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sábado, 14 de mayo de 2011

Sánchez Perrier, paisajista puro

Emilio Sánchez Perrier es, para mí, el mejor paisajista de la pintura realista decimonónica sevillana. Esto que vaya por delante. Sus composiciones paisajísticas son de una sensibilidad exquisita y de una refinada factura. Pupilo de Eduardo Cano, Manuel Wssel y, especialmente, del romántico Joaquín Domínguez Bécquer, Sánchez Perrier es, en resumen, un pintor de su tiempo, algo que en su caso significa participar de un realismo académico de cariz historicista, si bien aureolado por la declinante radiación romántica. En otras palabras, un paisajista de composición.
No estaría de más recordar, al efecto, aquellas palabras que don José Caveda, amén de político quizá el más conspicuo crítico de arte de su época, escribiera de los pintores paisajistas en su Memoria para la historia de la Real Academia de San Fernando y de las Bellas Artes de España en 1867: 
"En estos días nuestros pintores (...) han hecho los más cumplidos estudios del paisaje (...) El ánimo angustiado por la desgracia o conducido por la ciencia buscó en los bosques silenciosos, en las florestas solitarias, la paz del alma que le negaban la turbulencia y la inquietud de las ciudades. Gozose entonces de los horizontes dilatados, en los contrastes de las montañas y las llanuras, en las sombras de los bosques y el curso perezoso y sosegado de los ríos. Así, el pintor, participando del espíritu de la época (...) estudia con empeño los objetos de su afición, y al apreciar mejor que nuestros padres los encantos del paisaje, le dedica hoy una gran parte de sus tareas".
No es de nuestra incumbencia si el pintor buscaba o no en el campo la terapia adecuada para aliviar su supuesto "ánimo angustiado" o si lo frecuentaba "conducido por la ciencia". Lo que importa y es seguro es que Sánchez Perrier "participando del espíritu de la época estudia con empeño los objetos de su afición". Y en su largo y constante proceso de depuración irá aligerando su pincel del peso romántico-historicista, tan socorrido en su tiempo, para contentarse simplemente con ver con los ojos del sentimiento aquello que tiene enfrente. Entre sus logros destaca el haber despojado al paisaje de sus sucesivos barnices románticos y simbolistas hasta crear una sintaxis bastante parca en tropos. Sin duda, su pintura puede adjetivarse de realista -el más eviterno de todos los estilos- pero sin más añadidos. Una pintura que no busca la comparación sino la verdad, la verdad íntima del mirar.
Los paisajes de Sánchez Perrier son una continua lección del mirar. A fuerza de mirar, de concentrar la mirada en el objeto, lo traduce en toda su verdad sin necesidad de más retórica. Sus paisajes están un paso más acá de la naturaleza que, por ejemplo, los del italianizante y maravilloso Corot o los del realista Courbet, por citar dos de las más grandes referencias de su tiempo.
A diferencia de otros sevillanos coetáneos como M. Barrón o Romero Barros, Sánchez Perrier evita conscientemente contaminar sus paisajes de historicismo o banalizarlos con detalles pintorescos. Si nos detenemos en sus paisajes de la década de los ochenta sobre distintos parajes de la ribera del Guadaira -generalmente al atardecer y en otoño o invierno- observamos que respetando la tradición del género en sus esquemas compositivos incorpora una novedad en cuanto al tratamiento formal. En ellos se palpa un avance, una concepción más intensa y científica de la luz. Y en este avance seguro que tuvieron mucho que ver sus viajes a Francia y su conocimiento del círculo artístico de Barbizon. 
Si Barbizon supuso algo en la historia de la pintura de paisaje fue, en efecto, el hecho de elevar lo periférico, lo rural y hasta selvático a categoría de patrimonio burgués. Empezó a aceptarse que se podía salir al campo a pintar del natural, al aire libre. Y será, precisamente, esta racha de aire fresco, respirado en los bosques de los alrededores de París, lo que Sánchez Perrier trae, junto a otros artistas españoles como Jiménez Aranda o José Pinelo, a la pintura andaluza.
En sus composiciones al aire libre (obsérvese la paradoja) vemos cómo el pintor busca el motivo y selecciona el rincón -Corral con chumberas, Jardín del Alcázar de Sevilla, Rincón rural francés- repartiendo el lienzo en equilibrados espacios significativos (cielo en la parte superior frente al agua o la vegetación de huerta o bosque, en la inferior) sin otro propósito que aprehender el paisaje en su modesta verdad. Lo que parece importar más al pintor es el leve temblor que recorre la huerta abandonada o el jardincillo silvestre. No hay énfasis, se roza el misterio.

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