martes, 15 de mayo de 2018

Joaquín Sáenz, Las Buenas Compañías







A los ausentes



No pretendía ser esta una exposición elegíaca ni ambicionaba el homenaje. Nuestra intención era bien distinta y mucho más modesta: la de reunir una serie de obras que, por heterogéneas razones y de épocas diversas, habían permanecido junto a su creador en el ámbito de la privacidad doméstica. Pero la muerte trastoca los deseos, fuerza voluntades y lo cambia irremediablemente todo. Aquel encargo que una tarde de otoño de 2016 me hiciera en su casa Joaquín Sáenz, rodeado de amigos entre los que se contaban varios pintores, en el que expresaba su deseo de ver colgados unos junto a otros un buen puñado de sus cuadros, dibujos, carteles y acuarelas que bien por propia voluntad bien por avatares del destino aun le pertenecían y le seguían acompañando día a día, se ha convertido ahora, por causa de su ausencia, en una suerte de homenaje póstumo, cuando ni mucho menos podían ser esas las intenciones iniciales de Joaquín ni tampoco hemos querido nosotros que fueran las nuestras, aun después de su muerte.
 Si bien es cierto que el pintor sabía mejor que nadie del carácter conclusivo de esta muestra también estoy convencido de que esperaba poder acompañarnos el día de su inauguración. Joaquín hacía demasiados años que no podía ver sus cuadros –dejó de pintar a principios de 2001 tras sufrir una depresión posoperatoria combinada con una diabetes que fue mermando su visión- y en los últimos tiempos de muchos de ellos ni siquiera recordaba el título o los lugares. Primero fue su vista, al poco fue su ánimo y últimamente me daba cuenta de que también iba perdiendo sus recuerdos y la capacidad de conservar cierta memoria de las cosas más queridas. Sin embargo esa tarde, sin duda estimulado por la calidad y la calidez de la compañía, nos confió un deseo que probablemente llevara rumiando algún tiempo y me encargó que asumiera personalmente las gestiones. La única condición que puso fue que la exposición no tuviera carácter comercial pues no deseaba desprenderse de obra alguna. Recuerdo que en los allí reunidos (Félix de Cárdenas y José Luis Mauri, entre otros) pronto se convino en que lo más adecuado sería proponerla a la Diputación de Sevilla por ser esta institución pública la propietaria y custodia de la mejor y más significativa parte de los cuadros de la imprenta de San Eloy, que siguen, por expreso deseo de su autor, accesibles al público en la primera planta de la Casa de la Provincia. Así lo hice. La idea fue recibida con absoluta cordialidad y sus gestores la defendieron, desde el principio, con sincera convicción. Quiero aprovechar, por tanto, la ocasión para agradecer al equipo del área de Cultura y Ciudadanía de la Diputación de Sevilla la receptividad mostrada y la constante y esmerada atención puesta en la resolución del inevitable cúmulo de necesidades que apareja una exposición como ésta.


Joaquín Sáenz (sentado) J L Mauri y un servidor en casa de JS




Joaquín estaba muy satisfecho de que sus obras más íntimas y personales pudieran, por fin, verse reunidas en un espacio tan vinculado a él y tan prestigioso como el de las salas principales de la Casa de la Provincia de su ciudad natal, ocasión que naturalmente hemos aprovechado para poder sumar a ellas las piezas principales de la colección de la imprenta, ya mencionada. Nos ha parecido, no solo por la naturaleza familiar del espacio descrito en esos cuadros sino porque de ellos el autor solo accedió a desprenderse cuando se aseguró de que jamás se dispersarían ni irían a ninguna otra casa que no fuera la de todos, muy oportuna la posibilidad de poder reunir ambas colecciones. Entre ellas salta a la vista que se cruza, por lo demás, un fructífero diálogo (de la casa al trabajo y viceversa) muy oportuno, por otra parte, para el alcance de esta exposición.

No creo que sea necesario incidir, dadas las circunstancias personales del pintor, en que desde el primer momento me tuve que resignar a hacer la selección de obra solo. Pedirle ayuda hubiera sido una crueldad innecesaria pues para él incluso sus obras más queridas se confundían ahora en una oscura nebulosa en la que ya no era capaz de orientarse. Obras, todas ellas, que obedecieron a otros días y ocasiones –sin duda más felices- en los que la luz del mundo brillaba con la acostumbrada puntualidad del Sur para que Joaquín Sáenz pudiera elegir el momento más propicio para el traslado de lo real a la emoción. Mientras pintó Sáenz fue un artista con un objetivo en la vida: testimoniar, a partir de lo real, la verdad de una emoción, de un estado interior. Esa determinación ideal la convirtió en su principal seña de identidad y con ella se forjó su destino como artista. Estoy seguro de que las horas más completas y felices de su vida las pasó pintando.
De todas maneras he de decir que me fueron de gran ayuda para la elección de algunos cuadros las largas horas de conversaciones que en el transcurso de estos últimos diez años hemos venido manteniendo Joaquín y yo, siempre en su casa, en las que, a menudo, el artista me aportaba ciertos datos, valoraba de distinta guisa algunas de sus obras o bien me hacía partícipe de los intríngulis de otras, generalmente cuando yo se lo requería. De aquellas primeras conversaciones, las mantenidas entre las navidades del 2008 y la primavera del 2010, quizá algún memorioso lector recuerde que publiqué un libro titulado precisamente así, “Conversaciones con Joaquín Sáenz” que dio origen a nuestra tardía amistad[i]. Si la posibilidad de haber conversado tan de continuo con Joaquín ha podido orientarme en ciertas ocasiones a la hora de decidirme por unos cuadros y excluir otros, también la colaboración de su familia (especialmente de su sobrina Rocío Corvillo) ha supuesto para mí una ayuda indispensable en lo concerniente al acceso y localización de las obras, pues algunas de ellas estaban almacenadas, y no en las mejores condiciones, en una especie de trastero de la planta baja de la casa familiar, mientras que otras se encontraban en la segunda planta, que ocupa precisamente dicha sobrina con su propia familia. 
Joaquín, de haber vivido, bien sabe Dios que no hubiera podido disfrutar tampoco del placer de ver reunidas las obras que en estas salas se exhiben y que un día pintó, en unos casos, desde su misma concepción y en otros, por razones de índole sentimental o artística, para que terminaran haciéndole compañía –buena compañía- entre las cosas del hogar. No del placer de verlas reunidas pero sí, en cambio, del placer de saberlas reunidas por fin en una muestra que es, antes que nada, un acto de generosidad pero también de sinceridad.  Si algo beneficioso pudiéramos encontrar en la ceguera es que a quien la sufre le obliga a tomar conciencia de su propia vulnerabilidad y de su ultrajante finitud incluso con respecto a las cosas que ha hecho y le pertenecen. Me viene a la memoria, en este sentido, un admirable soneto del gran Jorge Luis Borges (hermano de Joaquín en la ceguera) de tono levemente quevedesco y que habla de lo mismo. Las cosas lo titula y concluye así: “¡Cuántas cosas, /limas, umbrales, atlas, copas, clavos,/nos sirven como tácitos esclavos,/ciegas y extrañamente sigilosas!/Durarán más allá de nuestro olvido;/no sabrán nunca que nos hemos ido.”
Sus cuadros, ciegos y eternos, no sabrán nunca que Joaquín Sáenz se ha ido ni podrán verlo, como yo lo he visto, sentado permanentemente en su butaca orejera, la noble cabeza erguida, levemente escorada hacia la izquierda, la mirada ausente, esperando con resignada paciencia el momento de abandonar una penumbra que llevaba pareciéndose demasiado tiempo a la inexistencia. 


