miércoles, 5 de septiembre de 2012

Bosé, una nulidad que (hace que) canta

Dice Bosé (últimamente más conocido como Papito) que Rajoy es una "nulidad" y que eso a él le preocupa muchííísimo. Y en la misma entrevista concedida al diario amigo (de su carrera), ahora que anda en una gira donde el público escasea casi tanto como su pelo -el de Papito-, dice también que no se equivocó cuando apoyó públicamente a Zapatero porque su primera legislatura "funcionó muy bien". Y el afamado politólogo de Somosaguas se queda tan pancho y sonríe al fotógrafo.
Si bien es cierto que oír hablar a Papito de política nacional tiene el mismo interés que una tesis de Cecilia Giménez sobre restauración de pintura al fresco, no deja de resultar extraordinario que alguien que decidió arquear el dedo índice sobre su ojo para apoyar en campaña electoral a un presidente como Zapatero venga ahora a tildar a Rajoy de "nulidad", precisamente ahora cuando las consecuencias económicas, políticas y sociales de la gestión de aquel presidente-aventurero que "funcionó tan bien" lastran y obstruyen la labor de éste.
En fin, ayer fueron los oportunistas elogios al 15-M, hoy le toca al vapuleado Rajoy y mañana puede que se acuerde de los derechos de las tribus antropófogas a comerse a sus seres queridos. Cualquier cosa progre con tal de relanzar su gira. Dejemos al sociólogo del pop, insigne autor de Don Diablo, que siga haciendo que canta por los escenarios del candoroso mundo porque, si nos ponemos así, para nulidad, nulidad, la suya. ¿O es que ha visto alguien caso más insólito y pertinaz de cantante sin voz ni oído musical? ¿Conoce alguien algún otro caso similar de cantante al que otros cantantes le canten sus canciones en sus discos para que su voz se oiga lo menos posible?
En la carrera musical, incomprensiblemente larga, del Papito Bosé lo único que de verdad no ha sido una completa nulidad es el trabajo hecho por sus ingenieros de sonido. Y eso, en mi lengua, se llama "dar gato por liebre", de ahí, quizá, sus desafinados maullidos, (y al video me remito).

martes, 4 de septiembre de 2012

Talk to me like lovers do

Hay canciones que no envejecen nunca porque son, de alguna manera, el emblema de tu juventud y cuando las vuelves a escuchar confirman que no te equivocaste. Here comes the rain again es, para mí, una de ellas. Hace gala de esa fascinante combinación entre un pop de sofisticada orquestación y una letra de connotaciones levemente melancólicas que una voz de contralto como la de Annie Lennox sabe desgranar con teatral eficacia.


Hay momentos en la canción en que se llega a rozar la oscura belleza de las rosas a punto de marchitarse en los jardines abandonados. Pero, de repente, para salvar la situación, ella dice: "so, talk to me like lovers do", y la canción vuelve a brillar y a encontrar su equilibrio.
Desde 1984 (año de la canción y del disco Touch) han pasado muchas cosas, entre ellas la desaparición de Eurythmics y la lenta transformación de la diva en activista de los derechos humanos. Pero si algo sigue quedando meridianamente claro es la diferencia sustancial entre nuestros "iconos musicales" (en los ochenta yo tenía veinte años) y los actuales.

viernes, 31 de agosto de 2012

Cercados por el Mal Gusto

¿Por qué el Poder tiene, por lo común, tan mal gusto? Porque obsesionado por el esplendor y la pompa, reformula por tierra, mar y aire, las construcciones y monumentos de la romana Roma, sin reparar en las verdaderas dimensiones y necesidades de sus actuales imperios.

¿Por qué el pueblo tiene, por lo común, tan mal gusto? Porque obligado a hacer de la necesidad, virtud, extrapola su domus, su doméstico dominio, a todo aquello que le rodea hasta conseguir hacer de la calle, el barrio o el parque una prolongación de su salita de estar. Así es como primero impulsa y luego refrenda a sus respectivos regidores (en eso también la democracia resulta muy útil) para que, por ejemplo, un parque se convierta en zona verde o una plaza en área de recreo infantil.
Y ¿por qué tienen, por lo común, los artistas dedicados al arte público tan mal gusto? Aquí las razones son varias aunque pueden resumirse en dos: los más ingenuos (que acostumbran a ser, asimismo, los más torpes) por querer complacer o bien al mecenas con dinero público o bien directamente al público (esa buena gente del pueblo). Y los más intrépidos, por pretender, sobre todo, dejar su huella original e imborrable en el suelo, sin recordar que no hay más origen que la voz de la tierra.

jueves, 30 de agosto de 2012

Degas, el dibujo que danza

Hay libros que una vez leídos te abastecen de razones que confirman tu destino, tu vocación en la vida. Libros que llegan para darte una alegría, para apoyarte y garantizar que no te has equivocado en aquello que consideras más esencial. Esto es lo que me ha ocurrido con Degas Danza Dibujo, el libro en el que Paul Valéry elucubra con maravillosa agudeza poética sobre el arte, el carácter y la técnica del "dibujante más inteligente, más reflexivo, más exigente y más empecinado del mundo", Edgar Degas.

