miércoles, 11 de abril de 2012

Cyprian Norwid o Polonia en el alma


La poesía polaca, como el resto de la cultura de Polonia, no ha tenido otro modo de asomar la cabeza en España que a través de pequeños ventanucos. Y a menudo sin la justa curiosidad que muchos de sus representantes se merecen. Si algo conocemos un poco mejor de Polonia es su historia. Una historia conocida por su mala estrella. Pocos pueblos han sufrido tanto tiempo un destino más trágico que el polaco, especialmente en los dos últimos siglos. Desde 1795 hasta bien entrada la segunda década del siglo XX Polonia fue una nación en lucha permanente por recuperar su identidad, una nación sin estado que sus vecinos condenaron a muerte en varias ocasiones borrándola literalmente del mapa. Durante decenios al pueblo polaco se le prohibió hablar su propia lengua y se le sometió a atroces deportaciones que continuaron hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, condenando así a generaciones enteras al silencio, la muerte o al exilio, muchas veces, en condiciones extremas. Por si todo esto no fuera suficiente, sus vecinos del este y del oeste la invadieron con saña en 1939 y se repartieron sus despojos según unas condiciones acordadas en vergonzoso secreto en las cláusulas del Pacto Ribbentrop-Mólotov.
De lo que vino acto seguido no creo necesario refrescar ahora tamaña hecatombe. Bastaría con volver a ver dos películas, El Pianista y Katyn, de Roman Polanski y Andrzej Wajda, para hacerse una idea del horror inaudito que alemanes y soviéticos practicaron con frialdad inhumana en carne polaca.
En circunstancias históricas semejantes es comprensible que “emigración” y “Polonia” sean términos que sufran de una cierta sinonimia. En realidad, lo más sobresaliente de la intelectualidad polaca, si quiso seguir viva y libre, tuvo que desarrollar su trabajo en otros países y aprendiendo otras lenguas. Es el caso de Chopin y de Conrad, de poetas como Mickiewicz o Slowacki, de geólogos y exploradores como Malinowski y Strzelecki, de pintores como Chelmonski o Czapski, de investigadores científicos tan universales como Marie Curie o Aleksander Wolszczan y de tantos otros… Y también de Cyprian Norwid.

Norwid fue un artista inclasificable y genial. Cosecha del mismo año de Flaubert, Baudelaire o Dostoievski, 1821. Estudió pintura en una escuela asentada en el céntrico palacio Zamoyski de Varsovia, el mismo palacio donde vivió Chopin entre 1827 y 1830 al que, sin embargo, no conocería personalmente hasta muchos años después, cuando los dos residían en París. Huérfano de madre a los cuatro años, testigo a los nueve de la insurrección polaca de 1830 que causó deportaciones en masa y violencia represiva en el interior del reino, Cyprian Norwid se nos antoja el perfecto emblema doliente de su patria. Artista culto y heterogéneo, pintor, escultor, traductor, poeta, dramaturgo, la desgracia nunca dejó de perseguirle hasta la muerte: exiliado en Francia, más tarde vagabundo en Norteamérica, infatigable viajero por Europa, amante de lo griego y pobre y sordo y casi ciego. Mil veces rechazado por editores y mujeres termina en el olvido y no es capaz de evitar la miseria. Dicen aquellos que lo acompañaron en sus últimos meses que lloraba con frecuencia y que no quería levantarse de la cama. Así es como muere en un asilo de ancianos de Ivry, a las afueras de París, en plena primavera de 1883. Hoy su tumba, en el cementerio polaco de Montmorency, no es más que un símbolo porque sus restos no se encontraron.

Si hablo de Norwid es porque su poesía es tan grande que a pesar de haber sufrido los peores avatares de desprecio y ostracismo sigue viva, incluso más viva y necesaria que hace un siglo.  Obras como Vade-Mecum o Prométhidion se cuentan entre lo más excelso de la lírica europea del siglo XIX. Y resulta, por ello, incomprensible que sigan básicamente inéditas en lengua castellana. Al menos yo no he conseguido encontrar edición alguna en nuestra lengua, por lo que me he visto obligado a leer sus poemas más célebres en traducciones inglesas y francesas, con la excepción de su celebérrimo Piano de Chopin cuya versión por parte de Xavier Farré deja bastante que desear, dicho sea de paso.