En la terraza, acuarela, 1991




[i]Conversaciones con Joaquín Sáenz” apareció en noviembre de 2010 publicado por el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra y la Diputación de Sevilla e inauguró la colección “Palabra de Pintor” que va ya por su cuarto volumen.

En una ocasión, en el transcurso de nuestras “Conversaciones”, hablando de poetas y poesía Joaquín me dijo que el poeta español con el que más identificado se sentía era con Antonio Machado. La confidencia no me extrañó lo más mínimo. Machado era un paseante de paso lento de caminos y campos abiertos, un oteador de horizontes, un hombre reflexivo y severamente melancólico que muy bien hubiera podido glosar muchos de los paisajes de Joaquín Sáenz, pues la poesía del primero sintoniza la misma frecuencia de onda emocional que los paisajes de nuestro pintor. El paisajismo de Sáenz, desde sus inicios, se ha nutrido invariablemente de la visión directa. De su paso, como alumno libre oyente, por las clases de Pintura de Paisaje del profesor Martínez Díaz en la Escuela de Bellas Artes, el joven Sáenz aprendió en paralelo dos lecciones: que el verdadero pintor responde siempre de forma personal a aquello que ve, pues la pintura es una cosa y la naturaleza otra. Así, la impronta del pintor es lo que determina lo visto por el ojo. Y también, que no hay que preocuparse tanto del color local como de todo aquello que lo rodea, es decir, de la expresión general. Como bien señala el crítico Díaz-Urmeneta lo que hacía Martínez Díaz era sencillamente “poner sobre la mesa una exigencia que la academia solía pasar por alto: un cuadro es un problema poético y demanda por tanto una solución plástica acorde”[i]. Por las mismas fechas (mediados los años cincuenta) nuestro aun novel pintor va a recibir otro aldabonazo estético de la mano, esta vez, de una exposición que pronto se convertirá en mítica en Sevilla, hablamos de “Cuatro maestros de la pintura española actual” de la que para Sáenz la revelación la supuso la obra del extremeño Ortega Muñoz[ii].  A pesar de ser identificado por sus paisajes de playas gaditanas y sus vistas del caserío sevillano al principio de su trayectoria Joaquín Sáenz prefería buscar su inspiración en las siempre más severas visiones campestres. Lo agreste de un alcor o de una loma recortados muy arriba sobre un estrecho trozo de cielo en cálidos marrones, sienas tostados y desvaídos amarillos es el tipo de paisaje que más momentos felices le ha dado y que mejor se ajusta a su sensibilidad. 
Precisamente con Ortega Muñoz coincide en la elección de ese estrecho rango de colores e incluso en el punto de vista adoptado, casi siempre amplias perspectivas donde el horizonte queda alto, ocupando la tierra, de sólito, más de tres cuartas partes del lienzo. Hasta aquí, sin embargo, las coincidencias. Ortega Muñoz, a fin de cuentas, es heredero de una tradición que si bien se enraíza en el paisajismo noventayochista se recarga con fuerza gracias a la generación de pintores en torno a la Escuela de Vallecas, coincidentes en edad con el pintor extremeño y practicantes, como él, de lo que el profesor Lafuente Ferrari llamaba “la veta brava de la pintura española”. La dureza de trazo, el esquematismo de las formas y la tentación –acaso latente- por sintetizar el alma del lugar (castellana en el caso de los de Vallecas,  extremeña en Ortega Muñoz) no se perciben nunca en el paisajismo de Joaquín Sáenz. Ni siquiera en el de su primera época de la que contamos aquí con lienzos tan representativos como “Campos de Morón” o “De Alcalá a Morón” y un magnífico dibujo a carboncillo que dio origen a una de sus mejores vistas, “Loma marrón”, todos ellos de los alrededores de Morón y que podemos fechar entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, cuando aún el pintor no tenía por costumbre poner expresamente las fechas a sus obras. Por mucho que impactara al joven Sáenz la obra de Ortega Muñoz, su pintura quiso y supo mantenerse ajena a todo atisbo de drama o animosidad desde el principio. En los paisajes dramáticamente telúricos del extremeño anida lo que podríamos llamar un espíritu belicoso, una especie de disgusto anímico que en algunas ocasiones podría interpretarse en clave social o política. Nada más alejado de las intenciones de Joaquín Sáenz. 
Sutilmente filtrada por la soledad y la melancolía lo que nos encontramos en los paisajes de Sáenz es una profunda conexión empática, un coloquio amoroso o, lo que es lo mismo, un idilio con la naturaleza percibida como algo muy próximo al ánimo del que la pinta. Como una vez apuntara Juan Manuel Bonet hay pintores que parecen querer pintar siempre el mismo cuadro y Joaquín Sáenz, en su opinión, es uno de ellos[i]. Ese aparente carácter monotemático, más perceptible si cabe en la obra paisajística, no es otra cosa que afán por universalizar lo cercano, lo conocido y más querido por el pintor y poco importa si unas veces son las extensas llanuras de Morón donde verdea el trigo o amarillea el rastrojo el escenario y otras, las solitarias y vaporosas playas de Conil o el centelleo de una calle de Sevilla sobre las aguas del Guadalquivir. No se trata, como ya se apuntó más arriba, de sintetizar el alma andaluza a través del paisaje –toda huella etnográfica o folklórica queda excluida- sino de expresar una emoción universal a través de la pintura de paisaje.
Joaquín Sáenz es un pintor de la luz, de la luz del sur. Y de atmósferas. En sus imágenes de la naturaleza hay siempre más luz que cuerpo y más pintura que dibujo. Como paisajista nato ha logrado el prodigio de incorporar el aire al paisaje cuando lo pinta y a pesar de que sabemos de su exclusiva vocación por la pintura del natural, en sus obras más inspiradas –algunas verdaderamente maestras como Playa de Conil, Bateles desde el alto de la atalaya y Playa de Bateles o Torre de la O o la más temprana Desde el río, todas ellas presentes en esta muestra- el tiempo aparenta ser recreado por la memoria más que si obedeciera a un instante concreto de la visión.

