lunes, 9 de julio de 2012

Saramago, otra leyenda urbana

Ahora me entero de que José Saramago murió debiendo a la Hacienda española más de lo que yo voy a ganar de aquí a mi jubilación (si la buena suerte no lo remedia). El nobel fraude alcanza los 700.000€. Lo dice el Tribunal Supremo, que añade, en uno de esos típicos razonamientos de sentencia que solo dejan conformes a los que los redactan, que sus herederas quedan libres del pago de tal deuda por defectos de forma en la reclamación por parte de la Administración Pública.

Así que el buen samaritano de Saramago, que elaboró su reputación de defensor de los pobres, los humildes y los desheredados de esta tierra, novela tras conferencia, que, como buen comunista hasta la muerte, reclamó la obligada contribución de las grandes fortunas, vía impuestos, al mantenimiento del socialdemócrata Estado de Bienestar (al mismo Estado que, por cierto, acusaba de secuestrar libertades individuales, ¿se referiría al Estado Cubano, al Chino o al Coreano del Norte?, ¿pensaba acaso en la extinta Unión Soviética?), ese Saramago que también dejó una desconsolada joven viuda al frente de una Fundación, es el mismo Saramago que nuestro Tribunal Supremo acaba de declarar defraudador de la friolera de 700.000€.
Da pena comprobar cómo la tan cacareada honradez moral de Saramago era otra leyenda urbana. Y es que la prueba no falla: basta con que un inspector de Hacienda entre por la puerta de la casa de un progre oficial para que su discurso público de justicia y solidaridad sociales salte hecho trizas por la ventana.

miércoles, 4 de julio de 2012

Marina, eres una trapalleira

A la viuda de don Camilo parece que se le han acabado los días de vino y... pedrería. La (poquita) cosa tiene castaña y, probablemente, porque al refrán no le falte razón y la avaricia (mucho más, si es indisimulada) rompe el saco, Marina se va a quedar con lo puesto, aunque en su caso sea un bolso de Hermès y un cartier dorado.
En su día -¿se acuerdan de aquellos años prodigiosos en los que el último en llegar siempre era el más tonto?- entró a degüello en el matrimonio del orondo y flatulento novelista porque, según tengo entendido, Cupido le dijo al oído que la manera más rápida y segura de pasar de vulgar plumilla coruñesa a marquesa de Iria-Flavia (marquesa consuerte, por supuesto) era acariciando la tripa del más tripudo de los autores hispanos. Y trepando, trepando hasta la misma tripa llegó. Y una vez allí, Cupido le volvió a soplar que, ya puesta, hiciera de tripas corazón.
Marina tenía apenas veintidós años pero alguna experiencia en la Marina Mercante (consulten si no su biografía) y muy claro las marcas de zapatos, relojes y bolsos que precisaba para disimular su menudencia.
Midió bien los tiempos y al poco se convirtió en viuda, viuda de un nobel con Fundación y un sinfín de derechos de autor. Ahora amenaza con publicar sus memorias (aunque estoy seguro de que lo único que nos puede interesar de ellas lo eludirá) en una operación de marketing que dosifica con femenino cálculo, a ver si consigue recuperar algo de la liquidez que le va a faltar cuando tenga que afrontar las cuantiosas indemnizaciones al hijo (ilegalmente desheredado) del escritor y ¡ay, que Hacienda también eres tú!, una probable sentencia condenatoria por delitos tales como fraude fiscal, estafa y malversación de caudales públicos.
¿Qué vería en su sonrisa paralizante, en su mirada astuta, en sus córvidos gestos el septuagenario Cela? Probablemente nada, estoy porque Cela se fijaba a su edad en otros detalles, en otros talentos...
Pobre Marina, ¡cuánto debe de estar echándolo de menos! Seguro que se acuerda de cuando él vivía y ella simultaneaba sueldecillos del ABC, Onda Cero y Tele 5. Ahora me dicen que le queda una corresponsalía colombiana, que no le dará ni para comprarse un Casio en los chinos.
Marina que, sin duda, leyó La Celestina tomó prestada su divisa, "a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo", sin reparar en que a la alcahueta la liquidó el servicio. No sé cómo terminará Marina pero, por ahora, en el baile de nóminas que se traía con tres empleados de su servicio ha tropezado con  la Seguridad Social que ha descubierto, junto con la Fiscalía, un entramado de sociedades interpuestas para no pagar el IVA.
Espero que Marina, entre toga y toga, encuentre un rato para terminar sus memorias. Si lo cuenta todo seguro que nos las leemos. Y se forra, aunque quede como lo que es, una... trapalleira.

