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viernes, 12 de julio de 2013

Valentino, Brando: dos rostros, dos mundos.

Hay rostros que expresan un siglo y acaban por ser el epítome de su época. El de Rodolfo Valentino lo es del siglo XIX, que sociológica y culturalmente expira en la década de los felices 20, al poco de apagarse la gran fogata de la Primera Guerra Mundial. Valentino era la imagen perfecta del cine mudo, es decir, una impecable fotografía en blanco y negro. La foto de un rostro sin tacha, de una masculinidad sin aristas, limpia, serena, casi andrógina. Un rostro que podía contener todos los rostros de los hombres, concebido por el cine para que ningún hombre se sintiera expulsado. Una cara con ambición de eternidad, sin apenas peculiaridades pero con el calculado atractivo para remover el instinto femenino, ese admirable revuelto de erotismo y amor maternal.

Rodolfo Valentino
Así, el rostro de Valentino es más bien una idea. En cambio, el de Marlon Brando es un acontecimiento, casi un terremoto de los sentidos. Si Valentino era el hombre (tal como se sublimaba hasta la llegada del siglo XX) Brando es ahora un hombre; nada menos que un hombre, pero de la cabeza a los pies, es decir –y aquí radica la principal diferencia-, de cuerpo entero.
Frente a la máscara invulnerable y perfecta de Valentino, el cuerpo trabajado y levemente transpirado de Brando, su rostro peculiar, tentador, casi impúdico.
Brando, nacido cuando moría Valentino, es la irrupción del siglo XX, la encarnación explícita de la ambición y la voluntad de ser un hombre. Frente a la impoluta abstracción de Valentino, la realidad tangible y presente de Brando.

Marlon Brando
Para ser Valentino era suficiente con un rostro, Brando necesitó para ser Brando de todo el cuerpo. El siglo XX es corporal.
Pero a Brando la edad terminó por convertirlo en un ser humano y eliminó cualquier posibilidad de mitificación. Valentino, en cambio, murió justo a tiempo, y desde ese instante no ha dejado jamás de crecer como mito.



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