Playa de Bateles, óleo sobre lienzo, 1998



[i] Bonet, Juan M. “Joaquín Sáenz, el mismo cuadro” en Joaquín Sáenz, catálogo de la exposición. Museo Cruz Herrera, La Línea, 1994.



[i] Díaz-Urmeneta Muñoz, Juan B. “Joaquín Sáenz, una poética del paisaje” Colección Arte Hispalense, nº 92, Sevilla, 2011, p. 21.
[ii] Dicha exposición se llevó a cabo en 1954 y tuvo lugar en la sede del club La Rábida de la calle Alfonso XII. Además de Ortega Muñoz se pudo ver obra de Vázquez Díaz, Benjamín Palencia y Rafael Zabaleta.


Todo parece quedar protegido por el signo de la moderación: economía en los medios, mesura en la expresión, restricción en el uso del color y repudio de toda anécdota costumbrista y hasta de marca humana alguna. El realismo de Sáenz, desde primera hora, ha huido de cualquier resabio pintoresquista así como de la habilidad manual y el virtuosismo efectista o mimético. Su arte ha buscado la emoción a través del gesto leve y misterioso, el más capacitado para hacer únicas y durables a las cosas.  De todos los paisajistas sevillanos de su generación –y los hay magníficos- es, en nuestra opinión, el que mejor ha sabido estabilizar el siempre precario equilibrio entre  realidad y poesía. En su dilatada trayectoria podemos encontrar un gran número de obras redondas y felices y otras, en cambio, no tan bien resueltas pero lo que nunca encontraremos en la pintura de Joaquín Sáenz serán obras almibaradas o inauténticas, reproducciones a la manera de uno mismo. Y es en su última década como artista en ejercicio (los años noventa) donde le veremos alcanzar los más espléndidos resultados en cuanto a capacidad de imbricar realidad y poesía. En este sentido, sus playas de Conil y los últimos paisajes hechos en Puebla del Río suponen la prueba definitiva de que en el paisajismo de Sáenz el espacio geográfico es, a la vez, objeto y estado emocional y, en consecuencia, generador de sentimientos verdaderos. 


No es el retrato un género que Sáenz haya frecuentado mucho. Y cuando lo ha hecho se ha limitado a su círculo más íntimo, el familiar y, en casos muy contados, a algún amigo (recuerdo ahora el que le hizo a Pepe Soto sentado en la terraza de la casa de Conil). De él, por ejemplo, no recuerdo ningún autorretrato. Cuando le pregunté por la razón de tal vacío me respondió que “nunca había sentido esa necesidad”[i]. Sea como fuere, si exceptuamos los dibujos de desnudos femeninos practicados en sesiones del natural en compañía de otros colegas en algún estudio -y que se imponía como ejercicios de concentración de la mirada y adiestramiento de la mano- la relación del pintor con la figura humana ha sido escasa cuando no abrumadoramente evitada en el género de paisaje. En este sentido, su caso nos recuerda al de Félix de Cárdenas, por cierto, pintor que se declaró desde el principio y sin ambages ferviente admirador de la obra de Sáenz.
Aún así, los pocos ejemplos de retratos que hemos podido reunir parecen confirmarnos al menos tres convencimientos: la prevención hacia un género que obliga a acomodar la figura en un espacio determinado, la ausencia de un aprendizaje de fórmulas adquiridas de carácter académico y, finalmente, el profundo y sistemático análisis del retrato velazqueño. Joaquín Sáenz es, antes que nada, un paisajista nato y un pintor que se formó, en su juventud, en la práctica del bodegón y la copia de espacios interiores. Su contacto con la figura humana es más tardío y lo podemos situar a finales de los años setenta cuando empieza a asistir, en el estudio de algún pintor amigo, a sesiones de dibujo del natural que estuvo frecuentando, con interrupciones y en diversos locales, hasta bien entrados los noventa. El paso del dibujo a la pintura, sin embargo, no terminaba de convencerle y por propia inseguridad prefirió mantener su vertiente retratística casi siempre fuera del alcance del escrutinio público, en el ámbito de la privacidad. Sin embargo –y aquí enlazamos con el siguiente convencimiento- la falta de un guía artístico que le orientara en los preceptos metodológicos del aprendizaje de la representación humana le llevó a un camino que si bien suele ser más lento también a menudo procura mejores resultados: el autodidactismo. A base de mucha observación y de una perseverancia tan provechosa como callada Sáenz va adquiriendo seguridad y dominio hasta alcanzar resultados memorables. De la perseverancia dan fe las notables diferencias que se observan entre los retratos de su sobrina Mª Carmen de 1963, en el que aunque la expresividad de la niña está finamente captada el trazo y el color son aun algo rudimentarios, y el de su sobrina nieta Carmen de 1993, también un perfil completo, pero ahora con un absoluto dominio de las gradaciones tonales así como del fluido control de una pincelada capaz de ensamblar, a un tiempo, espacio y figura, rasgo y emoción e insertando al personaje en una atmósfera en donde lo que lo envuelve es tan importante como su propia presencia. Hasta tal punto que nos lleva inevitablemente a acordarnos de Velázquez.

Retrato de Carmen, óleo sobre lienzo, 1993



[i] González-Camaño, Francisco L., op cit. p. 70.


