martes, 28 de agosto de 2012

Arte de saber mirar




Aquellos que hemos dedicado mucho tiempo y grandes esfuerzos a aprender a mirar un cuadro sabemos que saber mirar nos lleva irremediablemente a olvidar los nombres de las cosas que vemos.

lunes, 27 de agosto de 2012

El fresco de Cecilia


EL FRESCO DE CECILIA

Cecilia Giménez tiene una pena muy grande porque ella no es ninguna fresca y “¡el cura lo sabía!”.
Su corazón de ochentaiún años no está para que los reporteros de Ana Rosa y las televisiones de medio mundo anden jugando al pilla-pilla con ella por las calles de Borja con la aviesa intención de interrogarla sobre sus habilidades artísticas y destrezas manuales.


Enfrascada en su fresco ella hizo lo que pudo con una obra de escaso valor artístico que la iglesia dejó que la humedad se la tragara lentamente con el paso de los años. “Hay que ver todo lo que se ha formado” pensará la buena de la conservadora vocacional, “¡ni que Elías García fuera Miguel Ángel!

¿Qué culpa tiene ella si no le dejaron terminar su cirugía? Y es que en realidad lo de Cecilia Giménez nunca ha sido la restauración. Eso es algo que deja para los técnicos. Ella, como devota creyente de acreditado currículum, apuntó siempre más alto y cuando al fin iba a lograr, después de toda una vida, la genial transmutación de un Cristo en Paquirrín, viene un vecino quisquilloso y acusica y monta el cirio.

La gente es ingrata y el espectador anda ávido de chanzas y este verano, sin una sola alegría que llevarse a las vísceras, la han tomado con la pobre de Cecilia que, como mínimo, tiene el mérito de haber conseguido que millones de personas conozcan a un oscuro pintor del XIX, hablen de arte y opinen sobre restauraciones artísticas y, de paso, unos cuantos cientos entren de nuevo en una iglesia, aunque solo sea para comprobar que, en efecto, la vida imita al arte. 

sábado, 21 de julio de 2012

Al fondo,la playa, según Sáenz

Un interior abierto a un exterior. Una naturaleza que se cuela por la ventana. Estamos ante una obra no solo bidireccional sino también ambivalente. Un interior en el que cobra tanta importancia plástica el exterior no puede ser calificado de interior. Una naturaleza que solo puede asomarse por el ventanal no alcanza la categoría de paisaje. ¿Está el tema dentro o fuera? ¿Hay tema o, tan solo, una promesa, al fondo, de felicidad?

La cita de Bonnard no es, por otra parte, ninguna revelación. Observamos el mismo amor por los objetos cotidianos, por los lugares íntimos y por las vistas, por el verde frescor de la vegetación y por los azules del cielo y del mar, por la luz del mediodía. Asistimos a una celebración callada que transcurre sin apenas movimiento, en un altar luminoso y profano donde yacen algunas pocas cosas esenciales: unas plantas, un libro abierto con ilustraciones que se dejó sobre la mesa para ser retomado, una mecedora con el cojín aun caliente, un tapete de alegres flores que parecen conversar con las reales de afuera, una acogedora mesa para los placeres reposados y una rústica persiana enrollada que deja el hueco para el disfrute de una naturaleza en sazón. Indicios más que suficientes para pensar que lo que realmente el pintor celebra es su relación con los objetos y la comunión de éstos con la luz.

Así como refulge la sintonía entre naturaleza y civilización, se adivina una simbiosis entre el objeto y la luz: la presencia del objeto no es lo relevante aquí, sino el estudio de sus tonalidades según la luz que los anima. Lo orgánico en Joaquín Sáenz siempre es el aire. Aquello que nos permite disfrutar de la lenta y vibrante disolución de los objetos en la atmósfera.
También el encuadre quiere aparentar lo más sencillo y natural posible. Así, el ventanal se nos presenta de frente. Es el encanto del cuadro dentro del cuadro, de ese balcón abierto sobre un espacio absorbido por la luz, y no tanto para buscar la perspectiva como para poder evocar un radiante y privado trocito de paraíso a lo lejos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Una cabezada entre los pinos

