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lunes, 9 de mayo de 2011

Caligrafías de la alegría: Ming Yi Chou

Ming es un pintor amigo mío que vive en Sevilla desde hace más de 10 años. De hecho se ha casado aquí y aquí estudió y se formó como artista. Vino de Taiwan (esa China que siempre se resistió a ser comunista) y su obra  me parece un refrescante recordatorio de ciertas técnicas que en Occidente tenemos un poco desatendidas: el dibujo de trazo sostenido y reflexivo o el color sabiamente interaccionado.

He colaborado incluso con él para algún encargo de la ya extinta Arte y Naturaleza y, para mi sorpresa y tranquilidad, sigo sin encontrar razones para el arrepentimiento, incluso después de haber pasado unos cuantos años.
Este texto se lo escribí para uno de sus catálogos:


CALIGRAFÍAS DE LA ALEGRÍA



Las exploraciones de Ming Yi Chou no se regodean en la desolación ni se desesperan ante la esterilidad de tanta arena. Cauterizan las heridas de un tiempo frígido con el rojo de la luz del fuego, el color que teme Nien.
En el arte nos hemos acostumbrado a sobrevivir con tan poco que quizá por eso la exuberancia de una imaginería polimorfa como la de Ming nos parezca puro festival. Nuestro imaginario, no hace falta subrayarlo, no es el de él, pero basta con plantarse unos segundos enfrente de su mundo para entrever el anhelo de reedificar la Naturaleza, de volver a pensarla como manifestación de un designio más allá de lo humano. Aspiración titánica por cuanto se enfrenta al desierto que crece, que viene creciendo desde mediados del siglo pasado sin dejar de agostar cualquier cultivo autónomo a su paso, pero en el fondo aspiración intensamente humilde, pues la posición del artista no diferiría mucho de la de un copista de excelente caligrafía.
Caligrafiar lo observado es una disciplina muy recomendable en la que los chinos nos llevan varios siglos de ventaja. Escapar de la Naturaleza conduce, sin remedio, al extravío y a la castración. En cambio, caligrafiarla significa hoy más que nunca seguir apostando, de alguna manera, por la belleza. Una actitud de alto riesgo para el artista que pretenda conectarse a la corriente de una contemporaneidad que parece haberla olvidado.
Voluntariamente distanciado de este olvido tan moderno, nuestro pintor se goza con sismografiar algunos ritmos de la Naturaleza a través de la línea. Y en ese afán de observación traslada a la superficie del cuadro también lo fortuito y lo impulsivo. Disciplinas de la línea y voluntad pulsátil que registran la armoniosa alegría que palpita en los jardines entreverados de pájaros y flores y otras categorías naturales.
Porque si algo compone la pintura de Ming Yi Chou es un microcosmos. Un microcosmos visual y filosófico del paisaje de la Naturaleza. Tan fuerte es el vínculo entre la Naturaleza y la pintura de paisaje que en la lengua china la palabra para “paisaje”, shan shui, visualiza literalmente los conceptos de “montaña” y “agua”. A ellos, con fluida pincelada, Ming Yi Chou incorpora los gestos expresivos, a veces de raigambre occidental, que revelan su particular psicología ajena a toda sombra.
Así, su pintura ahuyenta los espíritus hostiles y nos promete el deseo de una suerte buena.

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