Son muchas las cosas para las que el arte es inútil. No
devuelve la vida a los muertos ni logra la paz donde se propaga la guerra. No
puede dar agua al que agoniza de sed ni sombra al que vive en una tierra sin
árboles. No cura el cáncer o el sida ni detiene el avance de la desertización
planetaria. Y aún así su valor es incalculable: es capaz de parar nuestro paso,
de hacernos conscientes de nuestra propia vulnerabilidad como seres humanos y
de nuestra capacidad como seres sensibles, de dejarnos muchas veces sin
aliento. Tiene su manera de curar las heridas y de mostrarnos, incluso, que no
todas las heridas necesitan curarse, de que una cicatriz bien llevada puede, a
veces, mejorar nuestro aspecto. Y, sin duda, nos socorre y alivia el daño de
las desdichas que sin excepción a todos nos infligirá la vida.
lunes, 6 de noviembre de 2017
viernes, 5 de mayo de 2017
Gottlieb y Rothko:contra la interpretación
Que Mark Rothko y Adolph Gottlieb mantuvieron desde casi el
inicio de sus carreras una estrecha e intelectualmente activa amistad es un
hecho de sobra conocido. Baste citar, sin ir más lejos, la famosa carta al
responsable de Arte del New York Times
de junio de 1943 o la transcripción de la entrevista radiofónica para una
emisora neoyorquina, en octubre del mismo año, cuyo título, “El retrato y el artista moderno”, ya
presagiaba una suerte de manifiesto. Carta y transcripción que ambos rubricaron
con idéntico propósito: imponerse como legítimos representantes de una nueva
corriente pictórica enfrentada a la tradición nativa y realista de la Escuela
de Ashcam que, en Nueva York, lideraba el pintor John Sloan. Y, de paso, cargar
contra la crítica oficial que, según ellos, era la responsable de los
malentendidos en torno a sus obras. Así, la carta al NYT comenzaba con esta indisimulada acusación: “Para el artista el
funcionamiento de la mente de un crítico es uno de los misterios de la vida.
Esta es la razón, suponemos, por la que el artista se queja de ser
malinterpretado, especialmente por el crítico, que se ha convertido en un
irritante administrador de lugares comunes”. A la que añadían luego, no sin
cierta ironía, este trallazo: “no existe ningún texto capaz de explicar
nuestros cuadros. Su explicación debe surgir de la experiencia que se consuma
entre el cuadro y el espectador. La apreciación del arte consiste en un
matrimonio de mentes. Y en el arte, como en el matrimonio, la falta de
consumación es causa de nulidad”.
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| Gottlieb. Mist. 1961 |
Y todo esto en 1943, cuando ni Gottlieb ni Rothko habían
siquiera empezado a ensayar con los efectos emocionales del color y de la forma
en el espacio de una superficie preestablecida que, en la década siguiente,
marcaría el signo de sus respectivas obras.
No hay que olvidar que en los años 40 ambos pintores practicaban una
figuración de carácter totémico, en la que desarrollaron motivos relacionados
con la mitología predominantemente griega. Recordemos la serie de cuadros sobre
el mito de Edipo de Gottlieb o los de Rothko dedicados al sacrificio de
Ifigenia.
Enseguida la crítica especializada se lanzó a las consabidas
interpretaciones psicoanalíticas y a relacionar sus obras con el Surrealismo y
otras corrientes de pensamiento europeas sin reparar en que a ellos, por el
contrario, el uso de tales motivos mitológicos les ofrecía la posibilidad, más
práctica y elemental, de tomar distancia con respecto a su propio ambiente artístico, dominado en
aquel entonces tanto por el realismo social como por la persistente herencia
cubista. El uso libre del mito les ofrecía, por tanto, una posible vía de
escape y la esperanza de que trabajando un nuevo motivo, distinto de los
habituales, se podía desarrollar también un nuevo acercamiento a la pintura, un
acercamiento de carácter mucho más técnico. No obstante, estas consideraciones
fueron pasadas por alto por parte de los más notables críticos de arte de la
época que prefirieron echar mano de los “lugares comunes” que les prestaba la
Cultura.