No suena igual el viento entre los pinos que entre los eucaliptos. Entre los pinos su sonido se agrava, se demora, se enreda en sus densas copas mientras que en los eucaliptos el viento se escurre silbando y deja suspendido en el aire un ligero perfume a menta.
Esta mañana, con los primeros rayos de sol, me he dormido sobre un manto de agujas secas de pino. Al poco me despertó un intenso picor de hormigas y cuando he llegado a casa y me he quitado la ropa he reparado en el maravilloso aroma que traía conmigo y que aun guardo en la palma de una mano.

lunes, 9 de julio de 2012

Saramago, otra leyenda urbana

Ahora me entero de que José Saramago murió debiendo a la Hacienda española más de lo que yo voy a ganar de aquí a mi jubilación (si la buena suerte no lo remedia). El nobel fraude alcanza los 700.000€. Lo dice el Tribunal Supremo, que añade, en uno de esos típicos razonamientos de sentencia que solo dejan conformes a los que los redactan, que sus herederas quedan libres del pago de tal deuda por defectos de forma en la reclamación por parte de la Administración Pública.

Así que el buen samaritano de Saramago, que elaboró su reputación de defensor de los pobres, los humildes y los desheredados de esta tierra, novela tras conferencia, que, como buen comunista hasta la muerte, reclamó la obligada contribución de las grandes fortunas, vía impuestos, al mantenimiento del socialdemócrata Estado de Bienestar (al mismo Estado que, por cierto, acusaba de secuestrar libertades individuales, ¿se referiría al Estado Cubano, al Chino o al Coreano del Norte?, ¿pensaba acaso en la extinta Unión Soviética?), ese Saramago que también dejó una desconsolada joven viuda al frente de una Fundación, es el mismo Saramago que nuestro Tribunal Supremo acaba de declarar defraudador de la friolera de 700.000€.
Da pena comprobar cómo la tan cacareada honradez moral de Saramago era otra leyenda urbana. Y es que la prueba no falla: basta con que un inspector de Hacienda entre por la puerta de la casa de un progre oficial para que su discurso público de justicia y solidaridad sociales salte hecho trizas por la ventana.

miércoles, 4 de julio de 2012

Marina, eres una trapalleira

A la viuda de don Camilo parece que se le han acabado los días de vino y... pedrería. La (poquita) cosa tiene castaña y, probablemente, porque al refrán no le falte razón y la avaricia (mucho más, si es indisimulada) rompe el saco, Marina se va a quedar con lo puesto, aunque en su caso sea un bolso de Hermès y un cartier dorado.
En su día -¿se acuerdan de aquellos años prodigiosos en los que el último en llegar siempre era el más tonto?- entró a degüello en el matrimonio del orondo y flatulento novelista porque, según tengo entendido, Cupido le dijo al oído que la manera más rápida y segura de pasar de vulgar plumilla coruñesa a marquesa de Iria-Flavia (marquesa consuerte, por supuesto) era acariciando la tripa del más tripudo de los autores hispanos. Y trepando, trepando hasta la misma tripa llegó. Y una vez allí, Cupido le volvió a soplar que, ya puesta, hiciera de tripas corazón.
Marina tenía apenas veintidós años pero alguna experiencia en la Marina Mercante (consulten si no su biografía) y muy claro las marcas de zapatos, relojes y bolsos que precisaba para disimular su menudencia.
Midió bien los tiempos y al poco se convirtió en viuda, viuda de un nobel con Fundación y un sinfín de derechos de autor. Ahora amenaza con publicar sus memorias (aunque estoy seguro de que lo único que nos puede interesar de ellas lo eludirá) en una operación de marketing que dosifica con femenino cálculo, a ver si consigue recuperar algo de la liquidez que le va a faltar cuando tenga que afrontar las cuantiosas indemnizaciones al hijo (ilegalmente desheredado) del escritor y ¡ay, que Hacienda también eres tú!, una probable sentencia condenatoria por delitos tales como fraude fiscal, estafa y malversación de caudales públicos.
¿Qué vería en su sonrisa paralizante, en su mirada astuta, en sus córvidos gestos el septuagenario Cela? Probablemente nada, estoy porque Cela se fijaba a su edad en otros detalles, en otros talentos...
Pobre Marina, ¡cuánto debe de estar echándolo de menos! Seguro que se acuerda de cuando él vivía y ella simultaneaba sueldecillos del ABC, Onda Cero y Tele 5. Ahora me dicen que le queda una corresponsalía colombiana, que no le dará ni para comprarse un Casio en los chinos.
Marina que, sin duda, leyó La Celestina tomó prestada su divisa, "a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo", sin reparar en que a la alcahueta la liquidó el servicio. No sé cómo terminará Marina pero, por ahora, en el baile de nóminas que se traía con tres empleados de su servicio ha tropezado con  la Seguridad Social que ha descubierto, junto con la Fiscalía, un entramado de sociedades interpuestas para no pagar el IVA.
Espero que Marina, entre toga y toga, encuentre un rato para terminar sus memorias. Si lo cuenta todo seguro que nos las leemos. Y se forra, aunque quede como lo que es, una... trapalleira.

