaíra que este domingo 16 de diciembre concluye:

            “Para estimar con cierta precisión el valor de regeneración de la pintura de Mauri en el panorama de las artes plásticas de la Sevilla de los años cincuenta habría, de nuevo, que recordar qué tipo de figuración se practicaba masivamente en la ciudad por aquella década. Una figuración de marcado carácter académico y de regusto costumbrista entre cuyos representantes destacaban profesores de las Escuelas de Bellas Artes y Artes y Oficios como Alfonso Grosso o Rodríguez Jaldón. Es decir, pintores que a su modo seguían bebiendo de las estancadas aguas del pozo de un Gonzalo Bilbao, sin ir más lejos.
Políptico de Conil
Conviene saber que antes de entrar como alumno en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla (sancta sanctorum de la tradición realista sevillana) Mauri ya había realizado algunas obras –paisajes del entorno conileño en su mayoría- en las que las marcas digitales que lo van a caracterizar como artista estaban, en su esencia, razonablemente germinadas. En esta exposición tenemos la fortuna de contar con los mejores ejemplos de entre ellas, “Chozo de Conil” o los nueve óleos del “Políptico de Conil”. Composiciones que, si bien son las de un adolescente autodidacta de escasa formación académica, sorprenden por el penetrante poder de observación y por la insólita madurez de ejecución, cercana en su sintaxis a la de un Van Gogh. Si las comparamos con obras algo posteriores como el retrato de su hermana Isabelita o la vista de su barrio de Heliópolis (ambas de 1950, cuando cursaba segundo de Bellas Artes) comprobamos que la pincelada vibrante y de rápido trazo, el gusto por la esquematización esencial de las formas o la despreocupación consciente por la ilusión de volumen y el color local son rasgos comunes que, de este modo, empiezan a definir el estilo del pintor. Y esta tendencia se verá corroborada en la pintura que practica a lo largo de toda la década de los cincuenta, tanto en Segovia y Madrid como, algo más tarde, en su semestre parisino del que volverá  con un estilo ya cuajado. Un estilo, y volvemos al principio, que desentonaba de manera harto explícita con el que imperaba en el medio artístico sevillano en el que un pintor como Mauri no podía sentirse del todo en su sitio.
Mauri es por vocación y formación un pintor del natural. Su ojo, ejercitado desde temprano en el rigor del motivo, ha aprendido a ordenar a la mano con sobriedad empírica. Pero su mano transcribe lo que ve no sólo sobriamente sino también –y esto es acaso lo más significativo- con expresiva desinhibición. Y, llegados a este punto, habría que recordar someramente cuál era la figuración que se practicaba en España en los años cincuenta.
Heliópolis
Lo primero que habría que decir es que esa información le llega a Mauri, en primera instancia, por medio de su maestro –y profesor providencial- Miguel Pérez Aguilera y, luego, a través de sus sucesivas estancias en Madrid y El Paular. Es decir, Mauri tiene la suerte de poder contar con el acceso a uno de los protagonistas mejor dotados, desde el punto de vista técnico, de la nueva corriente figurativa que se había fraguado en Madrid a principios de los años cuarenta. Un artista que le orienta y conecta con la figuración más renovadora que se hacía por aquellos años en la capital de España. Pérez Aguilera había expuesto en la mítica galería Bucholz en 1945 junto a pintores como José Guerrero, Antonio Lago, Álvaro Delgado o Pablo Palazuelo cuando todavía todos ellos seguían moviéndose en el ámbito de una figuración que aspiraba a superar los cánones académicos y, por tanto, fue uno de los pioneros de lo que se llamó en su momento, sin demasiada concreción estilística, Joven Escuela Madrileña, grupo poco homogéneo que terminaría por disgregarse en opciones estéticas de índole diversa pero que supo aglutinar a lo más sobresaliente de la nueva generación de artistas españoles que toman el relevo de lo que años atrás significó la Segunda Escuela de Vallecas. Ni que decir tiene que este poderoso magisterio palpita de forma vehemente en la pintura del Mauri más joven y atrevido.
Acueducto de Segovia
Y, por otro lado, como ya hemos dicho, las estancias en Madrid (donde acaba sus estudios universitarios) y El Paular (gracias a la prestigiosa beca ganada) proporcionan al pintor enriquecedores contactos personales e información actualizada de lo que se estaba cociendo en otros focos artísticos del país e, incluso, de más allá de sus fronteras. En este sentido, sus viajes de estudio a París anteriores a su estadía del 57 fueron decisivos para conocer de primera mano algunas corrientes pictóricas internacionales de carácter predominantemente postimpresionista y postexpresionista. Figuras como Utrillo, Bonnard o Kokoschka pasan, entonces, a ocupar un lugar destacado en el imaginario plástico de Mauri.
Al tiempo que absorbe estas influencias su estilo se va decantando hacia una figuración directa y anti-enfática que busca el trazo vivaz, la inmediatez del instante y el contraste de color, bien empastado y temperamental.
Si nos fijamos en sus paisajes –Mauri es, en esencia, un paisajista-, obras como “Acueducto de Segovia”, “Parque del Retiro” o “Jardines del Líbano” (todas ellas en la exposición y de los años cincuenta) vienen a refrendar las características antes señaladas que, en suma, reafirman una estética que, más allá de la reproducción mimética del motivo, se esfuerza por alcanzar la expresividad y la emoción del instante. Una forma de abordar el cuadro que nos recuerda también, por cierto, la de otros pintores de la época, aunque algo mayores, como Francisco San José o Álvaro Delgado que nos traen inevitablemente el eco de la Segunda Escuela de Vallecas.

bodegón parisino
Estos rasgos distintivos son los que individualizan y separan a José Luis Mauri de la mayoría de los pintores figurativos sevillanos de su misma generación y los mismos que han hecho decir a alguien tan significado como Joaquín Sáenz que el adjetivo que mejor define a Mauri como pintor es el de “avanzado”."

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