Norwid, náyades
Precisamente es en este poema donde podemos encontrarnos con unos versos lapidarios y un tanto enigmáticos que, en mi opinión, vienen a sintetizar espléndidamente la posición estética de Norwid. El poema, que forma parte de la ya citada Vade-Mecum, fue escrito en 1863 en París a resultas de una noticia que había llegado a los oídos del poeta procedente de Varsovia: en plena insurrección contra las tropas rusas del zar varios miembros de la Resistencia Nacional lanzaron bombas caseras al paso del general Berg, a la sazón gobernador del zar en Polonia, desde el último piso del palacio Zamoyski. El general salió ileso, no así uno de sus ayudantes y los caballos de la escolta que resultaron heridos. En represalia, el ejército ruso arrojó por una ventana del último piso del palacio a un hijo del conde Zamoyski que nada tenía que ver con el atentado. Precisamente, en la tercera planta del edificio tenía su apartamento Izabela Barcinska, hermana de Chopin. Y entre sus enseres de familia contaba con un piano que había sido el preferido del músico. El palacio fue confiscado y aprovechando esa circunstancia los guardias irrumpieron en las viviendas arrasando con todo y lanzando por las ventanas el mobiliario que se encontraban a su paso. De este modo fueron a parar a los pies de la estatua de Copérnico libros, cuadros, manuscritos y también el querido piano de Chopin.
Norwid, la corona de laurel
Será el conocimiento de estos hechos lo que provoque la escritura del poema que concluye así (me permito traducirlo del francés): “¿Y tú? ¿y yo? Entonamos a la par el juicio/ y clamamos: “Alégrate por fin, posteridad”/ y las sordas piedras gimieron,/ contra el suelo se estrelló el ideal”.

¿De esta manera tan violenta acaso pueden reconciliarse alguna vez la belleza del arte y la realidad de la historia humana?
Norwid, en otro poema titulado Cenizas y Diamantes nos dejó dicho:

            “Al arder no sabes si serás libre/ si sólo quedarán cenizas y confusión/ o se hallará en las profundidades/ un diamante que brille entre la ceniza”.
Así, con esta terrible incertidumbre, hemos de morir algún día todos nosotros, tan miserables.

                                                                                                                 

           

lunes, 9 de abril de 2012

Tres Fanales Trémulos

Flotan los sueños en las aguas
ferruginosas del deseo.
Como estambres blanquecinos
siguen el curso del vivir.


Ápice del pensamiento,
en este paréntesis del mundo
en el que habito, yo me templo.
El viento ansía.


De aire y agua, amor anfibio,
duermes y me olvidas.
Te dejé en la noche una flor cerrada
que espero se manifieste al clarear el día.

jueves, 29 de marzo de 2012

Las Flores Negras de Flórez

La primera vez que escuché la canción me dejó pasmado. No hace de eso tanto tiempo, todo lo más un año. La canción es de una belleza rara, desusada y un tanto turbadora. La grabé en un cd y, desde entonces, la suelo escuchar en el coche cuando hago carretera. Me produce un gran placer hacerlo, me traslada a otros mundos, sin duda anteriores y más corteses.
 Enseguida sospeché que detrás de su letra debía de esconderse un poeta, un ser que imaginaba refinado e impecablemente decadente. Entré en internet, brujuleé un poco y así fue como llegué a Julio Flórez, colombiano y, en efecto, poeta. Y de los buenos, de casta modernista. De la misma casta modernista que allá, en la América hispana, dio ejemplares tan magníficos como Rubén Darío, José Asunción Silva o José Martí. Julio Flórez brilla entre ellos; ahora que lo he leído, lo sé.
En su obra poética flores y plantas perseveran en su presencia, que llega hasta la superficie de los títulos: "Cardos y lirios", "Manojo de zarzas", "Cesta de lotos" o "Fronda lírica", así se llaman algunos de sus libros más reconocidos. Precisamente el último lo publicó en Madrid en 1908, cuando trabajaba para la Legación de su país en España. La canción que tanto me gusta también recurre a la alegoría de las flores para hablar de amor, en este caso de un amor escabullido. Negras las llama, "Mis flores negras". Un poema, por cierto, que jamás vio publicado en vida pero que, en cambio, gozó del favor de músicos y cantantes desde muy temprano. El gran Carlos Gardel la incorporó a su repertorio y ya antes la había grabado el Dúo Ecuador, compuesto por Nicasio Safardi y Enrique Ibáñez. Libertad Lamarque también la cantó pero de todas las versiones que conozco la más inspirada y perfecta, con diferencia, es la de "Los Tres Reyes", el trío mejicano que pueden escuchar en esta página y que tanta gloria dio al folklore de su patria por más de tres décadas. ¡Qué delicia comprobar cómo se ajustan esas voces dulcísimas a unos versos sencillamente turbadores!
Escuchen la canción (por cierto, con ritmo de pasillo compuesto asímismo por el poeta) leyendo el poema (en origen con varias estrofas más) y verán que no miento.

