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sábado, 18 de marzo de 2017

Interior con plantas sobre una mesa de juego. Vilhelm Hammershoi. 1913



Hay y no hay. Pintar lo que hay para ver lo que no hay. Así, la habitación de Hammershoi, una neutra estancia burguesa, se transfigura en un espacio encantado pleno de numinosidad. Y entonces hasta el aire toma cuerpo. En esa transfiguración es precisamente donde habita el gran arte. El artista nos transmite su capacidad visionaria, esa segunda visión que le permite registrar la riqueza de sentidos que proliferan en cualquier situación real o imaginaria. La habitación existe o bien podría no existir pues la habitación pasa a ser en el cuadro mucho más que eso: es una presencia viva, que siente y que calla. La puerta está medio abierta y uno no sabe si quien la ha abierto lo ha hecho para salir o para entrar. O si solo es un recurso expresivo para dar realce al motivo vegetal. Lo cierto es que todo parece estar en su sitio y, a la vez, cada uno de los objetos apela a la imaginación del espectador que se siente atraída por la misma incertidumbre que generan. Y en esa ambigüedad es donde reside su carga simbólica. A la composición verdaderamente artística siempre se la reconoce por su efecto desconcertante.

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