jueves, 13 de septiembre de 2012

Cura de Amor

Si el amor es abrir los ojos y encontrarte
no me dejes dormir, amor.
El sueño a tu costado es una lenta y vacilante
despedida de ti.
Dame, por el contrario, tu despertar y tu alegría
y déjame anidar entre tu corazón y tu camisa.

Más adentro del abrazo nuestro amor
busca su fondo sin saber que es insondable.

Y cuando todos los besos acaben
quiero que vuelvan tus besos a besarme.
Y cuando mengüe el fulgor de las estrellas
ojalá vuelvan tus ojos a mirarme.
Haz que me estremezca de palabras
y dime si las cosas que nos rodean
creen en la necesidad de ser dichosas.
El florero, la piedra, los libros,
el cuadro en su moldura, tus anillos,
sellan el pacto secreto de concordia
que al amor de los amantes sosegados
se afianza y se consuma en cada abrazo
y cada hora y para siempre.

martes, 11 de septiembre de 2012

Eros Matutinus

Me gustan los libros en los que el autor hace memoria y entre confidencias, datos y reflexiones pone en pie aquello que considera más interesante de la historia de su vida. Stefan Zweig es un especialista consumado en este tipo de libros y El mundo de ayer, su personal aportación al género, lo considero ejemplo canónico de cómo pueden convivir sin estorbarse la evolución de una biografía y la recreación de una época histórica.
El libro se lee con admirable fluidez y aparenta estar escrito apenas sin esfuerzo, detalle que identifica al escritor de raza. Zweig vivió un tiempo fascinante y convulso en el que asistió en primera fila al desmoronamiento de un mundo y de sus formas de vida que fueron bruscamente modificadas y sustituidas por otras, a menudo más groseras y democráticas. Pero no en todo, los cambios fueron a peor.
En el capítulo que el escritor austriaco titula "Eros Matutinus", y que dedica a examinar el hipócrita y mojigato comportamiento de los principales agentes sociales de la Europa de principios del XX con respecto a la sexualidad, se fija en algo que de inmediato llamó mi atención y me hizo revivir situaciones de las que yo, de adolescente, tampoco conseguí librarme. Y eso que, en mi caso, ya habían pasado más de setenta años de aquellas circunstancias.
Dice Zweig que para lograr que una dama evitara llevarse a la boca la palabra "pantalones" (llevarlos puestos en ella era algo sencillamente inconcebible) debía utilizar "la denominación evasiva, expresamente inventada para la ocasión, de "los inefables"". Y todo para evitar la tentación de pensar demasiado en ellos y en aquello para lo que han sido hechos. Y, siguiendo una lógica ridícula pero perfecta, si algo no debe ser nombrado ¿qué mejor que llamarlo "inefable"? Pero no "lo inefable" (demasiado filosófico) sino, en un plural paradójico aunque muy revelador, "los inefables". En el fondo, es el summun del supuesto arte de aludir a la cosa sin nombrarla. Un arte que yo también me vi en la obligación de ejercer en mis largos y grises años de colegial y en el que, de una manera difusa pero palpable, volvía a vagar el fantasma de la sexualidad.
Rehén de los padres jesuitas desde los nueve hasta los dieciocho años, una de las primeras lecciones que aprendí con ellos fue a considerar a la lengua como un virus corruptor y, por consiguiente, a determinadas palabras como bacterias patógenas. Así, había que prevenirse de ellas no utilizándolas nunca, al menos, en público.
Si para las mujeres honestas de principios del siglo pasado "los pantalones" eran peligrosos portadores de veneno, para nosotros, púberes discentes de la escuela jesuítica, la amenaza residía en los retretes, en los servicios, en el baño. Y, por lo mismo, ninguna de estas tres palabras, ni cualquiera otra que se les aproximara, podía ser nombrada en presencia de padre jesuita alguno. En su lugar decidieron que eso se llamaría "lugares" -así, también en plural disolvente- con la esperanza, sin duda, de que al evitar ninguna connotación fisiológica nos hiciera olvidar que íbamos a ellos por una necesidad de nuestro cuerpo.