Mis Flores Negras

Oye, bajo las ruinas de mis pasiones,
en el fondo de esta alma que ya no alegras,
entre polvo de ensueños y de ilusiones
crecen entumecidas mis flores negras.

Ellas son los recuerdos de aquellas horas
en que presa en mis brazos te adormecías
mientras yo suspiraba por las auroras
de tus ojos, auroras que no eran mías.

Ellas son tus desdenes y tus reproches
ocultos en esta alma que ya no alegras,
son por eso tan negras como las noches
en los gélidos polos, mis flores negras.

Guarda pues este triste, débil manojo
que te ofrezco de aquellas flores sombrías,
guárdalo, nada temas: es un despojo
del jardín de mis hondas melancolías.

martes, 27 de marzo de 2012

Entierro en los Trigales (Réquiem por Vincent Van Gogh)

Entierro de Van Gogh, E Bernard

Al cuadro siempre se le ha llamado “El entierro de Van Gogh”, pero Van Gogh no tuvo entierro. Al menos, no un entierro al uso. La propia esquela en la que se rogaba la asistencia a su cortejo fúnebre y posterior sepultura así lo atestigua (ver documento). En ella una mano anónima, pero sin duda avivada por la Iglesia, no tuvo más remedio que tachar el lugar de celebración de las exequias que, para más inri, no era otro que la iglesia que con tanto ardor Van Gogh había pintado apenas unos días antes de morir, l´Eglise d´Auvers sur Oise. Y lo hizo, dejando con ello a uno de los pintores más profundamente religiosos que haya habido sin homilía y sin amparo de Dios, porque el pintor era en esos momentos, para todos sus vecinos, un cadáver suicidado, es decir, un muerto sin causa ajena, un cuerpo sin absolución, un réprobo hasta el final. De ahí, la tachadura sobre el nombre de la última iglesia que pintó. Luego, muchos años después, se sabría que entre aquellos vecinos había dos –los hermanos Secrétan -- que podrían haberle ahorrado esta última humillación y que, en cambio, prefirieron callar por no desdecir las últimas palabras de un muerto y, de paso, evitarse el seguro ingreso en un reformatorio para golfos. Pero esa es otra historia que ya otros han contado...
El cuadro lo pintó Émile Bernard que tanto lo quiso, y lo firmó y fechó en 1893, tres años después de la muerte de su añorado amigo. El propio Bernard, según carta al crítico de arte Gustave A. Aurier, llegó justo a tiempo para velar un rato el cuerpo de Van Gogh en la sala de billar de la pensión Ravoux –donde el pintor tenía alquilada una habitación—pero demasiado tarde para poder ver su rostro demacrado, pues ya habían cerrado y cubierto el ataúd con una sencilla sábana blanca. Alrededor, sus últimas pinturas aun frescas y dalias y girasoles amarillos, tan apropiados para la ocasión. Luego, sus amigos transportaron la caja hasta el coche fúnebre y comenzó el cortejo. En la pequeña colina a las afueras del pueblo, entre campos de trigo y bajo un cielo azul y sin nubes, estaba el cementerio. Llegaron en poco tiempo y sin apenas despedidas y adioses de homenaje lo bajaron a la fosa y lo enterraron. Lloraba Pisarro y lloraba Tanguy y el doctor Gachet también lloraba. Pero el más desconsolado, el que lloró por mucho tiempo y sin descanso, fue su hermano Theo.
Sin embargo, nada de esto se ve en el cuadro que seguimos llamando “El entierro de Van Gogh”. En él ni el espacio tiene las dimensiones de una modesta sala de billar, ni los numerosos personajes esbozados marchan en cortejo ni, mucho menos, la escena se desarrolla en campo abierto. Todo aquello que pudo ver Bernard.
En realidad lo que Émile Bernard apaña en esta obra es un homenaje póstumo. Una suerte de entierro laico de carácter compensatorio en una sala neutra donde precisamente los dos motivos que destacan son dos celebraciones de Van Gogh: una, de su figura en forma de sombrero, la otra, de su obra, sin forma y de amarillo, su color característico, un brochazo de amarillo en el centro que recordara para siempre que Van Gogh sigue y seguirá vivo.


