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sábado, 20 de julio de 2013

L´Amour chez Haneke

La sórdida cotidianidad de la vejez, su penuria, solo será redimida por el amor. De ahí la elección del título, su perfecta conveniencia.
Haneke vuelve a poner su cámara frente a cuestiones esenciales para escrutar con su ojo clínico, de una gélida templanza, aquello que más nos concierne. Vi la película en casa y era de noche. Esto quizá también contribuyó a potenciar mi receptividad. En el cine siempre hay alguien que comenta algo dispersivo, que hace ruido, que se levanta.
Haneke es un moralista, como casi todos los hombres sabios. Un moralista no tiene, necesariamente, nada que ver con un predicador.  Haneke no predica, dice las cosas fragmentariamente, con sutileza, como al bies.


Y en esta película lo que dice es que el amor, el más maduro de todos los sentimientos, puede ser también la más infalible posibilidad de redención.
En este sentido, su obra me recordó la narrativa de David F. Wallace. Ambos ejercen como nadie en estas últimas décadas la capacidad de alterar a quien se siente cómodo. Wallace murió, Haneke felizmente sigue vivo.
En las películas de Haneke se habla poco y se mira mucho. Como Wallace en su narrativa, evita el psicoparloteo y el relleno naturalista. Y como en Wallace, en su filmografía se defiende sin complejos que la verdad tiene que ver con la vida antes que con la muerte, y que la vida es siempre algo deficiente y ligeramente desalentador.
Y ante tal panorama la pregunta que ambos parecen querer plantearnos es: ¿cómo es que nosotros, en tanto que seres humanos en un mundo agresivamente materialista, aun somos capaces de alegrarnos, ser caritativos y agradecidos, mantener relaciones auténticas y estar dispuestos a luchar por cosas tan valiosas que no tienen precio?

Esa es la cuestión.

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