Ahora sabemos dónde ha ido el pintor a observar, a aprender las lecciones infalibles del supremo retrato. A falta de un maestro cercano Joaquín Sáenz elige al maestro de maestros, a su paisano Velázquez. Y en un acto de elogiable osadía se mide con él en el retrato de todos los retratos, Las meninas.
Las meninas es un cuadro sin época, una obra en la que el tiempo parece todo él reunido y reducido a forma y color, es, de algún modo, la historia de la pintura escrita en pintura. Medirse con Velázquez es asumir un riesgo casi suicida. Sáenz lo hace con tal naturalidad y respeto, con tal falta de fatuidad que sale indemne. Se limita a copiarlo sin afán de remedo, deja la parte superior, la del techo de la estancia y el asunto de los cuadros que cubren las paredes, sin resolver -acaso porque se trataba de aprender del retratista- y evita a conciencia caer en el pastiche o la actualización ocurrente al modo de un Manolo Valdés o un Eduardo Arroyo, por citar a dos contemporáneos. Su voluntad es más humildemente admirativa y también una declaración de principios: confesar, por un lado, sin aspavientos ni trucos de tahúr sus influencias y, por otro, demostrar que a las obras sublimes que uno admira no es necesario añadirles nada, excepto exclusivamente nuestra propia admiración.
Mención aparte merecen los diferentes retratos que a lo largo de una vida juntos le dedicara a su mujer Carmela. Unas veces a lápiz y carboncillo, otras con pastel y otras al óleo la fue retratando en sucesivas ocasiones durante, al menos, tres décadas, generalmente en un parecido ángulo de enfoque de medio perfil y siempre sentada evitando la mirada frontal. En la última casa que compartieron yo recuerdo ver colgados tres de los que me gustaría ahora referirme solo a uno, su preferido. Y también el mío. Es un retrato a carboncillo y lápiz conté del año 1975 que hemos querido traer a esta exposición como póstuma declaración de amor de Joaquín a su mujer. El dibujo capta un primer plano de Carmela en déshabille con el pelo recogido y un mechón desobediente –subrayado por el carboncillo- recién pasado por detrás de la oreja izquierda. De mirada volátil y un tanto ensimismada posa para su marido con los dedos de la mano derecha haciendo hueco sobre la boca. El dibujo parece querer evocar un momento íntimo en el que sabemos que la protagonista convalecía de una dolencia que la mantuvo postrada durante algún tiempo en la cama. Rostro, expresión y actitud son captados con sencillez y rigor, sin arrepentimientos conscientes. El tiempo parece, de nuevo, suspendido en ese estatismo característico de las ocasiones insustituiblemente personales. El resultado estético es de una profunda y delicada belleza no exenta de cierta gravedad, tan característica del estilo de Joaquín Sáenz.


Si algún contacto con los llamados procedimientos académicos tuvo el joven Sáenz fue en su relativamente breve paso por la Escuela de Artes y Oficios y, sobre todo, en las clases que recibiera del pintor y profesor de la Escuela de Bellas Artes, Rafael Cantarero. En las Conversaciones me dijo: “Cuando yo empecé a pintar al óleo tuve un maestro que en Sevilla era muy conocido por sus bodegones, don Rafael Cantarero (…) Hasta ese momento lo que había hecho era dibujar y dibujar. Él nos ponía bodegones y nosotros los repetíamos hasta que él los aprobaba”[i]. Cantarero, retratista y paisajista también, es por tanto el maestro que le obliga a enfrentarse por primera vez a la pintura. Y, como es lógico, lo hará desde unos planteamientos convencionales y netamente académicos. El bodegón es un género particularmente adecuado para poner en práctica el aprendizaje de ciertos conocimientos básicos: la ilusión de volumen, el sombreado, el encaje de elementos dispares en distintos planos, los efectos de luz, la relación fondo-figura, etc. Todo este preciado bagaje lo fue adquiriendo el aún novel pintor en el reiterado ejercicio del bodegón, género, por lo demás, al que ha de volver con el paso de los años, despertándose en él un renovado interés, sobre todo a partir de los años noventa. Son los bodegones de Sáenz de un austero refinamiento, parcos en aderezo y amigos de las frutas, verduras y plantas, pero no de los animales muertos. Más próximos, por tanto, al estilo de un Zurbarán que al de un Sánchez Cotán, atento siempre este último al efecto escenográfico y autor de  sofisticadas coreografías. Como bien me recordaba el propio pintor en nuestras Conversaciones: “en el bodegón no tienes más remedio que organizar una coreografía, digamos, de objetos y cacharros que cambias y recolocas una y otra vez hasta quedar satisfecho. Yo prefiero pintar el motivo hecho ya, situado de forma natural. Que parezca que está ahí solo para que yo lo pinte, mejor dicho, para que yo pueda dar una versión de aquello”[ii].  Así, en el bodegón no es el pintor el que se adapta a lo creado, como en el paisaje, sino más bien alguien con pujos de maestro de ceremonias que distribuye, organiza y dispone las relaciones que van a establecerse entre los objetos que finalmente se verán en el cuadro. Algo, como el mismo pintor confiesa, no muy de su agrado y, con bastante probabilidad, la razón que explique que sus bodegones sean de sencilla composición y tiendan a la concentración y el ensimismamiento del objeto.
Dignos herederos del linaje de Chardin, Fantin-Latour, Bonnard o Morandi en muchos de los bodegones de Joaquín Sáenz –de los que en esta exposición hay varios ejemplos admirables- nos encontramos con aquella paradoja de la que hablaba Proust al respecto, precisamente, de los bodegones de Chardin en virtud de la cual la opulencia de la pintura es capaz de salvar a las cosas más comunes de su mediocridad doméstica[iii].  Si lo que hasta que el pintor no vio nos parecía vulgar y como impropio de ser pintado y, sin embargo, ahora, una vez pintado, nos parece bello de ver es porque el pintor lo encontró, a su vez, digno y bello para pintar. Y, más aun, al pintor le pareció digno y bello para pintar porque previamente lo encontró bello de ver. Ambos placeres son inseparables para Sáenz y solo así consigue lograr que un tosco manojo de cebollas reclame nuestra atención con un lenguaje tan imperativo y brillante, por medio de unas pinceladas tan untuosas y genuinas que nos producen una sincera y profunda emoción. O que una simple cafetera con pinceles o unos melocotones mofletudos y aterciopelados nos parezcan, por la sola gracia de la pintura, seres inmortales.


[i] González-Camaño, Fco. L., op. cit. p. 55.
[ii] González-Camaño, Fco. L., op. cit. p. 55.
[iii] Proust, Marcel.”Pintores”, Casimiro Libros, Madrid, 2016.