viernes, 29 de junio de 2012

Holanda o el Arte del Comercio

Se pregunta Félix de Azúa qué pudo suceder en la Holanda del XVII para que sus artistas se decidieran a iconificar, a abstraer por elevación artística, aquellos objetos a los que nadie había concedido valor alguno hasta que un Terborch, un Brouwer o un Vermeer repararon en ellos. ¿Por qué entretenerse en capturar lo más efímero, lo que al estar de sólito tan cerca de nosotros terminamos por no ver? De Azúa se refiere, por ejemplo, a "mesas de taberna (...) interiores domésticos con madres atareadas, cocinas, patios de vecinos, calles, plazas, alcaldías, paisajes con granja, con gallinas, patos, cerdos, vacas (...) alfombras, sobres de cartas, abejas, un racimo de uvas polvorientas (...) una bacinilla, la fiesta de pueblo con parejas fornicando en un pajar (...) En fin, la vida corriente".

Brouwer
Y antes de intentar contestarse, de Azúa considera que después de Terborch, Brouwer, Vermeer o Rembrandt los holandeses perdieron la titularidad y, lo que es peor, el disfrute íntimo de esas cosas de la vida corriente que hasta el momento habían pasado inadvertidas (al menos para el arte). Y, por supuesto, detrás de los holandeses, todos nosotros.
"En el momento en que fueron elevados a obra de arte, aquellos objetos y momentos de la vida común dejaron de ser instantes y cosas personales, individuales, inconfundibles, vivientes y se convirtieron en signos perfectos". Así pues, el arte holandés, tan pegado al hombre y a su vida en el burgo, "condena a la eternidad", abstrae y petrifica al hombre y a su vivencia en el burgo.
Y, todavía, un poco antes de arriesgar su respuesta, de Azúa nos ofrece algunas explicaciones ajenas: "hay una vieja leyenda que explica este misterio mediante una adulación al pueblo holandés, el cual habría ganado su tierra al mar y a los poderosos ejércitos español y francés con tanto sacrificio, tanta inteligencia, tan sobrado coraje, que en cuanto gozaron de una minúscula paz miraron a su entorno como solo se mira a lo divino y pidieron que se detuvieran los amados objetos comunes, lo cotidiano, el milagro de la vida vulgar, que se eternizara para luego colgar de sus paredes ese milagro que es un vaso de vino, nueces de cáscara rota, viejas botas o naipes fatigados".
Recupera, acto seguido, lo que Hegel pensaba de los holandeses: "establecidos ya en su paz, en su negocio, en sus bellas y limpias casas repletas de objetos valiosos (...) se enfrentaron a un horizonte de espesa bruma, a una atmósfera gris, de modo que buscaron con enconada fascinación las luces, los reflejos, la coloración y los juegos lumínicos". Pero la idea no le convence y de Azúa se anima a ofrecernos su propia explicación:
"Fue, creo yo, la terrible inanidad de la vida vulgar tan duramente ganada lo que les llevó a proponer una eternidad alternativa (pero solo figurada) (...) la nueva guerra de la insignificancia del vaso de vino, del naipe viejo, de la muchacha blanca como una oca. En esa novedosa batalla, exenta de heroicidad y grandeza, ya no se puede vivir pegado a lo inmediato y entonces el tiempo se alarga, se impone la abstracción de lo efímero y la transacción comercial, el balance, son más fuertes que la lucha contra el mar o la muerte. Todas las cosas y el sostenerse las cosas en el tiempo pasaron a ser mercancías y signos de mercancías".