                                                          

sábado, 24 de marzo de 2012

En Tierra Inhumana


EN TIERRA INHUMANA


De repente un gesto sencillo y noble te restituye a la vida y acaso hasta logre que no pierdas la última esperanza cuando todo parece perdido. Es lo que le pasó al pintor y periodista polaco Jozef Czapski  cuando en 1939 fue apresado por el ejército soviético y trasladado a Lvov junto al resto de oficiales de su destacamento. Llegaron allí engañados, hambrientos y entumecidos. En camiones, apretujados sin el menor miramiento, viajaban con él militares miembros de lo más granado de la inteligencia y la cultura polacas de la época: eminentes catedráticos y profesores universitarios, reconocidos arquitectos y cirujanos de prestigio. Los retuvieron algunas horas en la plaza mayor sin dejarles bajar de los vehículos.
Uno de ellos, al ver rebosantes los puestos del mercado, intentó comprar algunas manzanas con la segura intención de repartirlas. Cuando se disponía a pagarlas con lo que le quedara en los bolsillos una mujerona “recia y obesa” intervino bruscamente empujando a la frutera vecina y avergonzándola con su severa mirada. Con sus manazas enrojecidas cogió de su tenderete las manzanas que pudo y las lanzó con puntería a las manos implorantes que salían del interior de los camiones. Dice Czapski que mientras lo hacía “nos miraba con los ojos brillantes y llenos de lágrimas”.
Aquello duró solo unos instantes pero en ese gesto sencillo y noble, en el que aún palpita una emoción de humanidad, aquella mujer humilde y campesina dio mucho más que de comer al hambriento; ofreció a los oficiales polacos, apretujados en camiones bolcheviques ignorantes de su propio destino, un poco de consuelo y una prueba espontánea y concluyente de que no todo estaba perdido para ellos en esta tierra. En esta tierra, por lo demás, tan inhumana.

martes, 20 de marzo de 2012

Maurice Utrillo, una expiación.


Maurice Utrillo, una expiación.



                                                                                          A José Luis Mauri, pintor.


Tan incierto es suponer que Henri Rousseau fue alguna vez un “pintor dominguero” como creer que la obra de Utrillo no supera con mucho los menguados límites de la pintura naïf. Y, ciertamente, una biografía tan salpimentada de malditismo como la de Utrillo no ha ayudado mucho a desfacer el entuerto. Pocos pintores se prestan mejor que él a la elaboración de un relato sórdido y ejemplarizante que a todos nos deje aliviados y un tanto conmovidos en sus últimos capítulos.

Hijo ilegítimo de una modelo nada convencional, Suzanne Valadon, la preferida de Degas y Renoir y amante oportuna de Puvis de Chavannes que, con el roce y el ejemplo, terminó por convertirse, también, en respetable pintora, apellidado legalmente como Utrillo gracias a la generosidad del pintor, ingeniero y periodista catalán Miguel Utrillo (artífice, años después, del Pueblo Español de Barcelona), condenado a pintar por su madre como terapia reformadora de su adicción al alcohol, neurótico y eterno apaleado por gente tan variopinta como golfillos de la calle, acreedores estafados y agentes de la policía, ganado para el catolicismo por la belleza y el consuelo de sus iglesias y, finalmente, redimido para la vida por una mujer providencial, Lucie Valore, con la que se casa en 1935 y que se convertirá, desde entonces, en su apacible centinela.
iglesia de Deuil
Maurice Utrillo pintó tanto como bebió. Y bebió tanto como sufrió. Quizá por eso pintar iglesias terminó adquiriendo para él el valor de un ejercicio piadoso. Su amigo el pintor Vlaminck creía que “sus obras más notables son acaso ciertas catedrales de real pujanza mística” y, sin duda, se refería, entre otras, a La Catedral de Reims en llamas que Utrillo pintara en respuesta emocional al impío ataque de los alemanes. Sin embargo yo me quedo con sus iglesias más humildes, con esos amorosos retratos de arquitecturas religiosas de su “período blanco”, de la segunda década del siglo pasado. Y de todas ellas, la más emocionante es para mí La iglesia de Deuil, “la pequeña comulgante” como él la llamara, por la que pagó ni siquiera treinta francos Edmond Heuzé y que André Derain considera, asimismo, su obra más perfecta.