Frutero con fruta, pastel, 1996

En los espacios interiores, de sus distintos estudios o de la familiar imprenta, si nos tomamos el trabajo de aislar algunos motivos también podemos encontrar delicados y sorprendentes bodegones. “Frontal con reloj” o “La mesa del regente” son obras paradigmáticas en este sentido. Otras veces, como ocurre en la rápida y entrañable acuarela “La vieja máquina de escribir”, un solo motivo es capaz de actualizar el género sin necesidad de recurrir a más medios que a la propia emoción sentida por la seducción de un objeto en un instante preciso.
De un modo sutil y probablemente involuntario el pintor ha ido elaborando en sus sucesivos bodegones un conjunto de mínimos altares votivos donde poder alabar a las cosas humildes y cercanas. Mesas como tabernáculos donde se oficia y se canta el hechizo de las cosas. Densidad conceptual y levedad aérea, ascetismo compositivo e iluminación embriagadora son las fértiles dualidades paradójicas que conforman la manera de entender un género que ha sido profusamente practicado por tantos pintores de su propia generación pero al que Joaquín Sáenz sabe darle el toque de una gracia perfectamente equilibrada. En ellos hay algo de laboratorio de ensayo y capilla de meditación. No debe olvidarse que en el bodegón el pintor acostumbra a encontrarse en un espacio cerrado que es su propio lugar de trabajo, el sitio donde ensaya, medita y se emociona en silencio.


Es imposible recorrer la obra plástica de Joaquín Sáenz sin hacer una parada en su valiosa y nutrida cartelería. A lo largo de tres décadas (desde principios de los años setenta hasta finales de los noventa) y en más de medio centenar de carteles el artista ha ido tocando temas en general muy queridos por él y, en algunos casos, estrechamente vinculados a su vida y sus aficiones. De lo flamenco a lo taurino, pasando por los festejos religiosos y profanos de su ciudad natal Sáenz ha contribuido de forma muy notable a la renovación y dignificación del cartel de tradición decimonónica. En un estudio imprescindible sobre el tema Francisco del Río ya subrayaba la utilidad que sus amplios conocimientos como impresor y litógrafo –toda una vida laboral dedicada a ello- le habían procurado a la hora de aplicarlos a su creatividad como cartelista[i].
Desde primera hora el pintor asumió la doble vertiente que todo cartel comprende y la consecuente exigencia de saber conjugar ambas con el menor menoscabo en cada caso: por un lado, la motivación y requisitos del cliente (particular, comunitario o institucional) y por otro, la debida libertad del creador al afrontar la realización del encargo. En este sentido, me parece muy oportuno volver a recordar las palabras que Joaquín me dijera con motivo, precisamente, del cartel con el que se bautizó como cartelista de firma: “El primer cartel en el que yo estampé el nombre de Joaquín Sáenz surgió a la hora de la siesta de verano, estando yo en Gráficas del Sur. Cuando aun andaban las máquinas paradas llegó un grupo de personas con el encargo de hacer un cartel para un festival de cante flamenco. Pertenecían a una peña flamenca de Palma del Río (…) Ellos querían saber si nosotros teníamos algún modelo de cartel que les pudiera servir (…) Les enseñé los modelos en serie que, a mi entender, se ajustaban mejor a los esquemas que ellos pedían. Sin embargo no parecían decidirse por ninguno, y entonces a mí se me encendió una luz y me atreví a decirles: ´ahora  bien, si quieren ustedes yo podría hacerles un cartel que se ajustara a su festival flamenco´. Me contestaron con vaguedades y me pidieron que les hiciera un boceto sobre el que ellos decidirían. A mí no me pareció bien y les contesté que no, que tendrían que confiar en mí, que no les iba a cobrar nada pero, a cambio, tenían que confiar en mí (…) Ellos, para mi sorpresa, aceptaron. Y ese fue mi primer cartel, para el festival flamenco de Palma del Río. Por cierto, tengo que confesarte que era, más o menos, un plagio de un cartel de Mucha”[i]. Corría el año 1978 y este cartel será, en efecto, el primero que Sáenz realiza dibujando sobre la piedra, es decir, como maestro litógrafo.
Luego, dos años más tarde, vendrá el encargo del cartel para la I Bienal de Arte Flamenco de Sevilla que lo consagrará como uno de los más inspirados cartelistas del panorama andaluz y del que en esta muestra contamos con el original al pastel, de 1980. Como bien señala Francisco del Río[i] para la primera corporación municipal democrática después de la dictadura la celebración de la I Bienal Flamenca suponía no solo un reto organizativo sino, muy especialmente, una declaración de principios en tanto recuperación y dignificación de la cultura popular andaluza. Se quería dar un nuevo enfoque a la proyección cultural de la ciudad que prestigiara, a través del arte, una de sus señas de identidad más característica como es el flamenco. Joaquín Sáenz se decide por un cartel moderno y clásico a la vez en el que el protagonismo lo comparten dos imágenes que no son, por separado, explícitamente “flamencas” pero que juntas –casi diríamos fundidas- proponen, con fina elegancia, un escenario propicio a la expresión de lo flamenco: una vista aérea de la Sevilla histórica cruzada por el río y un airoso mantón de manila que parece caer sobre la ciudad. Tanto en este cartel admirable como en el dedicado al Corpus, del año siguiente, también al pastel y asimismo entre nosotros, Sáenz se nos aparece claramente como un pintor que conoce, desde dentro, los secretos del mundo gráfico. Se han calificado con frecuencia  los carteles de Joaquín Sáenz de “pictóricos” y, en efecto, lo son. Se nota en ellos la mano y la mirada del pintor. No percibimos apenas intención alguna de impresionar con la imagen o de mediatizar el ánimo del espectador sino, antes al contrario, de enfrentarlo a una imagen “densa”, de digestión lenta y que reclama un cierto recogimiento de la mirada. En ningún caso son carteles de un publicista o diseñador gráfico.
Posiblemente de todos sus carteles el de mayor potencia plástica y, también, uno de los preferidos del artista es el que en 1982 hiciera del celebérrimo Cristo de la Expiración como encargo de la Hermandad titular.  Un cartel donde la fuerte presencia del dibujo a sanguina, carboncillo y lápiz negro nos evoca el recuerdo de ciertos maestros del barroco como Ribera, Murillo o Rubens. Durante varios días estuvo dibujando y tomando apuntes en la soledad de la iglesia del Patrocinio frente a la expresiva y dramática imagen del Cachorro. Apuntes que, a modo de homenaje, quiso conservar en su resultado final. Fragmentos de una cabeza levantada en medio perfil, del paño de pureza o de un pie y una mano atravesados por el clavo y, en la parte baja, anotaciones manuscritas de naturaleza declarativa o admirativa en las que reivindica a los maestros barrocos de su tierra, con especial mención al imaginero Ruiz Gijón, autor de la talla, y otras en las que explica cómo “las líneas rectas de este dibujo me han servido para relacionar o estructurar que el cachorro es una curva total (sic)”.
Más que su perfección técnica lo que nos asombra de este dibujo-cartel es su agónico dramatismo y la manera tan emocionante de explicitar una reflexión formal. El dibujo original que aquí mostramos acompañó a su creador colgado en el último tramo de la escalera que llega a su casa. Y fue, con toda seguridad, otra de sus fieles, escogidas y buenas compañías.

