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martes, 6 de diciembre de 2011

Juan José Fuentes: el artista bifronte

A principios del 2008 la galería Concha Pedrosa de Sevilla se arriesgó con una exposición más o menos panorámica de la interesantísima obra del siempre joven artista Juan José Fuentes. Digo que arriesgó porque en los tiempos que corren en la ciudad del Guadalquivir navegable la obra de un pintor como Fuentes es, cuando menos, desconcertante; y no, precisamente, por falta de calidad. El artista me pidió para el catálogo de la exposición un texto razonado en el que su obra se viera suficientemente contextualizada y analizada. Lo titulé "El artista bifronte" y esto es lo que dije:

JUAN JOSÉ FUENTES, EL ARTISTA BIFRONTE
Se cumplen ahora dos años de la última individual de Juan José Fuentes en Sevilla. Y repasando aquella exposición, así como las anteriores, constatamos una gratificante consonancia de asuntos y formas (si acaso algo más aligerada la composición conforme pasa el tiempo) que hace de la carrera de este pintor una empresa de largo alcance muy cuidadosamente planificada. Instalado en ese proyecto postmoderno de reedificación de la figura después de los destrozos causados por las guerrillas minimalista y conceptual, su formación académica y su arsenal expresivo, deudor de las últimas tendencias del siglo pasado, lo facultan sobremanera para destacar como uno de los más interesantes valedores del retorno a la figura.
penck, 1982
No es la suya una figuración interesada en lo psicológico, sino por encontrar cauces suficientemente anchos por los que pueda discurrir la energía psíquica de un inconsciente revoltoso en permanente estado de ebullición. Su repertorio de imágenes, al que somete a una constante distorsión de las formas, bebe tanto de la estética pop como de un postexpresionismo de raíz centroeuropea. En la órbita de la Bad Painting americana,  JJF practica, especialmente en sus grandes lienzos, un feísmo funcional más cercano, para entendernos, al mundo del Polke de los años 70 o de un Penk que al realismo brutal de Leon Golub, por ejemplo. 
 De este modo, nuestro pintor evita la fetichización de la fealdad, con su correspondiente carga de enojoso sensacionalismo. No hay, por tanto, en su obra celebración alguna de lo feo, ni social ni emocional. Y aunque conviven los elementos desaliñados con otros de concentrada insistencia, se observa en sus cuadros una indisimulada voluntad de dar gusto a los sentidos. Puede que evite los estímulos retinianos pero sus obras se disfrutan de un modo muy sensorial. En esto, las interacciones de los colores complementarios, aplicados casi sin mezcla, juegan un papel primordial.
Lo que en esta ocasión se nos ofrece es, pues, un plantel de obras de variada condición y miscelánea técnica que, amén de suponer un jalón más en el largo trayecto de su carrera, reafirman el dominio de un estilo ya previamente definido: ausencia de modelado y perspectiva, figuras y formas esquemáticas y antropomórficas que se sitúan en un espacio apenas sin profundidad a través de superficies de color plano con añadidos superpuestos a modo de collage. Estilemas que conforman el universo plástico de JJF y que, en buena parte, derivan de las lecciones aprendidas de grandes maestros del siglo pasado como Picasso o Matisse. Tanto del ciclo G´nawa como de los grandes lienzos se desprende la impresión de estar delante de un artista esquivo y como a lo suyo, pero consciente hasta el detalle de los vericuetos del terreno que pisa y sólidamente instalado en una maestría sin sombra de amaneramiento. Con una felicidad creativa parecida a la de la juventud, mas ahora con la solvencia y seguridad de los años de maduración. 


