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miércoles, 21 de enero de 2015

OSKAR MOLL: EL IDILIO CON LO CREADO

OSKAR MOLL: EL IDILIO CON LO CREADO





Oskar Moll es uno de esos maravillosos pintores fantasmas de los que las historias del arte andan tan sobradas. No lo encontrarás en ningún manual al uso ni en ninguna programación de exposiciones de los infinitos museos de arte moderno que pueblan nuestro continente europeo, sin embargo hizo méritos de sobra para estar y cuando alguien con medios e influencia repare en él todos nos daremos cuenta del inexplicable descuido en el que su obra se ha visto obligada a sobrevivir.
Yo lo conocí, como tantas cosas se conocen, curioseando en otros menesteres. Andaba detrás del hilo dejado por Matisse en la figuración europea de principios del siglo pasado y tirando del hilo llegué a él. En una lacónica nota –no demasiado benevolente- de un libro de Karl Ruhberg me topé con su nombre que aparecía, a la sazón, asociado al círculo de los discípulos alemanes de Matisse. La nota no decía nada más y, como tal, no venía, por supuesto, acompañada de ninguna imagen en un libro, por lo demás, profusamente ilustrado. Entonces decidí teclear su nombre en internet y así fue como, con cierta perseverancia, logré ir descubriendo un conjunto de óleos, dibujos y acuarelas a cual más excitante y soberbio. He de decir que tuve la suerte de dar con una impecable página web alemana –felizmente en versión bilingüe en inglés- que terminó por facilitarme una serie de oportunísimos datos sobre su vida y su trayectoria artística (www.oskarmoll.info).

Bodegón con tela de Matisse, 1912
Lo primero que quiero decir de Oskar Moll es que no parece del todo un pintor alemán. No sé si necesito explicarme, pero en su pintura se hace prácticamente imposible hallar rastro alguno de desgarro personal o drama colectivo. Tutelado primero por Lovis Corinth en Berlín, muy pronto en su formación Moll tuvo la oportunidad de encontrarse con Matisse en la capital francesa y, así, él y su mujer, la escultora Margarethe Haeffner, consiguen entrar en el legendario círculo que en torno al pintor francés se había organizado en el Café du Dôme. La relación se estrechará todavía más cuando Moll decide matricularse en la “Académie Matisse” que el pintor mantuvo abierta entre los años 1908-1911. Allí desarrollará las bases de su ulterior y musical estilo (Moll era un notable violonchelista): aguda sensibilidad para los equilibrios entre el color y la forma y las modulaciones cromáticas y una consumada capacidad para integrar estilos en una suerte de lenguaje polifónico que terminó por asumir, incluso, la pincelada corta y racional de un Cézanne.

Vista desde su estudio de Breslau, 1920
Moll, como Cézanne, como Matisse o Bonnard, lo que buscó fue siempre la Arcadia y naturalmente la encontró en el Sur. En el Mediterráneo francés y, sobre todo, italiano festejó la luz y se reconcilió con el mundo como solo los pintores solares saben hacerlo. Sus paisajes y bodegones de los años 10 y 20 del pasado siglo alcanzan esa síntesis feliz que lo convierte en uno de esos raros artistas que saben bendecir la belleza del mundo sin caer jamás en el amaneramiento o el sentimentalismo. No obstante, a partir de 1925 su estilo se hace más estático y geométrico por influencia directa del cubismo analítico de un Metzinger y, especialmente, por los trabajos de Fernand Léger del que su mujer fue alumna, además de compañera del “Groupe 1940” junto a Delaunay y Gleizes.

“Gran señor de delicada sensibilidad” como lo definió Hugo Hartung, siempre trabajó delante del motivo hasta que la tragedia nacional del nazismo se abatió sobre su país e hizo de él un exiliado en su propia tierra. Perdió su casa y su inestimable colección de arte, entre la que se encontraba un exquisito ramillete de cuadros de Matisse destruidos posteriormente en un bombardeo. A partir de entonces empieza a pintar de memoria, enriqueciendo sus composiciones con suntuosas telas de estampados orientales desplegadas al lado de antigüedades egipcias o tallas africanas que recordaba de su colección privada.  Oskar Moll muere en el verano de 1947 en medio de un país arrasado. Su legado, diezmado a partes iguales por la represión nazi y las incursiones aéreas aliadas, apenas puede disfrutarse hoy en algún museo incluso germano, siendo las colecciones privadas y las casas de subasta, principalmente centroeuropeas, las únicas vías factibles para poder acceder a su obra. Una obra que sigue reivindicando, hoy con la misma oportunidad que en su tiempo, la alegría de vivir y el placer desinteresado y, en definitiva, un arte de equilibrios y serenidad, alejado de todo elemento perturbador u opresivo. Un arte que exige el derecho a poder sentirse uno con lo creado. ¡Casi nada!  
Vista desde la ventana, 1932

Bodegón, 1920

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