Cartel Bienal Flamenco, pastel, 1980
 

                                                                                               



[i] Del Río, Fco., op. cit. p. 67.


[i] González-Camaño, Fco. L., op. cit. p. 97.


[i]  Del Río, Francisco. “Carteles de Joaquín Sáenz”, Padilla Libros, Sevilla, 1991.















domingo, 8 de abril de 2018

Félix de Cárdenas: Caligrafías de la emoción

La tarde del jueves 5 de abril presentamos en el Museo de Alcalá de Guadaira el esperado libro de "Conversaciones con Félix de Cárdenas" así como la exposición panorámica de su obra "Caligrafías de la emoción". Fue un doble acto emocionante y de justicia para con su figura y su obra en el que estuvimos rodeados de muchos de sus compañeros pintores y de buena parte de su familia. Quiero dejar aquí recogidas las palabras que pronuncié en el acto de presentación:




Muy buenas tardes a todos. Es esta la cuarta ocasión que tenemos de presentar un libro y una exposición en este museo de Alcalá de Guadaira de un artista andaluz de larga trayectoria y calidad incontestable y agradezco a todos su presencia hoy aquí. Pero quisiera, en mis agradecimientos, hacer una expresa mención al equipo humano de este museo, al que, después de tantos años, considero ya como parte de mi familia y así me siento tratado también por él: a Cecilia, Inmaculada, Javier y a su director, Paco Mantecón con quienes es siempre un placer y una suerte tratar de asuntos culturales en unos tiempos tan poco proclives a la cultura.
Este cuarto volumen de conversaciones que tienen ahora en sus manos viene a integrarse a una colección que llamamos “Palabra de pintor” y que -perdonen la inmodestia- no tiene equivalente en ninguna otra ciudad o institución andaluzas de nuestro tiempo. Que yo sepa solo hacen algo parecido a esta colección, hoy en día, el Gobierno de Navarra y el Instituto Valenciano de Arte Moderno. Esto es algo que, como dicen ahora, hay que poner en valor y de lo que muchos en esta tierra no son del todo conscientes todavía. Son libros de lenta y concienzuda elaboración: las conversaciones se desarrollan durante aproximadamente un año en largas sesiones de una hora o más. Y una vez grabadas éstas, dedico otro año a darles forma en el ordenador. El resultado es una suerte de biografía contada en primera persona por el propio artista en la que se abordan no solo cuestiones estéticas, sociales y culturales sino también de carácter más íntimo y personal. Lo que contribuye a que, al final de la lectura, se tenga la impresión de conocer, de primera mano, las claves artísticas y vitales que definen y justifican la obra del artista en cuestión.
En este caso, y por desgracia, el libro también ha adquirido un valor de testamento que quizá lo hace, todavía si cabe, más singular e interesante. Félix de Cárdenas, el protagonista de este libro y de esta magnífica exposición, se nos fue en el transcurso de su elaboración, cuando aun nos quedaban algunas cosas importantes por tratar. En todo caso, en él han quedado para siempre recogidas sus últimas reflexiones sobre lo que fue su intensa vida y su extraordinario trabajo. De muchas de las cosas que su repentina muerte no nos permitió hablar he podido, sin embargo, seguir tratando con sus amigos más cercanos que, por eso mismo, he querido incluir también como co-protagonistas en este libro. Su galerista más íntimo como es Félix Gómez y tres de sus colegas más queridos, el también recientemente desaparecido Joaquín Sáenz, Manolo Sánchez y Fernando Ruiz Monedero, a los que yo llamo la “laica trinidad” por ser padre, hijo y hermano artísticos de Félix respectivamente.



Félix de Cárdenas era un idealista, y como todos los idealistas se llevaba mal con la realidad. Tenía con ella una relación problemática que por analogía y, también por coherencia ética, trasladaba a su pintura. Su figuración no es estrictamente realista sino más bien idealista. Ni imita lo que ve ni crea en el vacío. Félix dibujaba o pintaba olvidando a propósito las apariencias y poniendo el foco en la esencia misma de la cosa. La imagen, el motivo, ya fuera éste una de las sugestivas barcas que nos rodean, o un molino o una rica fruta o un pecho de mujer con forma de montaña va tomando cuerpo, acercándose a su plenitud, en paralelo al resto del cuadro, al entorno atmosférico que lo envuelve. Pintar la esencia de la barca, la esencia de la fruta, la idea de cuerpo de mujer sin olvidar el misterio que a todos los envuelve. Sin duda, una tarea al alcance de muy pocos y que Félix de Cárdenas logró, con rigor y mucho trabajo, alcanzar. No quisiera terminar estas palabras sin recordar su faceta de aguafortista que a mí me parece fundamental. No creo exagerar si digo que fue el mejor de su generación y que en algunos de sus grabados alcanzó el nivel técnico y el grado de inspiración de un Rembrandt, de un Goya o de un Morandi, tres de sus más admirados maestros. Amaba la alquimia del taller, le gustaba respirar el perfume del oficio y sentía una profunda emoción por los útiles de grabar.


Siento de veras su ausencia que considero un abuso imperdonable de la vida y lamento en lo más hondo verme obligado a cobrar un protagonismo por este libro y por esta exposición que no me pertenece y que en justicia le corresponde solo a él. Me queda, nos queda el consuelo de que en sus cuadros y en el libro sigue y seguirá vivo para siempre. ¡Viva Félix de Cárdenas!