 -"Padre, ¿puedo ir a lugares?"  El eufemismo, que no dejaba de albergar cierta belleza en su ambigüedad, de tanto repetirlo dejó un día de parecernos descabellado y absurdo y estoy seguro de que con el tiempo llegó incluso a cumplir, en muchos de nosotros, su auténtica y secreta función: la de aleccionarnos a aceptar como un mal menor que el comportamiento y el discurso que sostenemos en sociedad no tiene maldita la obligación de coincidir con nuestra auténtica forma de ser.
No me extraña que Freud haya estado prohibido durante décadas en las facultades que los jesuitas regentan por el mundo, ni tampoco el temprano éxito de sus teorías en vida.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Bosé, una nulidad que (hace que) canta

Dice Bosé (últimamente más conocido como Papito) que Rajoy es una "nulidad" y que eso a él le preocupa muchííísimo. Y en la misma entrevista concedida al diario amigo (de su carrera), ahora que anda en una gira donde el público escasea casi tanto como su pelo -el de Papito-, dice también que no se equivocó cuando apoyó públicamente a Zapatero porque su primera legislatura "funcionó muy bien". Y el afamado politólogo de Somosaguas se queda tan pancho y sonríe al fotógrafo.
Si bien es cierto que oír hablar a Papito de política nacional tiene el mismo interés que una tesis de Cecilia Giménez sobre restauración de pintura al fresco, no deja de resultar extraordinario que alguien que decidió arquear el dedo índice sobre su ojo para apoyar en campaña electoral a un presidente como Zapatero venga ahora a tildar a Rajoy de "nulidad", precisamente ahora cuando las consecuencias económicas, políticas y sociales de la gestión de aquel presidente-aventurero que "funcionó tan bien" lastran y obstruyen la labor de éste.
En fin, ayer fueron los oportunistas elogios al 15-M, hoy le toca al vapuleado Rajoy y mañana puede que se acuerde de los derechos de las tribus antropófogas a comerse a sus seres queridos. Cualquier cosa progre con tal de relanzar su gira. Dejemos al sociólogo del pop, insigne autor de Don Diablo, que siga haciendo que canta por los escenarios del candoroso mundo porque, si nos ponemos así, para nulidad, nulidad, la suya. ¿O es que ha visto alguien caso más insólito y pertinaz de cantante sin voz ni oído musical? ¿Conoce alguien algún otro caso similar de cantante al que otros cantantes le canten sus canciones en sus discos para que su voz se oiga lo menos posible?
En la carrera musical, incomprensiblemente larga, del Papito Bosé lo único que de verdad no ha sido una completa nulidad es el trabajo hecho por sus ingenieros de sonido. Y eso, en mi lengua, se llama "dar gato por liebre", de ahí, quizá, sus desafinados maullidos, (y al video me remito).

martes, 4 de septiembre de 2012

Talk to me like lovers do

Hay canciones que no envejecen nunca porque son, de alguna manera, el emblema de tu juventud y cuando las vuelves a escuchar confirman que no te equivocaste. Here comes the rain again es, para mí, una de ellas. Hace gala de esa fascinante combinación entre un pop de sofisticada orquestación y una letra de connotaciones levemente melancólicas que una voz de contralto como la de Annie Lennox sabe desgranar con teatral eficacia.