Valéry cuenta con la ventaja insuperable de haber intimado durante años con el pintor y de haber podido frecuentar los círculos artísticos del París de finales del XIX y principios del XX, una ciudad en la que uno todavía podía cruzarse con Renoir, Monet, Cézanne, Morisot, Rouart, Mallarmé, los Goncourt o Zola, además de Degas, naturalmente.
El libro es un refinado manjar para todo aquel que sepa degustar las intuiciones geniales, el gran estilo elegante y lapidario y los intercambios entre las distintas artes. De los numerosos libros que sobre Degas he leído, éste -que ni mucho menos se centra sólo en el personaje- es el que con más emoción e inteligencia me ha acercado al artista, a ese artista que no tuvo inconveniente en exclamar una vez en público delante de algunos colegas: "La pintura no es muy difícil que digamos cuando no se sabe pintar... Pero cuando se sabe... ¡uy!... entonces...¡La cosa cambia!".

martes, 28 de agosto de 2012

Arte de saber mirar




Aquellos que hemos dedicado mucho tiempo y grandes esfuerzos a aprender a mirar un cuadro sabemos que saber mirar nos lleva irremediablemente a olvidar los nombres de las cosas que vemos.

lunes, 27 de agosto de 2012

El fresco de Cecilia


EL FRESCO DE CECILIA

Cecilia Giménez tiene una pena muy grande porque ella no es ninguna fresca y “¡el cura lo sabía!”.
Su corazón de ochentaiún años no está para que los reporteros de Ana Rosa y las televisiones de medio mundo anden jugando al pilla-pilla con ella por las calles de Borja con la aviesa intención de interrogarla sobre sus habilidades artísticas y destrezas manuales.


Enfrascada en su fresco ella hizo lo que pudo con una obra de escaso valor artístico que la iglesia dejó que la humedad se la tragara lentamente con el paso de los años. “Hay que ver todo lo que se ha formado” pensará la buena de la conservadora vocacional, “¡ni que Elías García fuera Miguel Ángel!

¿Qué culpa tiene ella si no le dejaron terminar su cirugía? Y es que en realidad lo de Cecilia Giménez nunca ha sido la restauración. Eso es algo que deja para los técnicos. Ella, como devota creyente de acreditado currículum, apuntó siempre más alto y cuando al fin iba a lograr, después de toda una vida, la genial transmutación de un Cristo en Paquirrín, viene un vecino quisquilloso y acusica y monta el cirio.

La gente es ingrata y el espectador anda ávido de chanzas y este verano, sin una sola alegría que llevarse a las vísceras, la han tomado con la pobre de Cecilia que, como mínimo, tiene el mérito de haber conseguido que millones de personas conozcan a un oscuro pintor del XIX, hablen de arte y opinen sobre restauraciones artísticas y, de paso, unos cuantos cientos entren de nuevo en una iglesia, aunque solo sea para comprobar que, en efecto, la vida imita al arte. 

sábado, 21 de julio de 2012

Al fondo,la playa, según Sáenz

Un interior abierto a un exterior. Una naturaleza que se cuela por la ventana. Estamos ante una obra no solo bidireccional sino también ambivalente. Un interior en el que cobra tanta importancia plástica el exterior no puede ser calificado de interior. Una naturaleza que solo puede asomarse por el ventanal no alcanza la categoría de paisaje. ¿Está el tema dentro o fuera? ¿Hay tema o, tan solo, una promesa, al fondo, de felicidad?

La cita de Bonnard no es, por otra parte, ninguna revelación. Observamos el mismo amor por los objetos cotidianos, por los lugares íntimos y por las vistas, por el verde frescor de la vegetación y por los azules del cielo y del mar, por la luz del mediodía. Asistimos a una celebración callada que transcurre sin apenas movimiento, en un altar luminoso y profano donde yacen algunas pocas cosas esenciales: unas plantas, un libro abierto con ilustraciones que se dejó sobre la mesa para ser retomado, una mecedora con el cojín aun caliente, un tapete de alegres flores que parecen conversar con las reales de afuera, una acogedora mesa para los placeres reposados y una rústica persiana enrollada que deja el hueco para el disfrute de una naturaleza en sazón. Indicios más que suficientes para pensar que lo que realmente el pintor celebra es su relación con los objetos y la comunión de éstos con la luz.

Así como refulge la sintonía entre naturaleza y civilización, se adivina una simbiosis entre el objeto y la luz: la presencia del objeto no es lo relevante aquí, sino el estudio de sus tonalidades según la luz que los anima. Lo orgánico en Joaquín Sáenz siempre es el aire. Aquello que nos permite disfrutar de la lenta y vibrante disolución de los objetos en la atmósfera.
También el encuadre quiere aparentar lo más sencillo y natural posible. Así, el ventanal se nos presenta de frente. Es el encanto del cuadro dentro del cuadro, de ese balcón abierto sobre un espacio absorbido por la luz, y no tanto para buscar la perspectiva como para poder evocar un radiante y privado trocito de paraíso a lo lejos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Una cabezada entre los pinos