jueves, 15 de marzo de 2018

Retrato de hombre con libro de Parmigianino


PARMIGIANINO: RETRATO DE UN HOMBRE CON LIBRO, 1525





Un hombre tocado con bonete negro y barba oscura sostiene un libro abierto entre las manos mientras desvía ligeramente su mirada hacia un lugar incierto. Parece estar apoyado en lo que podría ser el respaldo de un asiento o el pretil de un balcón o escalera. La figura está representada de medio cuerpo ante un fondo de un gris negruzco, tal vez un cortinaje adornado con una cenefa dorada cuya función visual es ingeniosamente desequilibrante y niveladora a la vez. No sabemos si está sentado o de pie y apoyado en el curvo parapeto aunque la energía y la torsión de la pose nos inducen a pensar que podría estar de pie vuelto hacia el espectador. El pintor lo retrata a tamaño casi natural y su apariencia adquiere así una monumentalidad que se subraya por la elección deliberada de un punto de vista inusualmente bajo y por detalles como la gran mano derecha, abiertamente desproporcionada. Los juegos cruzados de verticales y diagonales sucesivas (bonete, libro y pretil), tan  propios de Parmigianino, confieren al retrato una contundente sensación de viveza y contribuyen significativamente a hacer aún más real su presencia ya de por sí enfatizada por detalles como el cuello abierto, el mechón rebelde de la frente y, por encima de cualquier otro, la intimidante presencia del ojo derecho justo en el eje de simetría vertical.
Es, en efecto, el protagonismo del ojo lo que hace del retrato de este hombre desconocido una obra literalmente inolvidable. Hasta tal punto se hace presente ese ojo que ya no sabemos si en realidad se trata de un retrato o más bien de una alegoría moral enmascarada bajo la ilusión de un rostro. ¿Se han fijado, por ejemplo, en que el otro ojo, el izquierdo, apenas existe y el pintor lo resuelve como mancha oscura?
En el arte, como en cualquier disciplina intelectual, siempre ha habido dos formas de ver las cosas: la visual y la mental. Ya en la Baja Edad Media y a lo largo de todo el Renacimiento lo que se entendía como “realidad” era, en esencia,  algo extraño a este mundo que cambia constantemente y del que nuestros sentidos aprehenden tan poco. Para la mayoría de los pensadores y artistas del Renacimiento, al margen de la escuela o ciudad a la que pertenecieran, la verdadera realidad estaba en un lugar más allá de las apariencias donde las formas permanecen puras y eternas. Del imaginario cristiano, del que el propio Martin Lutero se hace eco en muchos de sus sermones, se desprende que mientras que el ojo derecho tiene la capacidad de distinguir lo eterno, el izquierdo solo alcanza a ver el mundo material que le rodea. Y que la suma de los dos no alcanza a hacer la síntesis de la visión global o, lo que es lo mismo, que no pueden funcionar simultáneamente. El ojo izquierdo debe dejar de ver este mundo para que el derecho pueda percibir la eternidad. Esta tradición ha sido ampliamente utilizada desde entonces, también por los artistas plásticos, especialmente por los que poseían una sólida formación intelectual, como Miguel Ángel, Bernini, Rafael o el propio Parmigianino.
Parmigianino era, además, un consumado alquimista habituado, por tanto, al lenguaje metafórico como código para revelar la verdad espiritual. De hecho, para los alquimistas del espíritu todo conocimiento que valga verdaderamente la pena ha tenido que alcanzarse previamente con esfuerzo intelectual. En las obras de Parmigianino, como en general en las del resto de pintores manieristas, lo que se ve dice bastante más de lo que parece. Fiarse de las apariencias sería, en su caso, una ingenuidad.
Puede que el personaje retratado sea un poeta o literato, no lo sabemos, pero lo que se sustancia sin duda en el retrato no es el acto de leer un libro, ni siquiera de portarlo entre las manos como emblema de cultura, sino el hecho de meditar sobre lo leído. El personaje no identificado no aparece leyéndolo –lo cual sería de un imperdonable infantilismo- sino cavilando sobre lo leído, alcanzando en el vacío indefinido del espacio un pensamiento con la mirada del ojo que precisamente puede ver más allá de lo aparente, el derecho.
Añadir únicamente, y solo para el lector erudito, que durante algún tiempo el cuadro se atribuyó a Correggio –quizá por ciertas similitudes de escuela- hasta que recientemente se ha podido demostrar, a través de documentos de la colección Farnese de Roma, que el lienzo estaba colgado en una galería de la antesala del piso principal del palazzo homónimo como obra de Parmigianino junto a otros cuadros de similar tamaño como el “Retrato de un hombre” de Memling o una de las cinco versiones que El Greco hiciera de “La expulsión de los mercaderes del templo”.   





jueves, 1 de febrero de 2018

El Descendimiento de Nicolas Tournier

N Tournier, El Descendimiento, c 1632


El realismo descarnado y crudo de Caravaggio encontró en Roma, al poco de su muerte, un nutrido grupo de seguidores entre la variopinta comunidad de artistas, venidos de toda Europa, que en la ciudad papal se congregó no solo para acceder directamente al arte grecorromano sino porque en ella residía una acaudalada élite de eclesiásticos, aristócratas e influyentes visitantes extranjeros que competía en la demanda de obras de arte. Al amparo de sus encargos un buen artista tenía, sin duda, más posibilidades de sobrevivir en Roma que en cualquier otra capital europea. Nicolas Tournier fue uno de ellos. En 1616, recién cumplidos los 25 años, se inscribe en el taller de Bartolomeo Manfredi,  discípulo aventajado de Caravaggio hasta tal punto que cuando éste se ve obligado a huir de Roma será Manfredi quien asuma la mejor parte de la clientela del gran maestro lombardo. Junto a Simon Vouet, Nicolas Reignet y Valentin de Boulogne, Tournier completará el cuarteto de pintores franceses practicantes de un naturalismo de clara ascendencia caravaggesca. Poco receptivo a las formalidades del mundo académico, prefiere desde el principio los ambientes tabernarios y las francachelas de tintes orgiásticos, tan del gusto romano, donde se encuentra a menudo en compañía de otros colegas que, como él, terminarán por poner de moda un nuevo género artístico en la pintura italiana que ya había anticipado Caravaggio y que era, por lo demás, bastante común en la pintura nórdica: la escena tabernaria con músicos y personajes del pueblo llano. Sin embargo, Tournier desde muy temprano sabe desarrollar un estilo personal que lo aleja –y lo distingue- del tropel de seguidores de Caravaggio.
Como ya observara en 1934 Charles Sterling con motivo de la que con el tiempo se convertirá en mítica exposición Les Peintres de la réalitè en France au XVIIe siécle, Tournier hace gala de unas particularidades en cuanto a concentración y dignidad psicológica de sus figuras así como al propio tratamiento formal del claroscuro que obligan a acercarse a su pintura con el suficiente cuidado como para no despacharlo con la demasiado elemental adscripción al caravaggismo tan en boga en la primera mitad del XVII en Europa.
Detengámonos un momento en este cuadro, El descendimiento de Cristo, del museo de los Agustinos de Toulouse y comparémoslo con la versión que Caravaggio hace del mismo tema, su célebre Deposizione de los museos vaticanos. Lo que en el italiano es soberbia teatralidad dramática, dinamismo coreográfico de fuerte impacto visual y, finalmente, apelación directa a la compasión del creyente y a su inmediata identificación con los personajes del cuadro, en Tournier pasa a ser distancia y contención, sereno sufrimiento y absoluta indiferencia por la presencia del creyente-espectador. Caravaggio, además de enfatizar la composición con escorzos y aproximar algunas poses al paroxismo, corta la luz con la sombra creando una ilusión de relieve que pretende impresionar al ojo. Sus personajes no tienen conciencia del tiempo, son producto de la acción de un instante. En cambio, los retratados por Tournier, en su concentrada mismidad, parecen conscientes del alcance del tiempo, por eso, aunque todos miren el rostro exangüe de Cristo, cada uno lo hace desde su propia e irreemplazable individualidad. La técnica del claroscuro apenas permite pintar la suspensión del tiempo y para hacerlo emerger en la pintura Tournier se vale del misterio que habita en la atribulada concentración del rostro de sus figuras que expresan, también con el gesto de sus manos, un dolor profundo y universal que no precisa de aditamento enfático alguno. La Virgen, María Magdalena, San Juan y San José de Arimatea sufren en calma, sin perder el decoro, ante un cuerpo que a pesar de estar muerto no subraya las huellas del martirio. Y solo en el detalle de esas manos que soportan el peso de una cruz que se abate, dando profundidad espacial a la escena y renovando la iconografía del Descendimiento, las manos del judío Nicodemo que parecen surgir de las tinieblas de la noche, se permite el pintor el único rasgo verdaderamente conmovedor y emotivo.
   