Iglesia sin vanidad, de un blanco de cinc atemperado por el yeso, emulsionado con cáscara de huevo para conseguir, así, con mayor fidelidad los efectos gredosos de sus irregulares muros. Iglesia en ascensión piramidal como metáfora sencilla de la aspiración humana de remontar hacia el cielo, de tocar por fin lo más alto. Iglesia refugio donde descansar del sufrimiento de estar vivo. Pintarlas sin descanso fue para Utrillo su particular forma de rezar, de expiar a través de sus telas una adicción demoledora.
S Valadon, Utrillo, Utter.
Hay obras que en su desnuda verdad asean la belleza. Esta es una de ellas.



                                                                      


sábado, 17 de marzo de 2012

La Penúltima Estupidez de los Correctos


No paran. Y si por ellos fuera no pararían hasta hacer de este mundo una sociedad ideal, es decir, un laboratorio de replicantes con el chip progresista incorporado, un gulag de ciudadanos buenos. Ahora le ha tocado el turno a Dante. Y la sentencia parece inapelable: la Divina Comedia debe ser expulsada de los planes de estudio de todo país que aspire a ser civilizado. Lo dice Gherush92 que, por lo visto, es una organización internacional dedicada al desarrollo de proyectos de educación en el mundo y que goza de status de consultor especial del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas, aunque, por su nombre, parece una clave de correo electrónico.
Valentina Sereni, presidenta de Gherush92, se conoce que ha pasado el lector progresista por todos los cantos del libro y ha detectado que hay demasiadas referencias ofensivas y discriminatorias intolerables para la sensibilidad de un bachiller italiano en proceso de formación. Y, sin más, ha señalado con el dedo acusador los cantos que deben ser retirados del ojo del joven lector: el XIV, el XXIII, el XXVIII, el XXXIV, entre otros. Por racistas, homofóbicos, antisemitas e islamofóbicos.

En el canto XXXIV, por ejemplo, a Judas Iscariote se le representa en las fauces de Lucifer por haber traicionado, según la conocida tradición bíblica, a Jesús por un puñado de monedas. Esto, a los de Gherush92, les parece una insultante fuente de antisemitismo porque “calumnia al pueblo hebreo incitando a convalidar el mensaje de condena a los semitas y de fatal asimilación de Judas con lo judío”. ¿Habrá, entonces, que ir sacando de todas las bibliotecas públicas las numerosas obras en las que un judío o algún miembro de otra religión aparezca marcado con los rasgos de avaro, usurero, prestamista o traidor? Si es así, ya saben, vayan olvidándose de leer El mercader de Venecia de Shakespeare, muchos de los cuentos de Chaucer, ciertos ensayos de Voltaire o célebres relatos de Dostoievski o Balzac, por no seguir contando.

Y, por supuesto, en todo integrismo progresista que se precie no podía faltar el anatema de homofobia. Así, el canto XXVI del Purgatorio debe desaparecer o ser reescrito porque en él los sodomitas son tratados de lujuriosos y viciosos por naturaleza. En fin, da un poco de pereza tener que recordarles a estos buenos samaritanos de la corrección política que con parecidos argumentos deberíamos, sin remedio, proscribir las obras de algunas plumas nada sospechosas, en principio, de homofobia, como las de Oscar Wilde o Tenesse Williams. Dorian Gray no es precisamente un modelo de buen ciudadano y si su vanidad enfermiza le lleva a cometer actos perversos no por ello debe deducirse que todos los gais sean vanidosos y perversos. En cuanto al pobre  Sebastian de De repente, el último verano, su autor nos lo pinta un tanto morboso y desequilibrado (marca de la casa, por lo demás) sin que por ello el colectivo homosexual tenga que verse reflejado de esa guisa. Afortunadamente para los gais es Sebastian y sólo Sebastian el que sufre ese irrefrenable impulso que lo conduce sin remedio a ser canibalizado por sus atractivos verdugos. Porque el abuelo de Juan Goytisolo abusara de su nieto no vamos a condenar a todos los abuelos homosexuales del mundo de pederastas.

