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domingo, 25 de septiembre de 2011

El árbol de la vida, según Malick

Cuando hace ahora unos treinta años vi, por primera vez,  Días del Cielo recuerdo que me pregunté "Dios mío, ¿quién es este poeta?" No conocia a Terrence Malick y apenas había oído hablar de su fotógrafo, Néstor Almendros, que terminó ganando el Oscar de ese año por este film extraordinario. Me pareció una obra impecable y muy rara en la cinematografía norteamericana. La he vuelto a ver en varias ocasiones y siempre me gusta más que la ocasión anterior.
No volví a saber nada de él -creo que es bastante reacio a los medios- hasta su siguiente película La delgada línea roja. Y para ello tuve que esperar veinte años. "Está claro que este hombre se toma su tiempo con calma para enseñar algo nuevo" me dije. Acabo de ver El árbol de la vida, su nuevo "algo nuevo", y no cabe duda de que todas mis expectativas se han confirmado plenamente. Estamos ante una auténtica obra maestra y a mi me sigue temblando la mirada. El árbol de la vida es una película para poetas y pintores y una apuesta al borde del precipicio.
Tengo que decir que desde su primer fotograma Malick consigue imponer en la sala oscura un silencio reverente y universal. Era sábado por la noche y la sala estaba casi llena. Conforme avanzaba la cinta las imágenes tenían el sabor de Tarkovsky, del Kubrick de los espacios metafísicos, del Bergman de los secretos familiares. Esas son las alturas en las que planea la película y esos los compañeros de curso de Terrence Malick.
He oído decir que la película apenas tiene argumento, que la historia es tan delgada que, a la postre, se queda en puro ejercicio estético. De todas las opiniones esta me parece una de las más desvariadas. Si algo tiene El árbol de la vida, aparte de una fotografía bellísima y un trabajo actoral de gran altura, es densidad argumental. A falta de uno, dos argumentos superpuestos. Dos historias que, al cruzarse, terminan contando lo mismo: que sólo hay esperanza dentro de la fe, que para redimirse del dolor de la vida es necesario creer en el silencio de Dios.
Al final, cuando el hijo atormentado por la temprana muerte de su hermano pasea por una extraña tierra blanca, que bien pudiera ser una de las caras del cielo, entre otros tantos resucitados, comprende finalmente que sólo en la capacidad del perdón de los pecados -propios y ajenos- descansa la única posibilidad de experimentar la paz en la tierra y, luego de la muerte, la ansiada gloria eterna.

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