Y así, cuando en los años 50 la evolución de estos dos
artistas llega a alcanzar su punto de maduración, al abandonar las estructuras
complejas, simplificar sus formas, complejizar el color y aumentar
considerablemente el tamaño de los formatos, las interpretaciones de los
críticos siguieron optando por los “lugares comunes” de la Cultura (más
evidentes en el caso de Gottlieb) como, por ejemplo, las típicas dualidades
“masculino-femenino, Yin-Yang o tierra-cielo”. Y aunque es evidente que las
asociaciones con esas dualidades subyacentes
pueden tener cabida en la recensión crítica, lo que llama poderosamente
la atención –y nunca dejaron de denunciar Gottlieb y Rothko- es el hecho
principal e incontrovertible de que, antes que nada, ambos son pintores, y
pintores abstractos, es decir, absorbidos por los problemas formales y por las
interacciones del color y la forma en el espacio.
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| Rothko. Orange, red, orange. 1961 |
En una conversación con el crítico de arte David Sylvester
Gottlieb llegó a afirmar: “mientras pinto mi desafío es saber relacionar en una
superficie dos formas, y este es el problema que me ha ocupado en los últimos
años (…) No soy consciente de si esa relación entre dos formas tiene una
connotación emotiva de un carácter o de otro. Mientras pinto estoy totalmente
absorbido por los problemas técnicos. A la vez, incluso antes de comenzar a
pintar, me tengo que cargar (…) Cuando siento que estoy cargado del todo y
listo para trasladar esa energía a la tela no reparo en analizar ni en ver mi
trabajo de manera objetiva. Debo dar rienda suelta a mis sentimientos, y
solamente después soy capaz de darme cuenta de cuáles eran realmente esos
sentimientos. Para mí esto forma parte de la grandeza y la fascinación de la
experiencia de pintar: el hecho de que el propio proceso de pintar me hace
tomar conciencia de mí mismo”.
La cuestión de que esas dos formas (a veces, tres) tiendan al
rectángulo en Rothko y al círculo y a la mancha pictográfica en Gottlieb puede
obedecer tanto a una razón formal como sentimental. O tal vez a una combinación de ambas. Ahora
bien, los efectos que la visión de sus obras de madurez provocan en el
espectador sensible son de tal impacto emocional que difícilmente podrán ser
olvidados jamás. Precisamente porque no necesitan de ninguna interpretación.
miércoles, 26 de abril de 2017
En la casa de Morandi
Puede que al
principio fueran las cosas pero con el tiempo y la perseverancia Morandi acabó
pintando el fantasma de las cosas. Así, lo que vemos en su pintura, aguafuertes
o acuarelas no es la representación de unos pocos y obstinados motivos sino el
espectro de esos cuerpos que Morandi lleva más allá de lo que entendemos como
objeto. Igual que los espectros, sus motivos parecen estar vivos, animados por
un complejo sistema de colores suaves y gradaciones tonales casi imperceptibles
conseguidas a través de una pincelada lenta, densa, larga y sinuosa.
Visto de cerca todo
vibra en su pintura y observamos que uno de sus secretos era enfrentar la
pincelada corta y rectilínea del motivo con la pincelada más larga y tendente a
la espiral de sus minuciosos y refinados fondos. En cambio, si tomamos distancia
la escena se vuelve pensativa, confinada en un silencio autosuficiente. Da
igual que se trate de un florero, de una jarra o de una casa. La mirada del pintor, de tan entrenada en
ellos, los ha dejado en cueros, y aparecen en el lienzo o en el papel
trascendidos en un paréntesis de aire.
