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jueves, 11 de julio de 2013

La Roma del XIX: destino de pintores.

La nómina de pintores españoles residentes en Roma en la segunda mitad del siglo XIX es amplísima, de proporciones oceánicas. Por citar algunos nombres de ese apretado manojo destacamos los de Juan Agrasot, Germán Sánchez Algeciras, José Villegas, los hermanos Benlliure y los hermanos Jiménez Aranda, Eliseo Meifrén, Moreno Carbonero, Francisco Pradilla o Tomás Moragas. Todos ellos, en fin, coetáneos de Marino Fortuny y Eduardo Rosales, las dos grandes referencias españolas de la ciudad italiana por aquellas fechas. La presencia de estos dos pesos pesados de la pintura fue, desde luego, determinante para atraer a una joven generación de artistas a Roma, no solo porque buscaran su ilustre magisterio a la vez que una más completa formación pictórica en las prestigiosas academias romanas, sino porque también las posibilidades de venta y, por consiguiente, de reconocimiento público aumentaban exponencialmente en una capital donde el comercio del arte aun seguía imponiendo una visita periódica a los principales marchantes y coleccionistas europeos y americanos.

Estudio romano de M Fortuny
Así las cosas, Roma aparecía para un joven pintor español como la opción, si no más apetecible, al menos más práctica: la proximidad del idioma, un pasado reciente lleno de vinculaciones históricas, políticas y culturales, y una luz meridional de pareja vivacidad eran ventajas añadidas sobre la otra opción, la parisina. Junto a París, Roma seguía siendo la otra capital artística de Europa. Y fueron los artistas españoles los que supieron imponerse allí por encima de cualquier otro grupo nacional.
El crítico Diego Angeli en Le cronache del Caffé Greco, compendio de la vida artística y cultural de la Roma decimonónica, afirma sin ambages que los artistas españoles fueron los que dominaron el ambiente pictórico de la ciudad, especialmente entre los años 1865-1885, hasta el punto de que los salones más exclusivos les abrieron las puertas, logrando una posición jamás alcanzada por ningún otro grupo de artistas en esa época en la ciudad.
Muy pronto, sin embargo, el destino les tenía reservadas unas muertes prematuras primero a Rosales y, un año después, a Fortuny, acabando con dos carreras que de haber seguido en activo hubieran dado de sí seguramente lo mejor de su cosecha. Llegados a Italia con 22 años el madrileño y apenas 20 el catalán, tienen que aprender a abrirse camino en una ciudad donde aun conviven el nazarenismo en declive de un Overbeck y compañía con una pléyade de pintores costumbristas proclives a la pintura de ruinas y anécdotas de una idealizada vida popular salpicada de ciocciari, albanesi y pifferari ataviados todos ellos a la campesina usanza. Ni que decir tiene que la mayoría de los artistas españoles tuvieron que adaptarse a esos gustos y suministrar al comercio del souvenir italianizante cuadros costumbristas de esa naturaleza para poder sobrevivir durante sus respectivas estancias.
Retrato de Fortuny como Hamlet. E Rosales

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