martes, 26 de diciembre de 2017

Moroni, un retratista particular

Moroni, un retratista particular

G B Moroni, El sastre, c 1570




Poco importa si es un sastre o un acaudalado comerciante de tejidos el joven que nos mira. En cambio, su condición de menestral sin complejos es, para lo que nos ocupa, mucho más significativa.
Gallardo y distinguido el personaje se nos presenta de pie con el rostro ligeramente vuelto hacia nosotros y una mirada directa y evaluativa que adivinamos recién levantada de los utensilios de trabajo dispuestos sobre su mesa. Deben de irle bien los negocios pues las ropas que luce –calzas acuchilladas de seda roja, jubón abotonado beige y puños plisados del mismo estilo español que la gorguera- denotan una opulencia semejante a la que acostumbran duques y cortesanos. He ahí parte de la razón de la asombrosa novedad de este retrato: no es solo el hecho de que Moroni le dé a un supuesto sastre la misma dignidad y el mismo noble porte que a sus más exclusivos y aristocráticos clientes y que las veces de la espada la hagan aquí unas tijeras y las de un histórico documento o mapa, un simple trozo de tela negra marcada con tiza. Si fuera solo eso el retrato sería únicamente una sofisticada burla de carácter político. En connivencia con tal propósito está el insólito hecho de que el retrato carezca de “estilo”, muy probablemente por propia decisión de su autor. Es marca de la casa la sorprendente neutralidad –no exenta de empatía- que el pintor se impone con cada uno de sus retratados. Los describe con tal naturalidad, practicando un realismo tan directo y falto de retórica o de cualquier otro atisbo de carácter que se diría los captura (con ojo de fotógrafo sin máquina) en su anónima mismidad. Lo que vemos es lo que hay, no queramos ir más allá. Su estrategia es concentrar nuestra atención en el rostro y la actitud general del sastre, en el aire que desprende, en su apostura, de ahí que el fondo sea una elegante y nebulosa mancha agrisada con toques de verdín sin más función que la de crear “intimidad”.
Moroni, y esto se pasa por alto a menudo, es un colorista consumado, un maestro en el arte de las armonías cromáticas. Lo que pasa es que también aquí es discreto: trabaja en un estrecho rango de colores (negros, grises, marrones, verdes, siempre muy mezclados) que a veces contrasta con un color más llamativo, en este caso el granate de las calzas, cuyo brillo se atempera por una iluminación convenientemente parca. El resultado es de una económica elegancia.

Con las tijeras en una mano y sujetando por la esquina una tela con la otra el joven parece tomar nuestra medida justo en el mismo momento en que nosotros tomamos la suya. Soy un trabajador manual, nos está diciendo, pero en sus palabras se presiente asimismo el deseo de ocupar un lugar en el mundo, un lugar como hombre que se ha ganado el derecho a ser retratado por un pintor de primera. Que todos los que lo miren lo sepan.         

domingo, 17 de diciembre de 2017

Zurbarán: un escalofrío


Agnus Dei, Zurbarán c 1635





El cordero muy bien podría ser un santo a la espera del martirio. Expuesto como un trofeo vivo, sin más compañía que el asedio de la luz, se diría que espera la terrible voluntad de algún verdugo. Su mismo desamparo, su lacerante sujeción, la intuitiva mansedumbre de su actitud y su mirada –que mira sin mirar ya nada- hacen de él la imagen más lograda de la víctima sacrificial. De una potencia tal que logra quebrantar el descanso y lo convierte en pesadilla.
¡Cuántas veces has venido, oh, bendito cordero, en mitad del silencio de la noche a perturbar mi sueño! ¿Y qué clase de pintor eres tú, Francisco de Zurbarán, que haces que llore cada vez que veo esas tiernas guedejas de vellón del color del hábito de los monjes cartujos?

Es la humillante condición del animal ofrecido a una causa ignota y sobrehumana lo que aleja al cuadro del simple bodegón y lo convierte en místico. No hay nimbo en la cabeza ni inscripciones alusivas –al menos en esta variante iconográfica del Prado- y, sin embargo, todos comprendemos que nos hallamos ante un símbolo total que nos supera y, en el fondo, ante un reflejo de nuestra propia orfandad en esta tierra. 

lunes, 6 de noviembre de 2017

Auxilio del Arte

Son muchas las cosas para las que el arte es inútil. No devuelve la vida a los muertos ni logra la paz donde se propaga la guerra. No puede dar agua al que agoniza de sed ni sombra al que vive en una tierra sin árboles. No cura el cáncer o el sida ni detiene el avance de la desertización planetaria. Y aún así su valor es incalculable: es capaz de parar nuestro paso, de hacernos conscientes de nuestra propia vulnerabilidad como seres humanos y de nuestra capacidad como seres sensibles, de dejarnos muchas veces sin aliento. Tiene su manera de curar las heridas y de mostrarnos, incluso, que no todas las heridas necesitan curarse, de que una cicatriz bien llevada puede, a veces, mejorar nuestro aspecto. Y, sin duda, nos socorre y alivia el daño de las desdichas que sin excepción a todos nos infligirá la vida.