Hay momentos en la canción en que se llega a rozar la oscura belleza de las rosas a punto de marchitarse en los jardines abandonados. Pero, de repente, para salvar la situación, ella dice: "so, talk to me like lovers do", y la canción vuelve a brillar y a encontrar su equilibrio.
Desde 1984 (año de la canción y del disco Touch) han pasado muchas cosas, entre ellas la desaparición de Eurythmics y la lenta transformación de la diva en activista de los derechos humanos. Pero si algo sigue quedando meridianamente claro es la diferencia sustancial entre nuestros "iconos musicales" (en los ochenta yo tenía veinte años) y los actuales.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cercados por el Mal Gusto

¿Por qué el Poder tiene, por lo común, tan mal gusto? Porque obsesionado por el esplendor y la pompa, reformula por tierra, mar y aire, las construcciones y monumentos de la romana Roma, sin reparar en las verdaderas dimensiones y necesidades de sus actuales imperios.

¿Por qué el pueblo tiene, por lo común, tan mal gusto? Porque obligado a hacer de la necesidad, virtud, extrapola su domus, su doméstico dominio, a todo aquello que le rodea hasta conseguir hacer de la calle, el barrio o el parque una prolongación de su salita de estar. Así es como primero impulsa y luego refrenda a sus respectivos regidores (en eso también la democracia resulta muy útil) para que, por ejemplo, un parque se convierta en zona verde o una plaza en área de recreo infantil.
Y ¿por qué tienen, por lo común, los artistas dedicados al arte público tan mal gusto? Aquí las razones son varias aunque pueden resumirse en dos: los más ingenuos (que acostumbran a ser, asimismo, los más torpes) por querer complacer o bien al mecenas con dinero público o bien directamente al público (esa buena gente del pueblo). Y los más intrépidos, por pretender, sobre todo, dejar su huella original e imborrable en el suelo, sin recordar que no hay más origen que la voz de la tierra.

jueves, 30 de agosto de 2012

Degas, el dibujo que danza

Hay libros que una vez leídos te abastecen de razones que confirman tu destino, tu vocación en la vida. Libros que llegan para darte una alegría, para apoyarte y garantizar que no te has equivocado en aquello que consideras más esencial. Esto es lo que me ha ocurrido con Degas Danza Dibujo, el libro en el que Paul Valéry elucubra con maravillosa agudeza poética sobre el arte, el carácter y la técnica del "dibujante más inteligente, más reflexivo, más exigente y más empecinado del mundo", Edgar Degas.

Valéry cuenta con la ventaja insuperable de haber intimado durante años con el pintor y de haber podido frecuentar los círculos artísticos del París de finales del XIX y principios del XX, una ciudad en la que uno todavía podía cruzarse con Renoir, Monet, Cézanne, Morisot, Rouart, Mallarmé, los Goncourt o Zola, además de Degas, naturalmente.
El libro es un refinado manjar para todo aquel que sepa degustar las intuiciones geniales, el gran estilo elegante y lapidario y los intercambios entre las distintas artes. De los numerosos libros que sobre Degas he leído, éste -que ni mucho menos se centra sólo en el personaje- es el que con más emoción e inteligencia me ha acercado al artista, a ese artista que no tuvo inconveniente en exclamar una vez en público delante de algunos colegas: "La pintura no es muy difícil que digamos cuando no se sabe pintar... Pero cuando se sabe... ¡uy!... entonces...¡La cosa cambia!".

martes, 28 de agosto de 2012

Arte de saber mirar




Aquellos que hemos dedicado mucho tiempo y grandes esfuerzos a aprender a mirar un cuadro sabemos que saber mirar nos lleva irremediablemente a olvidar los nombres de las cosas que vemos.

lunes, 27 de agosto de 2012

El fresco de Cecilia


EL FRESCO DE CECILIA

Cecilia Giménez tiene una pena muy grande porque ella no es ninguna fresca y “¡el cura lo sabía!”.
Su corazón de ochentaiún años no está para que los reporteros de Ana Rosa y las televisiones de medio mundo anden jugando al pilla-pilla con ella por las calles de Borja con la aviesa intención de interrogarla sobre sus habilidades artísticas y destrezas manuales.