Un artista que nos presenta, en esta ocasión más que nunca, un trabajo de doble perfil. Por un lado, la serie de papeles, inspirada en el arte ritual G´nawa, originario de Marruecos, en la que muestra su faceta más gozosa. Y por otro, los seis lienzos en los que despliega unas maneras más vehementes. 
La genealogía del ciclo G´nawa habría que rastrearla en los veranos pasados en la costa marroquí de Essaouira y en la afinidad sensible del propio artista con esa música repetitiva de trance que se practica en el oeste marroquí. Al igual que en esa música, a lo largo de toda la serie se van repitiendo tanto el esquema como la estructura de composición: el motivo central, dominado por el color en aguada, es siempre previo y hecho en Marruecos, mientras que los estilizados cuerpos humanos que actúan como encuadres son  posteriores (realizados en el estudio) y en tinta china. Con todo, lo más significativo de los papeles G´nawa es que en ellos JJF pone en práctica las lecciones principales de la gran escuela figurativa francesa del siglo XX (cuyas dos referencias básicas son Matisse y Picasso) dominada tanto por el decorativo y equilibrado predominio de las grandes y uniformes superficies de color cuanto por la calidad sensual de la línea. 
Insistiendo en los conocidos estilemas de Matisse, JJF se deleita en el subrayado del contorno de las figuras hasta convertirlo en un expresivo y delicado arabesco al que hace bailar a lo largo de toda la superficie una sinuosa y rítmica danza. De tal forma que si esa línea melódica lo requiere, distorsiona las formas naturales sin el menor titubeo. Transformaciones que afectan también a las proporciones corporales, las cuales parecen obedecer únicamente a planteamientos de composición sin tener en cuenta las leyes tradicionales de la perspectiva. Es evidente, pues, que el artista nos vuelve a situar frente al nuevo concepto pictórico del espacio que Matisse desarrollara de manera tan ejemplar. Es así como comprobamos que la esquematización o incluso anulación del paisaje natural se traduce en superficies planas, al tiempo que el color absorbe los pocos elementos atmosféricos del espacio. Por último, la luz no encuentra dirección alguna, sino que emana como fuerza autónoma desde las distintas áreas de color. De este modo, el color es precisamente el elemento que se convierte en dominante en la serie de papeles G´nawa.