viernes, 29 de junio de 2012

Holanda o el Arte del Comercio

Se pregunta Félix de Azúa qué pudo suceder en la Holanda del XVII para que sus artistas se decidieran a iconificar, a abstraer por elevación artística, aquellos objetos a los que nadie había concedido valor alguno hasta que un Terborch, un Brouwer o un Vermeer repararon en ellos. ¿Por qué entretenerse en capturar lo más efímero, lo que al estar de sólito tan cerca de nosotros terminamos por no ver? De Azúa se refiere, por ejemplo, a "mesas de taberna (...) interiores domésticos con madres atareadas, cocinas, patios de vecinos, calles, plazas, alcaldías, paisajes con granja, con gallinas, patos, cerdos, vacas (...) alfombras, sobres de cartas, abejas, un racimo de uvas polvorientas (...) una bacinilla, la fiesta de pueblo con parejas fornicando en un pajar (...) En fin, la vida corriente".

Brouwer
Y antes de intentar contestarse, de Azúa considera que después de Terborch, Brouwer, Vermeer o Rembrandt los holandeses perdieron la titularidad y, lo que es peor, el disfrute íntimo de esas cosas de la vida corriente que hasta el momento habían pasado inadvertidas (al menos para el arte). Y, por supuesto, detrás de los holandeses, todos nosotros.
"En el momento en que fueron elevados a obra de arte, aquellos objetos y momentos de la vida común dejaron de ser instantes y cosas personales, individuales, inconfundibles, vivientes y se convirtieron en signos perfectos". Así pues, el arte holandés, tan pegado al hombre y a su vida en el burgo, "condena a la eternidad", abstrae y petrifica al hombre y a su vivencia en el burgo.
Y, todavía, un poco antes de arriesgar su respuesta, de Azúa nos ofrece algunas explicaciones ajenas: "hay una vieja leyenda que explica este misterio mediante una adulación al pueblo holandés, el cual habría ganado su tierra al mar y a los poderosos ejércitos español y francés con tanto sacrificio, tanta inteligencia, tan sobrado coraje, que en cuanto gozaron de una minúscula paz miraron a su entorno como solo se mira a lo divino y pidieron que se detuvieran los amados objetos comunes, lo cotidiano, el milagro de la vida vulgar, que se eternizara para luego colgar de sus paredes ese milagro que es un vaso de vino, nueces de cáscara rota, viejas botas o naipes fatigados".
Recupera, acto seguido, lo que Hegel pensaba de los holandeses: "establecidos ya en su paz, en su negocio, en sus bellas y limpias casas repletas de objetos valiosos (...) se enfrentaron a un horizonte de espesa bruma, a una atmósfera gris, de modo que buscaron con enconada fascinación las luces, los reflejos, la coloración y los juegos lumínicos". Pero la idea no le convence y de Azúa se anima a ofrecernos su propia explicación:
"Fue, creo yo, la terrible inanidad de la vida vulgar tan duramente ganada lo que les llevó a proponer una eternidad alternativa (pero solo figurada) (...) la nueva guerra de la insignificancia del vaso de vino, del naipe viejo, de la muchacha blanca como una oca. En esa novedosa batalla, exenta de heroicidad y grandeza, ya no se puede vivir pegado a lo inmediato y entonces el tiempo se alarga, se impone la abstracción de lo efímero y la transacción comercial, el balance, son más fuertes que la lucha contra el mar o la muerte. Todas las cosas y el sostenerse las cosas en el tiempo pasaron a ser mercancías y signos de mercancías".

gerard terborch
En otras palabras, el holandés fue el primer pueblo que reparó en el potencial significado extra-ordinario de las cosas corrientes de la vida y eligió representarlas con arte, elevándolas, así, a "signos de mercancías".
Y concluye de Azúa: "en las quietas calles de Harlem suena la hora de fundirnos en los estados, en su administración, sus tribunales y la agitación del comercio".
Y, en efecto, en eso seguimos, analicen las cumbres de Bruselas si no, pero, sobre todo, siguen los holandeses...

lunes, 25 de junio de 2012

Holanda en pedales

Este verano voy a andar por Holanda. No es la primera vez que voy pero en las dos ocasiones anteriores no salí de Amsterdam, una ciudad, dicho sea de paso, donde es difícil aburrirse si lo que a uno le gusta es lo que a mí me gusta. Me refiero, naturalmente, a los jardines, los mercadillos, la arquitectura urbana y el arte flamenco, de Brueghel el Viejo a Van Gogh.