Enfrascada en su fresco ella hizo lo que pudo con una obra de escaso valor artístico que la iglesia dejó que la humedad se la tragara lentamente con el paso de los años. “Hay que ver todo lo que se ha formado” pensará la buena de la conservadora vocacional, “¡ni que Elías García fuera Miguel Ángel!

¿Qué culpa tiene ella si no le dejaron terminar su cirugía? Y es que en realidad lo de Cecilia Giménez nunca ha sido la restauración. Eso es algo que deja para los técnicos. Ella, como devota creyente de acreditado currículum, apuntó siempre más alto y cuando al fin iba a lograr, después de toda una vida, la genial transmutación de un Cristo en Paquirrín, viene un vecino quisquilloso y acusica y monta el cirio.

La gente es ingrata y el espectador anda ávido de chanzas y este verano, sin una sola alegría que llevarse a las vísceras, la han tomado con la pobre de Cecilia que, como mínimo, tiene el mérito de haber conseguido que millones de personas conozcan a un oscuro pintor del XIX, hablen de arte y opinen sobre restauraciones artísticas y, de paso, unos cuantos cientos entren de nuevo en una iglesia, aunque solo sea para comprobar que, en efecto, la vida imita al arte. 

sábado, 21 de julio de 2012

Al fondo,la playa, según Sáenz

Un interior abierto a un exterior. Una naturaleza que se cuela por la ventana. Estamos ante una obra no solo bidireccional sino también ambivalente. Un interior en el que cobra tanta importancia plástica el exterior no puede ser calificado de interior. Una naturaleza que solo puede asomarse por el ventanal no alcanza la categoría de paisaje. ¿Está el tema dentro o fuera? ¿Hay tema o, tan solo, una promesa, al fondo, de felicidad?

La cita de Bonnard no es, por otra parte, ninguna revelación. Observamos el mismo amor por los objetos cotidianos, por los lugares íntimos y por las vistas, por el verde frescor de la vegetación y por los azules del cielo y del mar, por la luz del mediodía. Asistimos a una celebración callada que transcurre sin apenas movimiento, en un altar luminoso y profano donde yacen algunas pocas cosas esenciales: unas plantas, un libro abierto con ilustraciones que se dejó sobre la mesa para ser retomado, una mecedora con el cojín aun caliente, un tapete de alegres flores que parecen conversar con las reales de afuera, una acogedora mesa para los placeres reposados y una rústica persiana enrollada que deja el hueco para el disfrute de una naturaleza en sazón. Indicios más que suficientes para pensar que lo que realmente el pintor celebra es su relación con los objetos y la comunión de éstos con la luz.

Así como refulge la sintonía entre naturaleza y civilización, se adivina una simbiosis entre el objeto y la luz: la presencia del objeto no es lo relevante aquí, sino el estudio de sus tonalidades según la luz que los anima. Lo orgánico en Joaquín Sáenz siempre es el aire. Aquello que nos permite disfrutar de la lenta y vibrante disolución de los objetos en la atmósfera.
También el encuadre quiere aparentar lo más sencillo y natural posible. Así, el ventanal se nos presenta de frente. Es el encanto del cuadro dentro del cuadro, de ese balcón abierto sobre un espacio absorbido por la luz, y no tanto para buscar la perspectiva como para poder evocar un radiante y privado trocito de paraíso a lo lejos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Una cabezada entre los pinos

No suena igual el viento entre los pinos que entre los eucaliptos. Entre los pinos su sonido se agrava, se demora, se enreda en sus densas copas mientras que en los eucaliptos el viento se escurre silbando y deja suspendido en el aire un ligero perfume a menta.
Esta mañana, con los primeros rayos de sol, me he dormido sobre un manto de agujas secas de pino. Al poco me despertó un intenso picor de hormigas y cuando he llegado a casa y me he quitado la ropa he reparado en el maravilloso aroma que traía conmigo y que aun guardo en la palma de una mano.