Matisse, 1952
Salta a la vista que cada recurso plástico –línea, forma, luz, espacio, color- ha sido tratado de manera autosuficiente; interactúan “a posteriori”, pero no se interrelacionan necesariamente en la mente del artista “a priori”. El objetivo, como en Matisse tantas veces, es llegar a alcanzar a través de una especie de pacto dialéctico entre los distintos elementos formales ese “espacio espiritual” (por emplear la propia expresión matissiana) en el cual la belleza desvelada de la naturaleza supera al mero fenómeno natural y aparece finalmente como pura armonía. No hace falta insistir en que no se trata de reproducir sino más bien de evocar una nueva armonía, paralela a la naturaleza y sus formas, en la que la creatividad del artista pueda encontrar los encantos que origina el gozo de vivir. Es  como si una especie de “expresión íntima” se revelara desde el principio como el auténtico contenido. 
En cambio, el tratamiento estilístico y las fuentes de inspiración de los grandes lienzos son de naturaleza bien distinta y recorren una larga parábola que va desde las corrientes figurativas expresionistas de Centroeuropa (el Heckel de los años 20, Schmidt-Rottluf o Beckmann) hasta la figuración graffiti, el movimiento pattern & decoration y la mal llamada bad painting americana (Philip Guston, Joyce Kozloff o el alemán Polke por citar tres nombres que permean el modus operandi de JJF y suministran ciertas claves significativas de su pintura).
Por un lado, en la base del empleo combinado que el artista hace de los recursos plásticos antes citados – línea o trazo, forma, color, luz, espacio- encontramos la marca de un expresionismo figurativo a lo Heckel y quizá más en concreto, a lo Beckmann.  Trazos chocantemente duros, angulares, como los del grabado, líneas como incisiones, formas nerviosas y agresivas que evocan la tosquedad del arte primitivo, colores demasiado definidos, rechazo frontal de una iluminación ilusionista y, en última instancia, una división de la superficie regida por la fragmentación impulsiva.
Aquel armónico equilibrio que tan bien se ajustaba al goce de los sentidos practicado en la serie G´nawa se torna ahora expresión violenta, deliberada tosquedad formal y composición yuxtapuesta, reflejo, todo ello, de una psique irónica y atormentada a partes iguales. Ironía y tormento (dos condiciones visiblemente modernas) que volvemos a encontrar reelaboradas en la ambigua figuración practicada por muchos de los artistas vinculados a los movimientos graffiti, pattern & decoration y bad painting, hermanos transatlánticos del neoexpresionismo alemán y la transvanguardia italiana.
Los seis lienzos de 2m x 1,65cms. que en esta ocasión el pintor nos presenta debieran situarse, por tanto, en la estela de aquella parábola a la que antes nos referíamos. Incardinados en lo que de manera harto vaga se dio en llamar a finales de los años 70 “New Image Painting” verificamos en ellos la supremacía de la imagen emocional y expresiva, ejecutada en un estilo figurativo estridente y de reminiscencias bárbaras. Ese cultivo de una descarada tosquedad, amén de perseguir el efecto emocional, nos reta a percibir la ironía. Ya sea a propósito de los desastres de la guerra (“Atómica Boom”) o bien de la degradación ambiental (“Gases”) JJF se sirve de un lenguaje visual plagado de paradojas, anacolutos e hipérboles para reflexionar irónicamente sobre determinados temas calientes de nuestra vida pública. Y a través de ese lenguaje se entrega a una figuración bárbara que se expresa en un discurso lingüísticamente no demasiado introvertido sino más bien abierto a un tercero, situado generalmente fuera del arte. Esta invitación facilita al espectador el que pueda entrar en el espacio reservado del artista y desentrañar, así, de sus elementos icónicos sus significados alegóricos. A veces, como en “Atómica Boom”,  hay alusiones a la Historia, pero no con la intención de intervenir en su decurso, sino como simple voluntad de expresar el mundo desde una posición ajena, por completo, a la utopía y a la hermenéutica del artista ideólogo o chamán. Lenguaje que, en sí mismo, es también parodia del pop-art. Así deben entenderse tanto las citas gráficas como el empleo selectivo del collage y el uso de materiales mixtos en pos de un decorativismo de efectos impredecibles. En suma, parodia del pop-art y refutación del rigor y la frialdad del minimalismo. Recordemos, por ejemplo, al Polke de los años 70, ocupado en sus investigaciones texturales con papeles pintados y tejidos estampados que actuaban de fondos, no exentos de cierta ironía decorativa, en sus obras. 
En este sentido, no debiéramos pasar por alto que, en última instancia, esta forma de acometer el cuadro significa una vuelta a la pintura, un acto de fe en la presencia de la pintura, después de los incesantes y pesados ataques sufridos por obra de los nuevos iconoclastas de las facciones minimalista y conceptual. Si examinamos en profundidad estos lienzos caemos en la cuenta de que en ellos se evidencia, aunque de manera genérica, el desarrollo de una historia, de una cierta narratividad que no es linealmente legible, pero que es legible.
A partir de un repertorio de imágenes de vocación figurativa pero de gramática desaliñada y sintaxis inicialmente automática, JJF nos ofrece, en obras como “Acoso del Ave Fénix” o “Escalador”, verdaderas historias. En el primer caso, su lectura viene indicada por su título y requiere, por tanto, una cierta familiaridad con la leyenda del más hermoso ave de la creación.  Y así como, según algunos mitógrafos, el fénix cuando siente aproximarse el fin se acuesta en su nido de plantas aromáticas y muere con la cabeza tapada, impregnándolo todo de su semen, vemos en el cuadro su correspondencia plástica en esa figura yacente e invertida que esconde la cabeza entre sus envolventes brazos/alas al tiempo que, alrededor de su tumba/nido, un mar de brochazos blancuzcos, como salpicaduras de semen, invaden las tres cuartas partes inferiores del lienzo. Mientras esto se nos sugiere en la parte izquierda, en el lado derecho, a la manera de un falso díptico (distribución espacial, por cierto, típica del artista) contemplamos una figura sentada, de femeninas turgencias y rosadas carnaciones que, como el sacerdote egipcio del mito alado, parece sostener algo entre sus manos. Si para Herodoto era un papiro en el que aparecía dibujado el soberbio pájaro según la iconografía de los libros sagrados y que servía para poder reconocerlo entre las aves del cielo, en JJF lo que esta contrafigura viva nos muestra es también una obra de arte, un cuadro dentro del cuadro que, añadido tal collage y en relación con los otros tres añadidos, nos remite a los ciclos de la naturaleza y la vida, citada de manera expresa en el término griego “bio”. Todo un juego de complejas correspondencias culturales que activan la narratividad de la obra.