 
Esta vez voy con más tiempo y con la intención de darme una vuelta por todo el país. Y en estos casos tengo por costumbre, además de llevarme una buena guía y una lista manuscrita de museos, palacios e iglesias inexcusables, leer cuantas opiniones caigan en mis manos sobre el pueblo a conocer de personas en cuya solvencia intelectual creo. Y en esas estaba cuando me topé con unas notas del mejor vestido de nuestros filósofos, Ortega y Gasset, que en su día se publicaron en el diario argentino La Nación. En ellas, con su habitual sentido del humor un tanto remilgado, el pensador madrileño se fija en lo que considera algunos de los rasgos distintivos del pueblo holandés, a saber, su natural sentido de lo práctico y su arraigada tendencia al ahorro.
No me juzguen mal si creen que les he destripado el intríngulis. En Ortega la carpintería, en demasiadas ocasiones, importa más que el mueble. Así que lean, lean y disfruten (si son capaces) del pensamiento en marcha de don José:
" Hablemos de las bicicletas en Holanda (...) La cosa no tiene remedio: lo primero que al llegar a Holanda pasa al viajero es que le atropellan las bicicletas (...) Holanda es un país habitado por ocho millones de hombres y cincuenta millones de bicicletas (...) En Holanda va en bicicleta todo el mundo: el rico y el pobre, el joven y el viejo, el hombre y la mujer, el súbdito y la autoridad (...) Pero sería impreciso suponer que es la abundancia de ciclistas lo que efectivamente sorprende. No, lo que extraña es el uso de la bicicleta (...) Los demás pueblos del mundo consideran la bicicleta como un aparato adscrito al juego y al deporte (...) Y su aprovechamiento secundario se reduce a lo estrictamente inexcusable: sólo se acude a él cuando no hay otro remedio o cuando la humildad de los medios económicos lo impone como una triste necesidad (...) Pero en Holanda todo el mundo va en bicicleta, cualquiera que sea su edad, su sexo, su volumen, su fortuna agita sus piernas sobre los pedales como si fuera lo más natural del mundo (...) Que personas de edad y volumen caminen en bicicleta constantemente en medio del tráfago de una gran ciudad es estúpidamente arriesgado, es injustificadamente fatigoso y es... deplorablemente antiestético (...) El holandés sabe que su uso de la bicicleta es arriesgado, fatigoso y antiestético, como podamos saberlo nosotros. Pero sabe también que es el medio de locomoción más barato y, a diferencia de nosotros, prefiere la calidad "baratura" a la belleza, a la comodidad y a la evitación de riesgos. En esta preferencia radica su absoluta responsabilidad (...) Probablemente a un buen holandés le parecerá absurda nuestra impresión. Pues qué, ¿no es importante que un problema práctico se resuelva del modo más barato posible? Sin duda -diremos nosotros- la cuestión está en si eso es más importante que la belleza, que la comodidad (...) ¿Por qué no hacer de sí mismo, un poco, fiesta para el prójimo? (...) ¿O es que el holandés sabe que tampoco el otro se fija en él porque también le preocupa demasiado el lado económico de las cosas; es decir, que el holandés no existe para el otro holandés como el ser que cada cual es, sino sólo indirectamente, en cuanto interviene en una relación económica y sus derivadas (...) pero no frente a frente, escuetamente, hombre frente a hombre?".
¡Jesús! La conclusión me pone un poco nervioso: ¿Acaso voy a ir a un país en el que para existir como hombre voy a tener que sacar mi cartera? ¿Me tratarán los holandeses como a un ser humano sólo si consumo y pago lo justo por lo consumido?
Y lo que es peor: ¿voy a estar quince días conviviendo entre fantasmas que andan a dos ruedas?
En fin, espero volver para contarlo.