gerard terborch
En otras palabras, el holandés fue el primer pueblo que reparó en el potencial significado extra-ordinario de las cosas corrientes de la vida y eligió representarlas con arte, elevándolas, así, a "signos de mercancías".
Y concluye de Azúa: "en las quietas calles de Harlem suena la hora de fundirnos en los estados, en su administración, sus tribunales y la agitación del comercio".
Y, en efecto, en eso seguimos, analicen las cumbres de Bruselas si no, pero, sobre todo, siguen los holandeses...

lunes, 25 de junio de 2012

Holanda en pedales

Este verano voy a andar por Holanda. No es la primera vez que voy pero en las dos ocasiones anteriores no salí de Amsterdam, una ciudad, dicho sea de paso, donde es difícil aburrirse si lo que a uno le gusta es lo que a mí me gusta. Me refiero, naturalmente, a los jardines, los mercadillos, la arquitectura urbana y el arte flamenco, de Brueghel el Viejo a Van Gogh.

 
Esta vez voy con más tiempo y con la intención de darme una vuelta por todo el país. Y en estos casos tengo por costumbre, además de llevarme una buena guía y una lista manuscrita de museos, palacios e iglesias inexcusables, leer cuantas opiniones caigan en mis manos sobre el pueblo a conocer de personas en cuya solvencia intelectual creo. Y en esas estaba cuando me topé con unas notas del mejor vestido de nuestros filósofos, Ortega y Gasset, que en su día se publicaron en el diario argentino La Nación. En ellas, con su habitual sentido del humor un tanto remilgado, el pensador madrileño se fija en lo que considera algunos de los rasgos distintivos del pueblo holandés, a saber, su natural sentido de lo práctico y su arraigada tendencia al ahorro.
No me juzguen mal si creen que les he destripado el intríngulis. En Ortega la carpintería, en demasiadas ocasiones, importa más que el mueble. Así que lean, lean y disfruten (si son capaces) del pensamiento en marcha de don José:
" Hablemos de las bicicletas en Holanda (...) La cosa no tiene remedio: lo primero que al llegar a Holanda pasa al viajero es que le atropellan las bicicletas (...) Holanda es un país habitado por ocho millones de hombres y cincuenta millones de bicicletas (...) En Holanda va en bicicleta todo el mundo: el rico y el pobre, el joven y el viejo, el hombre y la mujer, el súbdito y la autoridad (...) Pero sería impreciso suponer que es la abundancia de ciclistas lo que efectivamente sorprende. No, lo que extraña es el uso de la bicicleta (...) Los demás pueblos del mundo consideran la bicicleta como un aparato adscrito al juego y al deporte (...) Y su aprovechamiento secundario se reduce a lo estrictamente inexcusable: sólo se acude a él cuando no hay otro remedio o cuando la humildad de los medios económicos lo impone como una triste necesidad (...) Pero en Holanda todo el mundo va en bicicleta, cualquiera que sea su edad, su sexo, su volumen, su fortuna agita sus piernas sobre los pedales como si fuera lo más natural del mundo (...) Que personas de edad y volumen caminen en bicicleta constantemente en medio del tráfago de una gran ciudad es estúpidamente arriesgado, es injustificadamente fatigoso y es... deplorablemente antiestético (...) El holandés sabe que su uso de la bicicleta es arriesgado, fatigoso y antiestético, como podamos saberlo nosotros. Pero sabe también que es el medio de locomoción más barato y, a diferencia de nosotros, prefiere la calidad "baratura" a la belleza, a la comodidad y a la evitación de riesgos. En esta preferencia radica su absoluta responsabilidad (...) Probablemente a un buen holandés le parecerá absurda nuestra impresión. Pues qué, ¿no es importante que un problema práctico se resuelva del modo más barato posible? Sin duda -diremos nosotros- la cuestión está en si eso es más importante que la belleza, que la comodidad (...) ¿Por qué no hacer de sí mismo, un poco, fiesta para el prójimo? (...) ¿O es que el holandés sabe que tampoco el otro se fija en él porque también le preocupa demasiado el lado económico de las cosas; es decir, que el holandés no existe para el otro holandés como el ser que cada cual es, sino sólo indirectamente, en cuanto interviene en una relación económica y sus derivadas (...) pero no frente a frente, escuetamente, hombre frente a hombre?".
¡Jesús! La conclusión me pone un poco nervioso: ¿Acaso voy a ir a un país en el que para existir como hombre voy a tener que sacar mi cartera? ¿Me tratarán los holandeses como a un ser humano sólo si consumo y pago lo justo por lo consumido?
Y lo que es peor: ¿voy a estar quince días conviviendo entre fantasmas que andan a dos ruedas?
En fin, espero volver para contarlo.