Así como el monje
amanuense caligrafiaba el libro Morandi pinta.
miércoles, 5 de abril de 2017
Retrato de un hombre. Diego Velázquez, c 1635
He mirado este
retrato tan obstinada y largamente que se me ha llegado a nublar la vista. Un
retrato que de tener espíritu se quejaría, con razón, de que nadie lo
entendiera nunca. En su accidentada historia ha pasado por distintas y
controvertidas atribuciones, de Mazo a Van Dyck, y el eminente especialista en
arte barroco español, August Mayer, creyó erróneamente que se trataba de un
autorretrato. De un autorretrato de Velázquez, naturalmente. Sin embargo, cuando,
después de pasar por varias manos, llegó finalmente al Metropolitan de Nueva York en 1949 fue degradado a la modesta
categoría de “taller de Velázquez” y 30 años más tarde, castigado al almacén
del propio museo. La anécdota del joven conservador escocés que al limpiar el
cuadro se da cuenta de que se encuentra ante un indiscutible Velázquez perdido es
de sobra conocida pues la prensa de todo el mundo publicó sus detalles en el
mes de septiembre de 2009, y no se trata ahora de repetirlos.
Lo que me interesa,
lo que más que interesarme, me apasiona, es el retrato. Cuando terminaron de
limpiarlo y lo liberaron de las sucesivas capas de barnices dictaminaron que no
se trataba de un retrato completamente terminado sino más bien de un rápido
estudio del natural, como si eso importara mucho en Velázquez. ¿Es que acaso
hay algún retrato de Velázquez “verdaderamente” terminado? ¿Y qué entendemos,
hoy como ayer, por terminado?
Es verdad que tanto
la golilla como el bigote están resueltos con una asombrosa fluidez,
prácticamente “alla prima”. Y que el fondo, compuesto de verdes, rosas y
una amplia gama de grises, es en realidad una atmósfera que recuerda a la
bruma. La trama del lienzo es visible en muchas partes y el pigmento está tan diluido
que llega a alcanzar la transparencia de la acuarela. Pero esto es otro rasgo
idiosincrásico de Velázquez. Recuérdese sino, la mayoría de sus enanos y
bufones o la Venus del espejo.
Como ocurre de
forma tan habitual que ya no reparamos en lo prodigioso de su técnica, también
en este rostro velazqueño los detalles psicológicos están atemperados por esa
señorial distancia que el pintor impone a sus modelos. ¿No es, entonces, la
bolsa debajo del ojo indicio de una falta de sueño? ¿O el brillo algo húmedo de
la frente una señal de azoramiento o sofoco a duras penas controlado?
Realmente el
retrato asombra: silencioso, ligeramente desafiante, bien parecido. Velázquez
lo coloca en un limbo, rodeado por ese típico resplandor atmosférico del que es el supremo maestro. No tenemos ninguna pista sobre su identidad pero ¡qué
importa esto en un retrato así! Ese hombre está aquí, el cabello
suave, el bigote tan sutil que termina convertido literalmente en un pelo hacia
arriba, la mirada aguda, y a pesar de todo el cuadro no nos entrega su secreto porque en su interior sabemos que hay algo más, algo que no podemos expresar pero que el pintor ha dejado ahí, disperso. Y ese algo disperso contribuye poderosamente a hacer de los retratos de Velázquez una
experiencia imborrable de la memoria.
La ciudad ideal. Autor desconocido, 2ª mitad Siglo XV.
LA CIUDAD IDEAL. AUTOR DESCONOCIDO. SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV
Lo acababa de dejar por escrito Leon
Battista Alberti en la primera parte de su tratado “De pictura” (1435) en el que afirmaba que la perspectiva es el
principal instrumento del pintor moderno para construir el espacio. El pintor
moderno –un intelectual antes que un artesano- es un arquitecto. Y un
arquitecto, lo sabemos bien, es el político por antonomasia.
Quien fuera que pintó este cuadro sin
duda se propuso pintar la “ciudad ideal”. Es tranquilísima y no encontramos un
solo desecho humano o animal en el suelo. Nada la perturba, nada la ensucia.
Basta imaginarnos cómo debía de ser una ciudad europea en el siglo XV, Urbino
por ejemplo, para concluir que esta ciudad que vemos no puede ser si no una
entelequia, un “desiderio” como dicen los italianos y, en definitiva,
verdaderamente “ideal”.
De esta enigmática tabla casi nada
sabemos. Los expertos no se ponen de acuerdo ni siquiera en su autoría así como
tampoco en su datación. Se propone la segunda mitad del Quattrocento, pero eso
es obvio. ¿Cómo es posible que de una obra tan lograda, tan rotunda no haya
quedado testimonio contemporáneo de algún escritor o comentarista que aporte
esos datos esenciales? O quizá los hubo y las vicisitudes de la historia los
han destruido. Solo nos queda la obra, ella habla por sí misma.
Fijémonos por un momento en las
ventanas a izquierda y derecha del tempietto
central. Muchas de ellas están abiertas, y lo curioso es que lo están de modo
diverso: unas completamente, otras a la mitad y algunas, solo en tres cuartos.
De las cuatro puertas del templo la que vemos también aparece medio abierta.
Estas señales, y algunas plantas que adornan los alféizares de ciertas ventanas,
son las únicas marcas de la presencia humana. En cuanto al templo, eje
vertebrador de toda la composición, más bien parece una astronave que ha caído
del cielo preocupándose en aterrizar limpiamente justo en el centro de la
plaza.
Por mucho que nos esforcemos no
encontraremos forma de explicar qué sucede en esta ciudad. Sería mejor
abandonar esa vía porque en ella no sucede realmente nada. Recordemos que se
llama “la ciudad ideal”, precedente muy anticipado de lo que cinco siglos
después llamaríamos “paisaje metafísico”. En realidad, es la escenificación de
un mundo en el que el tiempo parece haberse detenido. Al contemplar esta vista
lo primero que nos llega es la sensación de silencio y calma. Una calma y un
silencio logrados a través de una geometría perfecta capaz de construir un
espacio sagrado. Y aquí volvemos a Alberti. Solo el pintor que domine la
perspectiva cónica, principio supremo del Renacimiento, será verdadero hacedor
de espacios.
Lo que hace de este cuadro una
experiencia estética e intelectual absolutamente fascinante es la
cristalización perfecta de un mundo construido, animado e inanimado, en el que
el tiempo y el espacio se han imbricado de tal forma que ya el uno sería irreconocible
sin el otro. Es decir, lo que hace de este cuadro una experiencia completa e
inolvidable es que trazando una ciudad pinta una nueva eternidad.
sábado, 18 de marzo de 2017
Interior con plantas sobre una mesa de juego. Vilhelm Hammershoi. 1913
Hay y no hay. Pintar lo
que hay para ver lo que no hay. Así, la habitación de Hammershoi, una neutra
estancia burguesa, se transfigura en un espacio encantado pleno de numinosidad.
Y entonces hasta el aire toma cuerpo. En esa transfiguración es precisamente
donde el pintor hace que el arte palpite. El artista nos transmite su capacidad visionaria,
esa segunda visión que le permite registrar la riqueza de sentidos que
proliferan en cualquier situación real o imaginaria. La habitación existe o
bien podría no existir pues la habitación pasa a ser en el cuadro un pretexto, algo más trascendente que un espacio doméstico: es una presencia viva, que siente, que observa (nos observa) y que calla. La puerta está medio
abierta y uno no sabe si quien la ha abierto lo ha hecho para salir o para
entrar. O si solo es un recurso expresivo para dar realce al motivo vegetal. Lo
cierto es que todo parece estar en su sitio y, a la vez, cada uno de los
objetos, por separado, ocupa su lugar exacto en austera soledad, lo que apela a la imaginación del espectador que se siente atraída por la
misma incertidumbre que generan. Y es en esa ambigüedad donde se resuelve el símbolo. A una composición artística compleja se la reconoce porque nos obliga, como espectadores, a replantearnos con más cuidado qué es aquello que vemos. En este caso, la aparente banalidad de un secreto sencillo pero que sorprende: el profundo amor volcado en la intimidad doméstica. Una auténtica poesía de lo cotidiano de doble naturaleza: moral y sentimental.
lunes, 6 de febrero de 2017
Algunas mujeres desnudas
ALGUNAS MUJERES
DESNUDAS
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| La Gran Odalisca, Ingres |
Va ya para diez
años que decidí dedicar unos cuantos meses de mi tiempo a redactar lo que luego
se convertiría en una larga ponencia de unas Jornadas sobre arte moderno y
contemporáneo pero que en origen tuvo intenciones de ser libro. Libro, ya digo,
que menguó en ponencia básicamente por la combinación de desidia y falta de
confianza mías. El objetivo era reflexionar sobre la evolución sufrida por el
género del desnudo femenino desde los últimos años del Antiguo Régimen hasta
principios del XX, con la llegada de las Vanguardias. Por acotarlo
artísticamente lo titulé “El desnudo femenino: un itinerario de Goya a
Picasso”. Por si hay alguien que tenga interés en su
consulta decir que aparece en las actas de aquellas Jornadas publicadas bajo el
epígrafe de “El Cuerpo, Combinarte II” por el Ayuntamiento de Alcalá de
Guadaira en 2007. Digo todo esto no para repetir con variantes nada de lo allí
dicho y defendido sino porque ayer, revolviendo en mis papeles, me topé con
unas notas sueltas de las muchas que debí de tomar para la redacción de aquel
trabajo.
Ya se sabe –o al
menos lo sabemos los que tenemos por costumbre escribir con la esperanza de no
decir tonterías- que en la escritura de un libro o, incluso, de una ponencia
como ésta el volumen de lo escrito, anotado y, finalmente, desechado ocupa
bastante más que las páginas destinadas al escrutinio público. Así es mi método
de trabajo y así es como creo que debe hacerse cualquier labor que entrañe una
voluntad estética. La nota a la que, en
este caso, me refiero no encontró hueco en la versión final de la ponencia y
sin embargo hoy, extraída de su contexto, me sigue gustando y me parece que
contiene en su interior una sugestiva posibilidad de reflexión. Para poneros en antecedentes deciros que
hablaba sobre pintores que trataban el desnudo femenino desde un punto de vista,
digamos, “intelectual” en contraposición a otros pintores que abordaban el
género desde una posición más “sensual”. La nota dice literalmente así:
“Pintores
intelectuales como Ingres o Puvis de Chavannes logran desnudar a sus mujeres
sin causar perplejidad o desasosiego en el espectador, nos muestran desnudeces
tan serenas, invulnerables y olímpicas que no nos conturban sino, al contrario,
nos tranquilizan y consuelan. A la manera de un Giorgione o un Correggio las
desvisten sin vergüenza, como si fueran cuerpos del Paraíso en un mundo
imaginario creado por el pintor en el que el impudor no existe porque nunca se
ha experimentado; un mundo cerebral ajeno a la lascivia humana. ¡Qué diferentes
de la Venus de Cabanel (ilustración erótica para onanistas inconfesos) o,
incluso, y por otras razones, de la desnuda mujer de Manet en su célebre “Almuerzo
en la hierba” (con indudables prisas para vestirse después del apuro de esa
escena)! Ahí podríamos localizar la diferencia: mientras las mujeres desnudas
de Manet y Cabanel nos dejan la sensación de que van a vestirse en cuanto nos
vayamos (incluso siendo una diosa, lo cual es una enorme torpeza de Cabanel),
las de Ingres o Puvis de Chavannes no precisan volver al vestido pues ellas
mismas son su mejor traje”.
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| Almuerzo en la hierba, Manet |
sábado, 28 de enero de 2017
Algunos Pintores Lejanos: Ángel Zárraga
![]() |
| Joven futbolista, 1926 |
Desde el principio hasta el final de
su vida Ángel Zárraga tuvo que lidiar con la incomprensión, el menosprecio y el
consecuente ostracismo al que lo sometieron tanto los gobernantes políticos
como la cultura oficial de su propio país. México lo vio nacer y en México murió,
sin embargo la parte nuclear –y más larga- de su vida creativa la pasó en
Europa, principalmente en Francia pero también en España. Nacido en la ciudad
de Durango en el mismo año que su compatriota Diego Rivera (1886), su familia,
de ascendencia vasca y francesa, le facilitó un viaje de estudios por Europa en
1904 después de haberse formado en la Real Academia de Bellas Artes de San
Carlos de la capital mexicana donde recibió la profunda influencia de su primer
maestro, el pintor simbolista Julio Ruelas. Éste, sabedor de su precoz talento
para el dibujo académico y la composición, le ayudó a incorporar a su estilo
realista esa especie de seducción morbosa inherente al simbolismo germano que
el propio Ruelas practicaba. Ya en Europa, estudia en Bruselas y frecuenta a
algunos pintores del Grupo de los XX para luego trasladarse a España donde pasa
3 años en diferentes ciudades castellanas llegando a inscribirse en el taller
de Zuloaga, otra de sus reconocidas influencias de juventud. En 1906 llega a
ver colgados varios de sus cuadros en una exposición colectiva nada menos que
en el Museo del Prado. Como dato curioso, señalar que en la Novena Exposición
Internacional de Arte de Venecia de 1910 Zárraga expone junto a Zuloaga y Zubiarre,
como un pintor español más, dentro del contingente que allí representaba a
nuestro país. Finalmente, en 1911, decide instalarse en París donde desarrollará
una larga y exitosa carrera basada, sobre todo al principio, en el retrato como
género. Recordar, en este sentido, sus famosos retratos de Valle-Inclán, el de
Juan Ramón Jiménez en estilo cubista o el, muy posterior, de Pierre Bonnard
(gran amigo suyo), hoy en el Centre
Pompidou de París. Cuando, ya decepcionado de Europa, vuelve a su patria en
plena 2ª Guerra Mundial se dedica a la pintura de grandes murales por encargo
de instituciones privadas o de la Iglesia puesto que los distintos gobiernos de
ideología izquierdista que se suceden en México lo ignoran por completo y lo
someten a un silencio oficial.
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| Retrato de Ramón Novarro, c. 1927 |
Uno de los rasgos más llamativos y
que hace de este pintor injustamente olvidado durante tanto tiempo (hay que
decir que en su país se ha empezado a valorarlo en los últimos años) un caso
único es su decisión de incluir al deporte (en concreto, al fútbol y al rugby)
entre sus temas pictóricos más frecuentados, dotándolo de una significación
trascendente. Después de una breve e indagatoria etapa cubista Zárraga sufre un
profundo período de desorientación que coincide con los años de la 1ª Guerra
Mundial y del cual se libera justo a través de dos de los temas que van a
convertirlo en el pintor que fue: el deporte y la religión. Hablemos ahora solo
un poco del primero. El propio artista confiesa en 1917: “ Salí del cubismo por
la puerta del sport (…) El sport me sirvió de reacción anticubista,
si es posible expresarse así”.
Hay que decir que por aquella época
los deportes del fútbol y, en menor medida, del rugby empezaban a gozar de un
fuerte predicamento entre la juventud no solo en Francia. Pronto se
incorporaron a las aficiones y costumbres sociales de las clases altas y medias
convenientemente promocionados por los distintos gobiernos de todo signo. En el
caso de Zárraga es más que probable que la preferencia por el fútbol masculino
y también femenino se viera estimulada por la circunstancia de su matrimonio en
1919 con la atleta Jeanette Ivanoff, consumada futbolista y capitana de Les Sportives de Paris quien condujo a
su equipo a la victoria del Campeonato Femenino de Fútbol de 1922. A su mujer,
de hecho, la retrató en varias ocasiones y también a su primo, el famoso galán
de cine Ramón Novarro, con un balón de fútbol en las manos. Son cuadros que han
evolucionado desde un inicial simbolismo hacia una figuración art-decó en la
que, de algún modo, pueden rastrearse trazas de cierta metafísica italiana al
estilo “novecento”. Sus figuras retienen siempre algo de ese hieratismo
monumental que con tanta maestría practicó Sironi. Aunque, luego, en su
pincelada y en su paleta pudiera estar mucho más cerca de un pintor francés
como André Lhote.
En 1924 pinta una serie de grandes
lienzos centrados en el fútbol en los que este deporte parece actuar como
catalizador de una suerte de mística de la acción de carácter popular en las
que todos –hombres y mujeres, mayores y niños, blancos y negros- asumen los
valores de la voluntad, la disciplina, el espíritu de equipo y la nueva moda
del culto al cuerpo.
Algunos Pintores Lejanos: Christian Rohlfs
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| Amarilis rojas sobre fondo azul, 1937 |
Christian Rohlfs
es, junto a Emil Nolde, el pintor que con más hondura y mejor mano ha pintado
flores de toda la pintura alemana del siglo XX. Pese a ello, y al contrario de
lo que pasa con Nolde, su obra es mucho menos conocida.
Pintor de larga
trayectoria, son las témperas y acuarelas de su fértil etapa final las que van
a hacer de él uno de los artistas más singulares e interesantes del paisajismo
y bodegón nórdicos. De joven y por mediación del crítico de arte y pintor
Ludwig Pietsch, Rohlfs marcha a Weimar (1870) para estudiar en la Escuela de
Arte de la ciudad, una formación que será interrumpida por largos periodos de
reposo en hospitales como consecuencia de un grave accidente de montaña por
culpa del cual pierde su pierna derecha. En esa época estaba fascinado aún por
los pintores de Barbizon y hacia
finales de los años 80 adoptará el estilo impresionista, a la manera de un
Pissarro o un Monet, para aplicarlo a su primeros paisajes. A través de Henry
van de Velde entabla amistad con Karl E. Osthaus, con el tiempo persona
fundamental en su vida. Gracias a él consigue instalarse en Hagen, disfrutando
de un estudio alojado en el mismo Museo Folkwang,
del que Osthaus era su principal patrono. Allí, por ejemplo, pudo acceder
directamente a un importante conjunto de obras de la vanguardia europea que el
museo iba adquiriendo con envidiable dinamismo. Son años cargados de
experiencias y conocimientos novedosos que no tardarán en traducirse en nuevas
influencias en su obra que evoluciona, sin solución de continuidad, hacia un
expresionismo sin estridencias y siempre esquivo de su aspecto más ácido.
Después de la
abrumadora experiencia vivida durante la Gran Guerra –años de sequía artística
en los que pasó por un profundo trauma- Rohlfs opta por llevar una existencia
nómada hasta que en 1927, ya con 78 años, recala en la pintoresca ciudad suiza
de Ascona, a orillas del Lago Mayor, en busca de un rincón saludable, bello y
artísticamente estimulante (recomiendo, en este último sentido, consultar lo
que supuso en aquella época el círculo artístico de “Monte Veritá” de Ascona).
Pero volvamos a las
flores. A partir de 1918 Rohlfs aprendió a pensar a través del color y a crear
a partir del mismo. Sus bouquets de
flores y sus bodegones florales son obras maestras de la transparencia y la
ligereza, trabajadas una y otra vez en función de la luz. Si los frecuentó
tanto en estos años de absolutas madurez y libertad probablemente fue porque
suponían el motivo idóneo como emblema del poder reparador de la naturaleza, de
su virtualidad sensual y lírica y, en definitiva, de su propia reconciliación
con el mundo.
Es también
significativo que el pintor prefiriera representar flores aisladas o pequeños
ramos antes que parques ajardinados o floridos pensiles en los que el motivo de
la flor pasara más desapercibido. Esta sujeción al detalle le ofrecía la
posibilidad de transferir a las formas naturales modelos artísticos de carácter
más abstracto, más mental que satisfacían, sin duda, su necesidad moderna de
experimentación de una manera mucho más adecuada que la mera transcripción
mimética o emotiva. El rojo vibrante de estas amarilis y el azul intenso de su
fondo creemos que ejemplifican magistralmente su estilo.
martes, 17 de enero de 2017
Algunos Pintores Lejanos: Albert Anker
Albert Anker fue uno de los más
populares pintores de género en la Suiza del siglo XIX. Hoy su popularidad
sobrevive a duras penas. Prácticamente toda su obra expresa el profundo vínculo
existente entre el terruño patrio y las aspiraciones elementales de su gente y
nos ofrece una visión un tanto idealizada
de un supuesto mundo rural sano y armonioso. Un gran número de sus
escenas de interior nos muestran a unos chiquillos felices y a unos ancianos
satisfechos en su entorno familiar y a menudo rozan –e incluso alcanzan- lo
sentimental.
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| Las pequeñas tejedoras, 1892 |
Pero si hacemos abstracción de estos
detalles de género y nos fijamos en su talento artístico enseguida convendremos
en que Anker fue un gran pintor, eso sí, de horizontes estrechos. Decidido a
quedarse a vivir en Ins, una aldea agrícola en la región de los lagos de Berna
de la que era oriundo, Anker pudo estudiar sus escogidos motivos de cerca. Pero
nos equivocaríamos si lo catalogáramos de “aldeano”. De 1854 a 1856 estudia
pintura con Charles Gleyre en París y asiste como alumno a los cursos de la
Escuela de Bellas Artes donde obtuvo durante varios años consecutivos medallas
de honor. Durante muchos años estuvo pasando la primavera y el verano en Ins y
los inviernos, sin embargo, en París donde mantuvo un estudio hasta 1890 y
donde expuso con regularidad en el Salón, y con gran éxito por cierto. En su
patria también fue profeta y lo fue bastante temprano. Su creciente prestigio
le hizo aceptar cargos oficiales y así fue nombrado consejero del Gran Consejo
del Cantón de Berna y llegó a convertirse en miembro de la Comisión Federal de
Arte Suizo. El éxito pronto le permitió llevar una vida de artista preocupado
solo por su arte y algunas de sus obras las compraron ricos coleccionistas
norteamericanos que aumentaron su cotización enormemente en el mercado
internacional.
Uno de los motivos preferidos de
Anker, al que dedicó un buen número de obras, fue el de las niñas tejedoras.
Hay que decir que los intereses pedagógicos del pintor lo llevaron a estudiar
los escritos de Pestallozi (un teórico y reformador del sistema educativo
suizo) y a participar activamente en la vida escolar de su aldea natal. En realidad, este
cuadro (“Las pequeñas tejedoras”) escenifica una experiencia de aprendizaje
infantil. Vemos a la mayor de las dos niñas, con una expresión de concentración
que la lleva a presionar el pecho con su mentón, completamente absorta en su
trabajo de calceta. La pequeña, todavía demasiado inexperta para dominar la
técnica, mira con fascinación cómo la lana se transforma, gracias a las hábiles
manos de su compañera, en una intrincada prenda. Y tratando de ayudarla en este
asombroso proceso se dedica a desentrañar la lana de su madeja en la cesta.
Anker observa la escena con amor
pero también con gran precisión psicológica haciendo de este momento
intrascendente una armoniosa composición llena de sensibilidad y encanto que,
paradójicamente, no oculta otras intenciones. Los niñas, en su inocencia, están
siendo introducidas de manera aparentemente lúdica en las condiciones de
trabajo del mundo de los adultos. Lo que nos podría llevar a pensar en el
compromiso de Anker con la ética calvinista del trabajo, a la cual incluso los
niños en edad tan temprana deben someterse.
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