Poco importa que todo esto huela a absurdo y a anacrónico. Y que los contextos históricos impusieran entonces otros criterios morales. ¿Es que hay que recordar a estas alturas la distancia de siglos que nos separa de la cultura del pasado? Da igual, en nombre del imperativo progresista conviene depurar todo el pasado que no guste o encaje con sus principios, aunque aquel incluya las páginas más gloriosas de nuestra tradición literaria. ¡Qué importa la gloria literaria si contradice mi discurso! ¡Qué importan, incluso, las reglas del idioma si siento que se vulneran mis derechos!

Si nada menos que el pilar de la literatura italiana y piedra miliar de la formación literaria de los planes de estudio italianos merece ese castigo progresista no quiero ni pensar qué le ocurriría al bueno de Cervantes cuando algún estúpido de estos de lengua hispana se acuerde de él y se fije, por ejemplo, en La Gitanilla o en Los baños de Argel o incluso en Don Quijote. Ya estoy viendo su informe de Torquemada redivivo. Y es que hay algo peor que el racismo, la homofobia y el antisemitismo. Se llama antropofobia.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Lo que le debo a Facundo Cabral

Acabo de enterarme de que Facundo Cabral murió asesinado, lo confieso. Por entonces estaba yo en otro país de vacaciones y desconectado de la tele. Aun así mi despiste me ha lastimado y no solo por el tiempo transcurrido -unos ocho meses- sino sobre todo por las circunstancias bien dramáticas de su crimen. Han sido, por tanto, ocho meses en los que he vivido ajeno por completo al drama e inconsciente del destierro definitivo del cantante de este mundo.


Facundo Cabral fue en mi adolescencia de estudiante una compañía frecuentada con asiduidad. Lo conocí en casa, gracias a los discos de mi padre y luego lo busqué por tiendas de mi ciudad y de otras ciudades más lejanas. A él le debo, en buena parte, mi inclinación por las letras y hasta mi vocación de escritor nada menos. Recuerdo como si fuera ayer, la primera vez que oí Pobrecito mi patrón y lo que sentí cuando de pronto me asaltaron sus versos "Juan Comodoro buscando agua encontró petróleo, pero se murió de sed". Toda la canción es un repertorio de proverbios memorables pero éste fue un destello, un latigazo en el cerebro, una descarga eléctrica en la piel que despertó en mí las ganas de escribir un cuento (y todavía recuerdo el esfuerzo) que a pesar de su bisoñez y, estoy seguro, de su ingenuo moralismo llegó a ganar el primer premio de un concurso literario que los padres jesuitas instituyeron en el colegio ad maiorem Dei gloriam y, de paso, de sus más inquietos alumnos. Si a alguien le debo aquel premio primerizo y lejano es también a Facundo Cabral.
Después de tantos años la canción me sigue gustando casi tanto como la primera vez. Y no solo ella sino No soy de aquí ni soy de allá, Cuando un amigo se va, Luna Tucumana, Dios va contigo a todas partes y tantas otras...
Cabral era un trovador, un eterno vagabundo librepensador y poeta de sangre. Para mí será siempre el joven rebelde de ojos picassianos y barba bíblica, el indio gasparino, el amigo de las madres de mayo y el enemigo de Videla.
El narcotráfico lo mató y que estuviera sentado en el asiento equivocado junto al amigo inadecuado es, en esto, lo de menos. Al parecer sus asesinos no iban a por él pero él estaba allí. Y los sicarios de Palidejo (uno más de los muchos narcotraficantes que salpican de oro y sangre el continente americano) repartieron fuego sin mirar. Ahora Palidejo está en Guatemala esperando a que lo juzguen, cuando en realidad está esperando a escaparse de la cárcel.
Cabral tenía 74 años y una vida brillantemente justificada; Palidejo tiene 38 y ningún mérito para seguir disfrutando de la suya.