 

viernes, 22 de junio de 2012

Pérdidas Horribles (del Arte)

Muy cerca de la capilla degli Scrovegni, en la iglesia de los Eremitas de Padua, Mantegna realizó una serie de frescos sobre temas incluídos en la leyenda áurea, ciclos dedicados a San Cristóbal y al apóstol Santiago. Pero la fatalidad quiso que, después de más de cinco siglos intactos, los bombardeos de la última Gran Guerra destruyeran la mayoría de estas obras excelsas. Es una pérdida horrible porque seguramente pertenecían a uno de los conjuntos artísticos más grandes de todos los tiempos.
De una manera similar a como Giotto o Masaccio imaginaron la realidad, Mantegna se enfrenta a su tema. Pero el criterio acerca de lo que se creía la realidad había cambiado y con Mantegna había alcanzado mucha mayor exactitud y rigor del que tuvo en época de Giotto.


El 11 de marzo de 1944 el renacimiento italiano y con él, toda la historia de la pintura occidental, sufrió una amputación irreparable y hoy, cuando entramos en la capilla Ovetari del templo de los Eremitas, solo podemos contemplar con impotencia muda los restos al fresco de dos paneles inferiores de la pared derecha, y porque se desprendieron a finales del XIX por su mal estado para una futura reparación.

jueves, 7 de junio de 2012

Indigencia del Arte Conceptual

El ensayista y comisario de exposiciones alemán Boris Groys en entrevista concedida a la periodista Laura Revuelta afirma con respecto al muy estudiado (por él) arte conceptual ruso: "la verdad es que la gente no quería producir ninguna obra maestra. Básicamente, lo que pretendían era reflejar diferentes procesos culturales, sociales y políticos con ayuda del arte".


Y no sé si muy consciente de sus palabras (aunque sospecho que sí, el señor Groys es alemán) da con una de las claves de la esencia del movimiento conceptual, a saber, que el arte no es más que una muleta para ayudarse a andar por los territorios de lo sociológico. La renuncia, la falta de aspiración a la excelencia artística del arte conceptual salta, así, a la vista. El nuevo artista conceptual está, entonces, en otras cosas, básicamente en hacer de su trabajo un canal más de interpretación de lo político, social y cultural. Pero en modo alguno en esforzarse por conseguir una nueva obra maestra, en centrar sus esfuerzos de artista en el avance del arte, su, en principio, opción personal.
Querer hacer, pues, una obra maestra, tan siquiera una obra con estricta voluntad artística es una opción, para él, anacrónica y estéril. Preferible le parece el destino, más prosaico y llevadero -pero sobre todo más rentable-, de peón del cambio social y político, en el hipotético caso de que se produzca, como ocurrió en la Rusia bolchevique. Por eso el arte conceptual es un arte necesariamente subvencionado por las instituciones públicas del nuevo establishment político. Ambos se necesitan mutuamente, aunque uno mucho más que el otro para poder sobrevivir.