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miércoles, 24 de junio de 2015

JESÚS ZURITA: UN MUNDO ABISAL






No sé si Jesús Zurita es el “primus inter pares” de la dilatada nómina de pintores barrocos en trance de madurez en España o el más romántico artista germano con pasaporte y genealogía española. Nunca me he parado a pensar sobre el asunto y, es más, sospecho que a los auténticos hacedores de mundos tales categorías les importan un rábano. Lo que sí tengo para mí es que la obra que desde hace década y media viene realizando es una de las propuestas figurativas más estupefacientes y perturbadoras que uno puede llevarse a los ojos en el panorama de las artes en nuestro país. A estas alturas es ya lugar común, constatación trillada, ponderar tanto su prodigioso dominio de la técnica del dibujo como su extraordinaria capacidad para levantar mundos extraños y paralelos. Habilidades, ambas, en las que intuimos ha ido entrenándose con calculada tenacidad desde su adolescencia como lector fascinado  de cómics y tebeos. Magma plástico que el adiestramiento y la sensibilidad de un talento como el suyo ha conseguido elevar hasta niveles de gran arte o arte complejo.

Las suyas suelen ser narraciones visuales y como nato narrador que es sabe del valor concluyente de lo que no se cuenta, de lo que intencionadamente queda sugerido o en suspenso y que solo el ojo y la mente del que mira podrán traducir como desenlace. En eso consiste el valor de lo poético y, al cabo, es ese recurso el que faculta que el grueso de su obra se abra al misterio.

Si muestro este dibujo es simplemente porque ahora me pertenece y aunque entiendo que el hecho no añade ningún mérito al dibujo es, en cambio, del único del que puedo hablar con más causa. En él se dan, por otra parte, algunas circunstancias que lo hacen singular: me consta que, de alguna manera, fue la espita que abrió su última serie de dibujos titulada “Todos mellados” en la que empieza a aparecer con profusión la figura humana. Y hay algo en él, además, que me atrevería a calificar si no de novedoso al menos de infrecuente: la convivencia de lo “sublime” romántico con una suerte de patetismo freak en la estela del Tod Browning de “La parada de los monstruos”.

No me apetece desentrañar lo que se escenifica en este cuadro de personajes con boscaje (un inquietante arbusto de guindillas), pero salta a la vista que nada bueno está a punto de acontecer en él, y que todos temen lo que aun no conocen pero acaso sospechen –tanto las mujeres en cueros como los hombres vestidos a la estrambótica-: que oculto en la espesura palpita lo ignoto, ese agujero negro donde, a lo peor, nada se esconde y que su solo vislumbre te empuja al averno.








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