lunes, 12 de marzo de 2012

Dos Nocturnos: a la sombra del Simbolismo en flor

Es evidente que la pintura de nocturnos nunca prosperó con más ahínco que entre las sombras y neblinas del Simbolismo en flor. A lo largo de las tres últimas décadas del siglo XIX se expande por Europa este nuevo estilo artístico que, antes que nada, supone un cambio de paradigma en lo espiritual, un nuevo estado del espíritu más o menos compartido por una amplia generación de artistas, heteróclita y plurilingüe pero que, a pesar de todo, comparte un inequívoco aire de familia. Y la inercia de este movimiento llegará hasta los primeros años del siglo XX. Como tal movimiento el Simbolismo fue bautizado en Francia pero puede decirse que, en realidad, nunca tuvo lugar fijo de residencia. Es tan inglés como polaco, tan alemán como francés. Y si todavía hoy los nombres de Whistler, Moureau, Redon o el mismo Paul Gauguin nos siguen resultando más conocidos no es sino porque trabajaron en París o la utilizaron como rampa de promoción personal y París, ya se sabe, era el epicentro del mundo artístico, el lugar donde se tenía que estar.
Sin embargo, hoy quisiera fijarme en dos nocturnos de dos pintores más periféricos aunque, sin duda, medularmente simbolistas: Jósef Pankiewicz y Harold Sohlberg, polaco uno y el segundo, noruego.

Los cisnes blancos.
La tela de Pankiewicz, notablemente apaisada, es un nocturno radical (y la reproducción resulta así muy deficiente). Se titula "Los cisnes blancos del jardín de Saxe en Varsovia" y en él se adivinan las formas blancas de tres cisnes que parecen dormitar sobre la oscura hierba a la orilla de uno de los estanques del grandioso conjunto barroco que forman los jardines del palacio de Saxe. Iniciado en 1893 este nocturno tiene todas las trazas de estar inspirado en la poesía de Mallarmé, en concreto en el soneto, publicado unos meses antes, que empieza así: "Le vierge, le vivace et le bel aujourd´hui..." Un soneto que protagoniza "un cisne de otro tiempo" que "sacudirá su cuello" por causa de una "blanca agonía". Cisnes, en todo caso, exiliados y fantasmales (como en el poema de Mallarmé) que no son otra cosa que el trasunto animal del propio Pankiewicz, que se veía por aquel entonces en una ciudad (Varsovia, la suya) que no admitía su nueva forma de trabajar, importada de París y llena de colores puros y pinceladas rápidas e imprecisas, y de paso lo condenaba al ostracismo y la oscuridad. Oscuridad que así compartía con la poesía de su admirado Mallarmé. Y como en ella, en su cuadro también un ligero velo cubre la realidad del paisaje, una confusión atmosférica de formas que el ojo del espectador no es del todo capaz de separar. Una sensación general como de sueño, de abandono de la conciencia, que en los cisnes durmientes queda sutilmente reflejada, parace dominar toda la escena.
noche extraña
"Noche extraña" es el segundo nocturno elegido, de Harold Sohlberg. Data, como el anterior, del mismo año, 1893. Los crepúsculos nórdicos son de una enorme vivacidad cromática debido, entre otras razones, a las extremas condiciones de atmósfera y clima de dichos países. Inspirado por una islita de un fiordo cercano a Oslo, este cuadro puede leerse como el perfecto epítome de la obra de Sohlberg: sobre un color previamente elegido -en este caso, el naranja- el artista va matizando una soberbia serie de variaciones que sirven de base o fondo al tratamiento de los detalles de los primeros planos que suelen ser precisos y minuciosos, en este caso, la vegetación sobre las aguas y el cielo.
Por lo demás, las influencias de la vanguardia francesa y un cierto japonismo saltan a la vista no sólo en este paisaje sino en prácticamente el paisajismo entero de este pintor, así como, por supuesto, las tradiciones nórdicas puestas de relieve por pintores canónicos como Friedrich o Johan Dahl. El gusto por la inmensidad de los espacios, la dramatización de los efectos naturales y un cierto romanticismo en el tratamiento de los árboles y la vegetación son claros tributos a la tradición nórdica que aquí, no obstante, aparece sugerentemente renovada por un uso deshinbido del color y por la simplificación de las formas.
Noches inquietantes y levemente espectrales que estos dos nocturnos del Norte deletrean con fuerte acentuación.

sábado, 10 de marzo de 2012

Aviso a Demagogos

De las masas no debemos esperar nada que no sea indiferencia, rutina, egoismo y defraudación. Baroja, que nunca se hizo al respecto muchas ilusiones, añade: "a una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre".