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sábado, 27 de junio de 2015

PICASSO, DE AVIGNON A AVIGNON


Le baiser, Picasso, 1969






Cuando Picasso expone su última obra en la capilla del Palacio de los Papas de Avignon en 1970 es un titán impotente y desesperado porque ya no puede seguir asaltando los cielos que se guardan en las alcobas femeninas. Pero aun así sigue siendo, en esencia, el mismo pintor. Sus cuadros de entonces son una suerte de elegías autobiográficas de carácter compensatorio, la confesión desgarrada y sincera de un cisne que se muere. Un trabajo prometeico de 166 obras que le habían ocupado todo un año (desde el 5 de enero del 69 hasta el 1 de febrero del 70) y que certificaba que ya no podía seguir robando del mismo modo el fuego a los dioses.

No hubo piedad: la crítica fue cruel y los llamados “expertos” se enfurecieron y fueron a por él. Aquellos que hasta entonces le habían concedido la caprichosa libertad de los genios de pronto decidieron abandonarlo a su suerte. Y un coro de voces autorizadas comenzó a tararear por el mundo la cantinela de que el titán se había vuelto gagá y que esa senilidad era fatalmente irreversible. Así fue como Avignon se convirtió en su capilla ardiente.

En realidad Picasso había entrado, con el ímpetu de sus últimas fuerzas, en lo que años después se llamaría su “estilo tardío”, igual que un elefante en una cacharrería. Estilo que al sector más piadoso de la crítica se le ocurrió aquello de que había que leerlo como una contribución graciosa del dios tutelar del arte del siglo XX a la revolución cercana del mayo del 68. Todo aquel estruendo desconcertó al artista, nada acostumbrado a ver pasar tan cerca las balas sobre su cabeza, y optó por la vía del visionario, afirmando que su obra solo se entendería después de 10 o 15 años.

El caso es que el MoMA al exhibir en 1980 el legado de Picasso, en una magna exposición inclusiva, todavía debía de recordar aquel famoso anatema de cierto pope del mundillo artístico que tildó de “pintarrajeos infantiles de un nonagenario en horas bajas” sus obras de Avignon y decidió mostrarlas con cicatero embarazo en sus salas más discretas.


No será hasta que como consecuencia, sobre todo, de la terca labor de Beyeler (su último e influyente marchante), el Centre Pompidou y la Tate Gallery (1988) se alíen en la reivindicación del “estilo tardío” del artista cuando el mundo comience a darse cuenta de que el carácter seminal y revolucionario de la obra del joven Picasso de “Las señoritas de Avignon” seguía siendo, en lo profundo, el mismo y seguía estando vigente, sesenta años después y a las puertas de su muerte, en aquellas salas papales de la, ahora sí, verdadera y auténtica Avignon.

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