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sábado, 28 de enero de 2017

Algunos Pintores Lejanos: Ángel Zárraga

Joven futbolista, 1926



Desde el principio hasta el final de su vida Ángel Zárraga tuvo que lidiar con la incomprensión, el menosprecio y el consecuente ostracismo al que lo sometieron tanto los gobernantes políticos como la cultura oficial de su propio país. México lo vio nacer y en México murió, sin embargo la parte nuclear –y más larga- de su vida creativa la pasó en Europa, principalmente en Francia pero también en España. Nacido en la ciudad de Durango en el mismo año que su compatriota Diego Rivera (1886), su familia, de ascendencia vasca y francesa, le facilitó un viaje de estudios por Europa en 1904 después de haberse formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de la capital mexicana donde recibió la profunda influencia de su primer maestro, el pintor simbolista Julio Ruelas. Éste, sabedor de su precoz talento para el dibujo académico y la composición, le ayudó a incorporar a su estilo realista esa especie de seducción morbosa inherente al simbolismo germano que el propio Ruelas practicaba. Ya en Europa, estudia en Bruselas y frecuenta a algunos pintores del Grupo de los XX para luego trasladarse a España donde pasa 3 años en diferentes ciudades castellanas llegando a inscribirse en el taller de Zuloaga, otra de sus reconocidas influencias de juventud. En 1906 llega a ver colgados varios de sus cuadros en una exposición colectiva nada menos que en el Museo del Prado. Como dato curioso, señalar que en la Novena Exposición Internacional de Arte de Venecia de 1910 Zárraga expone junto a Zuloaga y Zubiarre, como un pintor español más, dentro del contingente que allí representaba a nuestro país. Finalmente, en 1911, decide instalarse en París donde desarrollará una larga y exitosa carrera basada, sobre todo al principio, en el retrato como género. Recordar, en este sentido, sus famosos retratos de Valle-Inclán, el de Juan Ramón Jiménez en estilo cubista o el, muy posterior, de Pierre Bonnard (gran amigo suyo), hoy en el Centre Pompidou de París. Cuando, ya decepcionado de Europa, vuelve a su patria en plena 2ª Guerra Mundial se dedica a la pintura de grandes murales por encargo de instituciones privadas o de la Iglesia puesto que los distintos gobiernos de ideología izquierdista que se suceden en México lo ignoran por completo y lo someten a un silencio oficial. 


Retrato de Ramón Novarro, c. 1927

Uno de los rasgos más llamativos y que hace de este pintor injustamente olvidado durante tanto tiempo (hay que decir que en su país se ha empezado a valorarlo en los últimos años) un caso único es su decisión de incluir al deporte (en concreto, al fútbol y al rugby) entre sus temas pictóricos más frecuentados, dotándolo de una significación trascendente. Después de una breve e indagatoria etapa cubista Zárraga sufre un profundo período de desorientación que coincide con los años de la 1ª Guerra Mundial y del cual se libera justo a través de dos de los temas que van a convertirlo en el pintor que fue: el deporte y la religión. Hablemos ahora solo un poco del primero. El propio artista confiesa en 1917: “ Salí del cubismo por la puerta del sport (…) El sport me sirvió de reacción anticubista, si es posible expresarse así”.
Hay que decir que por aquella época los deportes del fútbol y, en menor medida, del rugby empezaban a gozar de un fuerte predicamento entre la juventud no solo en Francia. Pronto se incorporaron a las aficiones y costumbres sociales de las clases altas y medias convenientemente promocionados por los distintos gobiernos de todo signo. En el caso de Zárraga es más que probable que la preferencia por el fútbol masculino y también femenino se viera estimulada por la circunstancia de su matrimonio en 1919 con la atleta Jeanette Ivanoff, consumada futbolista y capitana de Les Sportives de Paris quien condujo a su equipo a la victoria del Campeonato Femenino de Fútbol de 1922. A su mujer, de hecho, la retrató en varias ocasiones y también a su primo, el famoso galán de cine Ramón Novarro, con un balón de fútbol en las manos. Son cuadros que han evolucionado desde un inicial simbolismo hacia una figuración art-decó en la que, de algún modo, pueden rastrearse trazas de cierta metafísica italiana al estilo “novecento”. Sus figuras retienen siempre algo de ese hieratismo monumental que con tanta maestría practicó Sironi. Aunque, luego, en su pincelada y en su paleta pudiera estar mucho más cerca de un pintor francés como André Lhote.
En 1924 pinta una serie de grandes lienzos centrados en el fútbol en los que este deporte parece actuar como catalizador de una suerte de mística de la acción de carácter popular en las que todos –hombres y mujeres, mayores y niños, blancos y negros- asumen los valores de la voluntad, la disciplina, el espíritu de equipo y la nueva moda del culto al cuerpo.





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