No suena igual el viento entre los pinos que entre los eucaliptos. Entre los pinos su sonido se agrava, se demora, se enreda en sus densas copas mientras que en los eucaliptos el viento se escurre silbando y deja suspendido en el aire un ligero perfume a menta.
Esta mañana, con los primeros rayos de sol, me he dormido sobre un manto de agujas secas de pino. Al poco me despertó un intenso picor de hormigas y cuando he llegado a casa y me he quitado la ropa he reparado en el maravilloso aroma que traía conmigo y que aun guardo en la palma de una mano.

lunes, 9 de julio de 2012

Saramago, otra leyenda urbana

Ahora me entero de que José Saramago murió debiendo a la Hacienda española más de lo que yo voy a ganar de aquí a mi jubilación (si la buena suerte no lo remedia). El nobel fraude alcanza los 700.000€. Lo dice el Tribunal Supremo, que añade, en uno de esos típicos razonamientos de sentencia que solo dejan conformes a los que los redactan, que sus herederas quedan libres del pago de tal deuda por defectos de forma en la reclamación por parte de la Administración Pública.

Así que el buen samaritano de Saramago, que elaboró su reputación de defensor de los pobres, los humildes y los desheredados de esta tierra, novela tras conferencia, que, como buen comunista hasta la muerte, reclamó la obligada contribución de las grandes fortunas, vía impuestos, al mantenimiento del socialdemócrata Estado de Bienestar (al mismo Estado que, por cierto, acusaba de secuestrar libertades individuales, ¿se referiría al Estado Cubano, al Chino o al Coreano del Norte?, ¿pensaba acaso en la extinta Unión Soviética?), ese Saramago que también dejó una desconsolada joven viuda al frente de una Fundación, es el mismo Saramago que nuestro Tribunal Supremo acaba de declarar defraudador de la friolera de 700.000€.
Da pena comprobar cómo la tan cacareada honradez moral de Saramago era otra leyenda urbana. Y es que la prueba no falla: basta con que un inspector de Hacienda entre por la puerta de la casa de un progre oficial para que su discurso público de justicia y solidaridad sociales salte hecho trizas por la ventana.

miércoles, 4 de julio de 2012

Marina, eres una trapalleira

A la viuda de don Camilo parece que se le han acabado los días de vino y... pedrería. La (poquita) cosa tiene castaña y, probablemente, porque al refrán no le falte razón y la avaricia (mucho más, si es indisimulada) rompe el saco, Marina se va a quedar con lo puesto, aunque en su caso sea un bolso de Hermès y un cartier dorado.
En su día -¿se acuerdan de aquellos años prodigiosos en los que el último en llegar siempre era el más tonto?- entró a degüello en el matrimonio del orondo y flatulento novelista porque, según tengo entendido, Cupido le dijo al oído que la manera más rápida y segura de pasar de vulgar plumilla coruñesa a marquesa de Iria-Flavia (marquesa consuerte, por supuesto) era acariciando la tripa del más tripudo de los autores hispanos. Y trepando, trepando hasta la misma tripa llegó. Y una vez allí, Cupido le volvió a soplar que, ya puesta, hiciera de tripas corazón.
Marina tenía apenas veintidós años pero alguna experiencia en la Marina Mercante (consulten si no su biografía) y muy claro las marcas de zapatos, relojes y bolsos que precisaba para disimular su menudencia.
Midió bien los tiempos y al poco se convirtió en viuda, viuda de un nobel con Fundación y un sinfín de derechos de autor. Ahora amenaza con publicar sus memorias (aunque estoy seguro de que lo único que nos puede interesar de ellas lo eludirá) en una operación de marketing que dosifica con femenino cálculo, a ver si consigue recuperar algo de la liquidez que le va a faltar cuando tenga que afrontar las cuantiosas indemnizaciones al hijo (ilegalmente desheredado) del escritor y ¡ay, que Hacienda también eres tú!, una probable sentencia condenatoria por delitos tales como fraude fiscal, estafa y malversación de caudales públicos.
¿Qué vería en su sonrisa paralizante, en su mirada astuta, en sus córvidos gestos el septuagenario Cela? Probablemente nada, estoy porque Cela se fijaba a su edad en otros detalles, en otros talentos...
Pobre Marina, ¡cuánto debe de estar echándolo de menos! Seguro que se acuerda de cuando él vivía y ella simultaneaba sueldecillos del ABC, Onda Cero y Tele 5. Ahora me dicen que le queda una corresponsalía colombiana, que no le dará ni para comprarse un Casio en los chinos.
Marina que, sin duda, leyó La Celestina tomó prestada su divisa, "a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo", sin reparar en que a la alcahueta la liquidó el servicio. No sé cómo terminará Marina pero, por ahora, en el baile de nóminas que se traía con tres empleados de su servicio ha tropezado con  la Seguridad Social que ha descubierto, junto con la Fiscalía, un entramado de sociedades interpuestas para no pagar el IVA.
Espero que Marina, entre toga y toga, encuentre un rato para terminar sus memorias. Si lo cuenta todo seguro que nos las leemos. Y se forra, aunque quede como lo que es, una... trapalleira.