 

viernes, 22 de junio de 2012

Pérdidas Horribles (del Arte)

Muy cerca de la capilla degli Scrovegni, en la iglesia de los Eremitas de Padua, Mantegna realizó una serie de frescos sobre temas incluídos en la leyenda áurea, ciclos dedicados a San Cristóbal y al apóstol Santiago. Pero la fatalidad quiso que, después de más de cinco siglos intactos, los bombardeos de la última Gran Guerra destruyeran la mayoría de estas obras excelsas. Es una pérdida horrible porque seguramente pertenecían a uno de los conjuntos artísticos más grandes de todos los tiempos.
De una manera similar a como Giotto o Masaccio imaginaron la realidad, Mantegna se enfrenta a su tema. Pero el criterio acerca de lo que se creía la realidad había cambiado y con Mantegna había alcanzado mucha mayor exactitud y rigor del que tuvo en época de Giotto.


El 11 de marzo de 1944 el renacimiento italiano y con él, toda la historia de la pintura occidental, sufrió una amputación irreparable y hoy, cuando entramos en la capilla Ovetari del templo de los Eremitas, solo podemos contemplar con impotencia muda los restos al fresco de dos paneles inferiores de la pared derecha, y porque se desprendieron a finales del XIX por su mal estado para una futura reparación.

jueves, 7 de junio de 2012

Indigencia del Arte Conceptual

El ensayista y comisario de exposiciones alemán Boris Groys en entrevista concedida a la periodista Laura Revuelta afirma con respecto al muy estudiado (por él) arte conceptual ruso: "la verdad es que la gente no quería producir ninguna obra maestra. Básicamente, lo que pretendían era reflejar diferentes procesos culturales, sociales y políticos con ayuda del arte".


Y no sé si muy consciente de sus palabras (aunque sospecho que sí, el señor Groys es alemán) da con una de las claves de la esencia del movimiento conceptual, a saber, que el arte no es más que una muleta para ayudarse a andar por los territorios de lo sociológico. La renuncia, la falta de aspiración a la excelencia artística del arte conceptual salta, así, a la vista. El nuevo artista conceptual está, entonces, en otras cosas, básicamente en hacer de su trabajo un canal más de interpretación de lo político, social y cultural. Pero en modo alguno en esforzarse por conseguir una nueva obra maestra, en centrar sus esfuerzos de artista en el avance del arte, su, en principio, opción personal.
Querer hacer, pues, una obra maestra, tan siquiera una obra con estricta voluntad artística es una opción, para él, anacrónica y estéril. Preferible le parece el destino, más prosaico y llevadero -pero sobre todo más rentable-, de peón del cambio social y político, en el hipotético caso de que se produzca, como ocurrió en la Rusia bolchevique. Por eso el arte conceptual es un arte necesariamente subvencionado por las instituciones públicas del nuevo establishment político. Ambos se necesitan mutuamente, aunque uno mucho más que el otro para poder sobrevivir.

