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martes, 15 de mayo de 2012

El dedo en la llaga

De vez en cuando uno de los nuestros levanta el vuelo y planea por encima de los tejados. Ocurre muy de vez en cuando, por eso en un país tan mediocre y disminuido como España conviene celebrarlo. Esta vez ha sido Fernando García de Cortázar, quizá el intelecto más estimulante -junto al de Félix de Azúa- de todos los que tienen por costumbre salir cada cierto tiempo a entrenarse en el ágora de la prensa diaria nacional. Y dice en una tercera del ABC que titula, haciendo un guiño a T S Eliot, En una tierra baldía:


"En los tiempos de radicales incertidumbres, como las que se iniciaron el pasado siglo, asistimos al enfrentamiento entre utopías que deseaban construir un mundo nuevo y señalaban los instrumentos de ingeniería social o de adicciones míticas para hacerlo (...) Después de la segunda de las guerras mundiales, pudo apreciarse hasta dónde había llegado la capacidad de gestación de monstruos por la excitación sonámbula de la razón. Desde entonces fuimos más prudentes. La libertad auténtica nos hizo humildes porque la lucidez del ser libre es averiguar los límites de su voluntad. El trance había sido tan doloroso, el precio pagado tan alto que (...) se llegó a considerar posible y benefactora una vida sin principios, una existencia sin el compromiso esencial con nuestro destino (...) sin la tensión permanente entre nuestra libertad y nuestra responsabilidad al ejercerla. Llegó a pensarse que un mundo sin creencias sería más amable y, sobre todo, más cómodo (...) Uno de los factores más relevantes de la crisis que hoy nos asfixia, y lo que explica posiblemente el grado de angustia social que ha creado, es esta pérdida de sentido de la historia. La crisis no es solo el malestar económico, sino la imposibilidad de reconocer los elementos de quiebra de civilización que manifiesta (...) Este inmenso silencio del mundo, falsificado por rumores sin sentido y por presuntuosos recetarios que cifran el sufrimiento humano, expresa nuestra indefensión. La crisis ha actuado como una infección oportunista sobre un cuerpo debilitado. El hombe puede sufrir, pero no como un animal. Necesita entender cuáles son las causas de su dolor, necesita comprender cuáles son las razones de un mundo que le atormenta. Lo que nos abruma no es el dolor, sino su opacidad (...) Pero la ausencia de esas palabras indispensables, que solo se aprecian cuando el bienestar es sustituido por la adversidad, se ha convertido ya en un rasgo de nuestra época (...) El punto más hondo de esta depresión debería ofrecernos la posibilidad del rescate de nuestra conciencia de hombres (...) La gravedad de nuestro sufrimiento es también la ocasión de una esperanza, que requiere buscar las raíces de este desorden en instancias de las que los desequilibrios económicos son una amarga e intolerable manifestación. Deberemos hacer que la realidad sea reconocible de nuevo. Deberemos devolver el sentido a las palabras con las que una vez pudimos interpretar el mundo".

Análisis completo, diagnóstico acertado, ¿seremos capaces de aplicar correctamente la terapia?

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