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martes, 13 de diciembre de 2011

Maledicencias de artista (III)

Es bien sabido que Manet nunca se sintió demasiado a gusto en el grupo de los impresionistas y que su alto concepto de sí mismo no le ayudó demasiado a granjearse aliados entre sus colegas así como tampoco a escapar en vida de un no más que ahogado acomodo. La suya era una personalidad muy distinta de la de Renoir, pero sobre todo de la de alguien como su casi tocayo Monet. Una personalidad abrasiva que tendía a ocupar todo el espacio que pisaba.
A este trío de ases compete, por cierto, la anécdota que aquí cuento:

Una tarde que estaba Vollard admirando la portentosa colección privada de Monet en Giverny quiso detenerse un momento ante el cuadro que Renoir hizo de la familia del pintor de las Nympheas en un exterior ajardinado. Monet que repara en la atención del marchante le dice: "¿Sabe usted que un día que Manet se ofreció a pintar a mi mujer y a mi hijo, Renoir, que estaba presente, también se animó a ello? La cosa es que los dos terminaron tomando un lienzo y trabajando el mismo tema a la vez. Cuando el cuadro de Renoir estuvo terminado, Manet no pudo resistirse y me llevó a un aparte. "Monet -me dijo- usted que tiene tanta confianza con Renoir, debería aconsejarle que no insista en seguir pintando y dedique sus esfuerzos a otra cosa. Ya ve usted que no sirve para la pintura".
Vollard no añade nada más al respecto, pero estoy seguro de que el bueno de Monet, desde la atalaya de su espléndida madurez, optó por no decir nada ni a uno ni a otro.

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