jueves, 24 de mayo de 2012

Un Aristocrático Cambiazo



el conde detenido

Estas cosas pueden pasar en cualquier sitio pero si pasan en Italia parece que pasan en el lugar más adecuado. Aristocracia decadente, patrimonio artístico desbordante y un poco demasiado accesible, codicia incontenible, dos o tres carabinieri y un muy relajado sentido de la amistad: podrían ser los ingredientes de una película, pongamos, de Visconti; solo que la pinta del protagonista, el conde Barozzi, más bien encajaría en un film de James Bond, y de los rancios. Un personaje, el suyo, que perfectamente podría haber representado David Niven.
Ya lo poco que se adivina de su camisa da mucho que pensar. Y nada bueno, por cierto. ¿Qué se puede esperar de un señor, por muy amigo tuyo que sea, que a su edad se atreve a ir de esa guisa por el mundo?
Cristiano Barozzi, septuagenario en años pero con unas jovencísimas ansias de seguir acumulando euros, robaba cuadros y objetos de arte por el arraigado método del cambiazo. 41 obras de muy diversa índole -paisajes a lo Guardi, telas de la escuela de Tintoretto, un Carlevaris, un Marco Ricci, mobiliario antiguo, etc- que fotografiaba y grababa en video cuando los dueños de la casa, confiando en la amistad, lo dejaban solo. Por lo visto, el conde Barozzi presumía de sensibilidad y buen gusto artístico y a sus amigos les enternecía verlo disfrutar tanto delante de sus cuadros. Así se ha pasado los últimos diez años de su larga vida entrando muchas veces en palacios y villas de recreo de Venecia y sus lacustres alrededores, en ocasiones acompañado de algún criado que no actuaba más que de compinche, y tomando fotos que luego le servían para hacer reproducciones idénticas de forma digital que sustituía por los originales previamente cortados con preciso cálculo. Respetaba el marco, los envejecía con barnices y betunes y se cuidaba de que fueran obras por lo general mal iluminadas, colgadas en ángulos oscuros o en lugares de paso. Las viejas familias de la nobleza veneciana están cargadas de obras así y cada vez prestan menos atención a sus patrimonios privados, quizá porque sus ojos ya no están educados para ello.
Y como en las películas, fue un mayordomo el que terminó por cambiar el guión y exigir un papel de mayor protagonismo. Uno de esos mayordomos que por un poco más de dinero (el conde sólo pagaba 1500 euros por timo) no tiene inconveniente en admitir públicamente su complicidad en los hechos.
Según parece, las obras robadas se están recuperando poco a poco en el siempre turbio mercado internacional del arte. Sin embargo, la recuperación del prestigio y buen nombre del apellido Barozzi es bastante probable que tarde algún tiempo más en llegar. Un título este, el de Conde de Santorini, que viene de antiguo, nada menos que de un familiar que ocho siglos atrás fue nombrado Barón de Santorini por el emperador bizantino de la época. Y que ha dado, a lo largo de la historia, generales, patriarcas, obispos, intelectuales y matemáticos de renombre a la familia que ahora ha venido a acabar -como tantas otras cosas- en el más plebeyo y bajuno de los escalafones: el del estafador bronceado en la tienda de rayos uva.

martes, 15 de mayo de 2012

El dedo en la llaga

De vez en cuando uno de los nuestros levanta el vuelo y planea por encima de los tejados. Ocurre muy de vez en cuando, por eso en un país tan mediocre y disminuido como España conviene celebrarlo. Esta vez ha sido Fernando García de Cortázar, quizá el intelecto más estimulante -junto al de Félix de Azúa- de todos los que tienen por costumbre salir cada cierto tiempo a entrenarse en el ágora de la prensa diaria nacional. Y dice en una tercera del ABC que titula, haciendo un guiño a T S Eliot, En una tierra baldía:


"En los tiempos de radicales incertidumbres, como las que se iniciaron el pasado siglo, asistimos al enfrentamiento entre utopías que deseaban construir un mundo nuevo y señalaban los instrumentos de ingeniería social o de adicciones míticas para hacerlo (...) Después de la segunda de las guerras mundiales, pudo apreciarse hasta dónde había llegado la capacidad de gestación de monstruos por la excitación sonámbula de la razón. Desde entonces fuimos más prudentes. La libertad auténtica nos hizo humildes porque la lucidez del ser libre es averiguar los límites de su voluntad. El trance había sido tan doloroso, el precio pagado tan alto que (...) se llegó a considerar posible y benefactora una vida sin principios, una existencia sin el compromiso esencial con nuestro destino (...) sin la tensión permanente entre nuestra libertad y nuestra responsabilidad al ejercerla. Llegó a pensarse que un mundo sin creencias sería más amable y, sobre todo, más cómodo (...) Uno de los factores más relevantes de la crisis que hoy nos asfixia, y lo que explica posiblemente el grado de angustia social que ha creado, es esta pérdida de sentido de la historia. La crisis no es solo el malestar económico, sino la imposibilidad de reconocer los elementos de quiebra de civilización que manifiesta (...) Este inmenso silencio del mundo, falsificado por rumores sin sentido y por presuntuosos recetarios que cifran el sufrimiento humano, expresa nuestra indefensión. La crisis ha actuado como una infección oportunista sobre un cuerpo debilitado. El hombe puede sufrir, pero no como un animal. Necesita entender cuáles son las causas de su dolor, necesita comprender cuáles son las razones de un mundo que le atormenta. Lo que nos abruma no es el dolor, sino su opacidad (...) Pero la ausencia de esas palabras indispensables, que solo se aprecian cuando el bienestar es sustituido por la adversidad, se ha convertido ya en un rasgo de nuestra época (...) El punto más hondo de esta depresión debería ofrecernos la posibilidad del rescate de nuestra conciencia de hombres (...) La gravedad de nuestro sufrimiento es también la ocasión de una esperanza, que requiere buscar las raíces de este desorden en instancias de las que los desequilibrios económicos son una amarga e intolerable manifestación. Deberemos hacer que la realidad sea reconocible de nuevo. Deberemos devolver el sentido a las palabras con las que una vez pudimos interpretar el mundo".

Análisis completo, diagnóstico acertado, ¿seremos capaces de aplicar correctamente la terapia?

lunes, 14 de mayo de 2012

Bruce, por algo te llaman "el jefe"

Gracias Bruce por haberme devuelto la fe ayer noche en el rock & roll.

Gracias Bruce por saber decir las verdades elementales sin agredirnos con soflamas incendiarias ni estribillos demagógicos.

Gracias Bruce por seguir apostando por la música de veras, sin trampa ni cartón, y por tocar la guitarra con tu mano.

Gracias Bruce por compartir tu lúcida madurez de sabio callejero con humildad y sin doctrina.

Gracias Bruce por haber conseguido mantener unida a una banda de músicos tan soberbios como la E Street.

Gracias Bruce por seguir saliendo al escenario como si fuera la última noche.

Gracias Bruce por seguir teniendo las mismas ganas de hace treinta años y hacernos así un poco más jóvenes por unas horas.

Gracias Bruce por haberme hecho bailar y pensar a la vez (sin marearme).

Gracias Bruce por hablar de las cosas que duelen sin hacer gestos de dolor.

Gracias Bruce por sudar sangre en el escenario sin perder la sonrisa.
Gracias Bruce por tu concierto, por tu último disco Wrecking Ball y por dormir fuera de casa tantas noches y, al parecer, no hacerlo sólo por dinero.

martes, 1 de mayo de 2012

Cuando la lluvia ya te ha mojado

                                                                               A Carlos, que siempre va conmigo



Esperaba bajo la lluvia, sentado, con las orejas levantadas y la mirada perdida. Era de noche cuando llegamos a la gasolinera y los coches lo esquivaban, él no los temía. Esperaba sin inmutarse, con perseverancia, sin duda mojado y arrecido. Me acerqué a la ventanilla para pagar el combustible y le pregunté a la empleada si estaba perdido. Afirmó con la cabeza, algo atribulada, y luego dijo: "aún no está muy delgado, lo dejaron aquí hace varios días". Añadió no sé qué cosa sobre otros perros, la mampara no me dejó oirla.
No había nadie en la cola, empezaba a hacer frío y por un momento no supe qué hacer ni qué decir. Mientras volvía al coche busqué al perro con la mirada y entonces él volvió la cabeza y me miró. Tragué saliva. La lluvia fina parecía no importarle, esperaba tercamente, con fidelidad perruna, al dueño que lo abandonó a su suerte junto a una autovía donde los coches pasan a más de ciento veinte. Imaginé que esperaba en el mismo sitio donde lo dejaron hace varios días con la confianza de que el amo esta vez sólo se retrasara un poco más que de costumbre.
Lo llamé, le dije algo cariñoso y mi compañero sacó del equipaje un tupper con restos de comida -arroz con pollo- que traíamos del fin de semana en la casa de la playa. Sus ojos cobraron vida y por fin se puso a cuatro patas. Se acercó con cautela, oblicuamente, pero sin perder de vista la comida. Mi compañero volcó nuestra cena en un plantío y el perro vino. Movía la cola y se pasaba la lengua por el hocico. A pesar del hambre acumulada temía acercarse demasiado; hasta que mi compañero no se retrajo el perro no tocó la comida. No éramos su amo, no nos conocía, éramos dos extraños en la noche que hacíamos cosas imprevistas.
Cuando volvimos al coche con una pizca más de alivio vimos a lo lejos a otro perro escarbando en las basuras.
Luego, mientras conducía, pensé en la suerte de nuestro perro y en el alma negra de los amos sin compasión ni agradecimiento y en la angustia animal de una espera sin conciencia del tiempo y en la llovizna inadvertida. Y ya en la cama, a punto para el sueño, volví a ver su cara, la cara de ese perro que esperaba obstinadamente, sin desmayo, bajo la lluvia.