cabeza rubia (óleo s. lienzo)
El caso de “Escalador” es bien distinto. El falso díptico ha sido esta vez sustituido por un solo escenario en forma de damero irregular en cuyo centro se representa una escena de ascensión subrayada por las dos diagonales que acotan el escenario. La significación de esa figura a caballo entre el pólipo y el hombre es ahora más abierta. Y su elevación en diagonal, cruzada con las dos líneas de acotación, puede apuntar tanto a una interpretación biológica, en la que un ser, que nos remite al Picasso más biomórfico de los años 30, asciende de las profundidades de la tierra (apuntada por los tonos marrones de la parte baja del damero) al aire libre de un cielo de un azul marino que más bien parece un emblema de la felicidad, cuanto a una interpretación de carácter más religioso, si reparamos en la metáfora de la escalera que aparece en la espalda del protagonista antropomórfico y que, a su vez, nos remite al mito bíblico del sueño de Jacob, en el que ascendían y descendían por una escalera los ángeles de la tierra al cielo y viceversa.
En cualquier caso, queda patente el contenido discursivo en los lienzos de JJF. Contenido que existe a condición de que pueda abrirse a varias y hasta a contradictorias lecturas paralelas. Narraciones que coexisten calidoscópicamente y que admiten el contagio de argumentos. Igual que en lo formal conviven también los elementos figurativos y abstractos: generalmente, formas biomórficas imbuidas de fisicidad y, en ocasiones, hasta de sensualidad, superpuestas sobre fondos a base de manchas, franjas o patrones ornamentales que ocupan la práctica totalidad del espacio pictórico.
Salta a la vista la conexión psicológica con el Barroco y su acreditado “horror vacui”, que en el caso de nuestro pintor se materializa, sobre todo, en la creación de obsesivos efectos decorativos de tipo atmosférico. Otra más de sus conexiones con artistas como Miriam Schapiro o Joyce Kozloff, en su día muy cercanos a la estética Pattern.
 Son obras que respiran un ambiente cargado en el que la confusión de elementos, planos y escalas contribuye a dificultar la atención focal del ojo, que apenas puede más que realizar una mirada nerviosa y descentrada. Como si se deslizara al ritmo sincopado de una improvisación jazzística. Un ejercicio, a su modo, terapéutico donde gracias a la fusión y combinación de contrarios se pueden volcar las obsesiones existenciales de un modo bastante intuitivo. Sin embargo, el resultado es la creación de un mundo, paradójicamente, sin amargura, de una cosmografía casi feliz. El mundo de JJF está amasado con asombro y desinhibición a la vez. En él descubrimos ese estado de liberación de la psique que termina por salvaguardar su obra del absolutismo y el fundamentalismo estéticos. A veces, asumiendo el riesgo de acercarse a lo banal, quizá porque lo banal suele resistirse a ser objeto de análisis. Su ausencia de solemnidad es lo que lo coloca precisamente al lado de las cosas reales, para descubrirlas “de nuevo”. No le interesa la psicología sino la liberación de la energía psíquica. Y en este sentido sus obras son especulares, pues a ellas se asoma y en ellas se confiesa desarrollando un relato autobiográfico por imágenes, de naturaleza bipolar: en lo personal, no se exime de la tarea de aceptar su personalidad como resultado de ese proceso autoanalítico. En lo social, no evita dejar patente su interés por determinadas cuestiones generales que, en un momento dado, puede trasladar al lienzo. Una obra, en fin, que se consolida con el paso del tiempo y que tiene la hoy rara virtud de no dejar indiferente a nadie.

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