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domingo, 11 de enero de 2015

Algunas anotaciones sobre GPV a propósito de la presentación de su exposición en el Ateneo de Mairena.

En el acto de presentación de mi libro de Conversaciones con Guillermo Pérez Villalta se me acercó mi amigo el pintor Paco Cuadrado para pedirme que dijera unas palabras sobre el artista tarifeño a propósito de la exposición de algunas de sus obras más recientes que organizaba el Ateneo de Mairena del Aljarafe y del que él es el responsable de la sección de Arte. Como quiera que iba a ser un acto casi entre amigos y nada académico me atreví a emplear un tono coloquial y a decir estas palabras:

Hay artistas que se pasan la vida restando, probablemente en nombre de la pureza, la forma, lo absoluto o como quieran llamarlo. Mondrian es un ejemplo de lo que digo y Malevich, incluso, un ejemplo ejemplarizante, si me permiten el juego de palabras, puesto que una vez llegado al “cuadrado negro” o al “cuadrado rojo” -¡qué más da!- solo le quedó pararse a pensar, dar media vuelta  y volver de nuevo a la figuración más o menos convencional. Es verdad que necesitó varios años para darse cuenta de que en lo absoluto no hay salida, pero esos son los riesgos que asumes cuando  quieres ser un pionero de lo absolutamente moderno.
Hay, en segundo lugar, otro tipo de artista que se pasa la vida sin moverse, no arriesga y prefiere estar quietecito en un tactismo más o menos rentable, en un cómodo repetirse porque cree haber encontrado la fórmula de lo que le funciona. Pongamos por caso un Tapies o incluso el Gordillo ya cuajado, por ir acercándonos más a nuestra casa. Son artistas que han optado por la producción, que han entendido que el mercado lo que demanda es un producto altamente elaborado y con imagen de marca y ellos se disponen a satisfacer esa demanda. Se sienten cómodos en el status quo.
Y hay, en cambio, otros artistas que se pasan la vida sumando, incorporando cosas que van desde distintas técnicas y combinaciones de estilos aparentemente antitéticos hasta la acumulación de saberes y procedimientos artísticos. GPV es uno de ellos, no es el único pero quizá sí el más señalado de ese tipo de pintores entre los españoles vivos. De su misma estirpe son también pintores como Richard Hamilton, Frank Stella o David Hockney.
GPV se ha pasado prácticamente toda su vida sumando hasta hacer de su obra una destilada síntesis de estilos en la que caben todos los registros imaginables. Empezó siendo un jovencito artista conceptual, en la estela de un Donald Judd o un Carl André o incluso del primer Stella más tridimensional. Pero esa epidemia de juventud le duró poco y todavía siendo un estudiante de la Escuela de Arquitectura descubre la pintura pop y se arroja a sus encantadores brazos. Aunque para ser exactos, hay que decir que siempre practicó un pop impregnado de una cierta metafísica de clara raíz mediterránea así como sin perder de vista nunca el impulso geométrico, que en su caso es una constante que nunca ha abandonado.
Como ven, es más de lo mismo: se trata de seguir sumando. Al descubrimiento temprano de la pintura metafísica italiana –Carrá, De Chirico, más tarde Sironi- hay que unir su querencia irrefrenable por la limpia geometría que pueden representar movimientos centroeuropeos como De Stijl holandés o la Bauhaus germana. De aquí su preocupación por la obra “bien construida”, “bien ordenada” que le llevará a investigar en una figura que será clave en su obra como es Piero della Francesca, el pintor-matemático del primer Renacimiento y probablemente el teórico y el practicante más consumado del ilusionismo perspectivista de toda la pintura renacentista europea.
Pero Guillermo, que es un peregrino de infatigable curiosidad, ha seguido viajando por la historia del arte poniendo su atención generalmente en los artistas y movimientos que le son más afines y que curiosamente suelen ser los más heterodoxos. Su sensibilidad siempre atenta a lo “raro” le lleva a esos artistas que siendo grandes son, a la vez, los peor comprendidos o aceptados precisamente por su propia singularidad o por su condición de enigma. Yo diría que “raro” es la palabra que mejor los define. Aunque en muchas ocasiones también podrían ser calificados de “visionarios”.
Y así, posa su mirada en ciertos manieristas como Rosso Fiorentino o Pontormo, de una expresividad siempre algo perversa, o en ese gran criadero de talentos para lo ornamental que supo recoger el rico legado de la decoración pompeyana, como fue la Escuela de Rafael, con nombres tan ilustres como Perino del Vaga o Giovanni da Udine o el magnífico Giulio Romano. Por cierto, ¿quién habla hoy de ellos?
Y ya en la plena madurez de su estilo GPV vuelve la vista no solo a los grandes paisajistas del clasicismo como Claudio de Lorena o Poussin sino al tan denostado rococó –al que ha dedicado nada menos que todo un libro “Melancólico Rococó” que considero lectura imprescindible para entender los últimos derroteros de su obra- donde se recrea en ese mundo galante, gentil y perdido, colmado de alegre belleza y dulce melancolía a partes iguales, que representan tan bien pintores como Watteau, Fragonard o el mismo Boucher que practica un erotismo de refinadísima factura y que el siglo XX ha leído tan mal. Por no hablar de los Nazarenos alemanes –Overbeck y compañía- o los prerrafelitas ingleses –Rossetti, Burn Jones o Millais-, artistas de un enorme talento que conviven en el siglo XIX con pintores como William Blake, Füssli, Schinkel y, un poco antes, Piranesi; gentes que han quedado en una especie de limbo asistemático y que, a su manera, son todos visionarios.

Así, con todo este imponente bagaje GPV va construyendo su personalísimo mundo, su universo estético que sigue alimentándose de los sectores más figurativo y geométrico de las Vanguardias del siglo XX: desde el constructivismo ruso al neoplasticismo holandés de un Mondrian, un Theo van Doesburg o un Gerrit Rietveld.  O de la herencia, siempre irónica, de un Duchamp al lado de la perturbadora serenidad de la pintura metafísica italiana de la que ya hemos dicho algo.
Y a todo ello habría que añadir la fulgurante irrupción en los sesenta del pasado siglo de lo popular en la alta cultura que supuso el Pop con pintores como Richard Hamilton, Hockney o Kitaj, para terminar con las últimas aportaciones de sus retoños más malévolos e incisivos como John Currin, Paula Rego o Eric Fischl, todos ellos ya contemporáneos y enmarcados, de alguna manera, dentro de lo que se ha dado en llamar, de manera harto ambigua, pintura postmoderna.
Pero todos ellos –y esto es lo fundamental y en lo que se asemejan a GPV- posicionados frente al proceso de abstinencia emocional del Movimiento Moderno más ortodoxo que ha marcado fatalmente el arte de hoy. Conviene subrayar al respecto que GPV es, antes que nada, un artista moderno que no ha hecho otra cosa en su vida artística que sumar. Sumar información, conocimientos, experiencias, culturas que han ido depositándose en su memoria que es, precisamente, el recurso humano principal con el que trabaja.
Su obra, en definitiva, viene a demostrar dos cosas: que la mirada restrictiva, intimidatoria y un punto excluyente de gran parte del Movimiento Moderno no acierta a comprender la enorme riqueza y diversidad de las que se nutre el Arte, y, en segundo lugar,  que desde la figuración se pueden abrazar todos los ismos y hasta se puede llegar a ser el más moderno de los pintores modernos. Lo que ocurre es que, paradójicamente, a fuerza de practicar de forma tan desinhibida la modernidad GPV ha terminado por convertirse en un clásico. Muchas gracias. 


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