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viernes, 16 de enero de 2015

Lovis Corinth: tres pintores en uno.

LOVIS CORINTH: TRES PINTORES EN UNO

La liebre, 1921

Fue en uno de mis viajes a París cuando por chiripa –había ido buscando otras cosas- descubrí en el Musée D´Orsay a un pintor del que hasta entonces no recordaba haber oído ni una palabra: Lovis Corinth. Aquella amplia exposición de la primavera del 2008 me dejó bastante impresionado, no tanto por la novedad de su estilo o por la contribución destacada del artista al desarrollo de la historia de la pintura cuanto por la muy llamativa evolución técnica personal, que hace del caso Lovis Corinth que se pueda hablar de dos –y hasta tres- pintores en uno.
Franz Heinrich Louis –que así se llamaba hasta que él mismo se rebautizó con su nombre definitivo en Munich ya como pintor plenamente profesional- había mostrado desde jovencito unas admirables dotes para el dibujo y después de pasar por distintas academias de arte en Prusia y Holanda decide dar el salto a París para matricularse allí en la mítica Académie Julian y seguir los cursos del influyente y hoy denostado Bouguereau. Con él se ejercita en el dibujo del natural, costumbre que seguirá practicando el resto de su vida pero siempre –y éste será uno de sus rasgos distintivos- en la estela de la tradición holandesa de un Rembrandt o un Hals y, por tanto, inclinándose por la captación de escenas de la vida doméstica, incluso cuando revisa el catálogo de ciertos asuntos mitológicos que, en sus manos, tienden a celebrar los placeres de la carne así como la victoria de lo mundano frente a lo histórico o lo puramente mitológico, como lo demuestran cuadros como “Susana y los viejos” (1890), “Diógenes” (1891) o su mismo autorretrato de 1887. 

Susana y los viejos, 1890
Al regresar a su país se instala en Munich donde empezará a entablar relaciones con el círculo de artistas secesionistas al tiempo que adquiere cada vez mayor prestigio como retratista de sociedad. El vínculo con la Secession le empuja a trasladar su residencia a Berlín en 1899 y un año después inaugurará allí su primera individual nada menos que en la galería del afamado marchante Paul Cassirer, principal promotor de la obra de los impresionistas franceses en el mercado germano. Es ahora, a lo largo de toda la primera década del XX, cuando la pincelada de Corinth se va descontrayendo y su paleta vira hacia los colores brillantes y poco mezclados. Es el Corinth secesionista que asimila, siempre desde un sincretismo estético muy personal, las lecciones de sus colegas impresionistas franceses.
Autorretrato con vaso, 1907



Autorretrato con modelo, 1903
En obras como “Autorretrato con modelo” (1903), “Autorretrato con vaso” (1907) y especialmente en sus desnudos femeninos, “Mujer desnuda tumbada” (1907), “Desnudo femenino” (1911) entre otros, la pincelada vibrante y pastosa, los fuertes contrastes de color y la preocupación por captar el movimiento del instante (algunas de sus modelos desnudas conducen nuestra mirada hacia las forzadas y rotundas anatomías de Lucien Freud, uno de sus más conspicuos admiradores) hacen de Corinth un artista de complicada catalogación, a caballo entre el arrebato emocional y la aguda sensibilidad para los detalles lumínicos. Se observa, en todo caso, que su acercamiento al impresionismo queda atemperado por su voluntad de no querer desprenderse del peso de su tradición nórdica.
Desnudo femenino tumbado, 1907

Y en esto llega de repente el duro golpe de la enfermedad. Víctima de un ataque de apoplejía que le deja parcialmente inmovilizado el lado izquierdo de su cuerpo a finales de 1911, Corinth se ve obligado a rehacerse como pintor. Es el verdadero punto de inflexión en su carrera. Siendo como era zurdo, el pintor no se deja vencer por tan terrible sacudida y con la ayuda y cuidados de su mujer, Charlotte Berend (perenne musa y modelo obsesiva), vuelve poco a poco al dibujo, el grabado y finalmente la pintura.
Lago Walchen, 1920
Pero vuelve como un pintor distinto. Hasta entonces el artista prusiano había evitado caer en las pantanosas aguas del expresionismo, sin embargo, haciendo de la necesidad virtud, Corinth comienza ahora a explorar ese nuevo derrotero y sus obras se empapan del estilo que hasta la fecha había evitado. Así, de su pulso tembloroso hace una pincelada violenta y la nueva manera con la que abarca los temas de sus representaciones –especialmente los paisajes realizados en los alrededores del lago de Walchen donde poseía una casa- marca el inicio de una evolución que le lleva hacia la libertad y lo que hoy podríamos llamar “la autonomía de la pintura”, esa especie de figuración de raíz impresionista pero barrida, ya hasta el final, por el ímpetu rabioso y un punto descontrolado tan característico del expresionismo alemán canónico. Etapa, esta última, que terminará por consagrarlo como eminente artista en su país y en la que la crítica ha decidido encontrar los mejores ejemplos de su amplísima e interesantísima producción.

Autorretrato en el lago Walchen, 1924

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