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domingo, 18 de septiembre de 2011

Andrés Serrano, explorador de límites

Hubo un tiempo en que estuve muy interesado por la muerte. Quiero decir, por algunas representaciones artísticas que de la muerte se han producido en estas últimas décadas. Me propuse entonces revisar el trabajo de determinados artistas razonablemente representativos de nuestra cultura. Lo que desde primera hora intenté evitar fueron los ejercicios banales o demasiado artificiosos y sensacionalistas y también los descaradamente autorreferenciales. No me interesaba tanto el drama de la muerte como su serena y desapasionada reflexión. Así fue como descubrí la obra de Andrés Serrano. Una obra que, debo confesarlo, me impresionó por su hipnótica capacidad de evocación. Y en concreto su serie de The Morgue (Cause of Death) de 1992, donde su cámara convierte la muerte moderna (que suponemos terrible al leer el título que acompaña a cada foto) en imágenes de perturbadora belleza, muy ligadas a la historia del arte.
De este inicial entusiasmo mío surgieron dos trabajos que me tuvieron ocupado algún tiempo: Andrés Serrano: el cuerpo despojado y Nuevas encarnaciones de la muerte: Andrés Serrano. El primero apareció en el número 3 de la revista Red Visual (www.redvisual.net) mientras que el segundo fue publicado en las Actas de las primeras Jornadas de Arte Contemporáneo Combinarte, auspiciadas por el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira en 2006.
En estos días he leído en un periódico italiano lo que ya tuve que leer, en demasiadas ocasiones anteriores, en otras revistas y periódicos de América, Francia o España. Que una exposición suya se presenta con polémica y hasta con escándalo. Visto en perspectiva parece como si siempre alguien lo buscara, si no el artista quizá acaso sus promotores o intermediarios sociales.
Desde que el timorato senador D´Amato se dedicara a pasear por todas las dependencias del Senado de los Estados Unidos que pudo a su "sacrílego" Piss Christ (una tan bella como inquietante fotografía de un crucifijo sumergido en orina), allá por los años 80 del siglo pasado, el escándalo persigue a Serrano. Ahora, por lo visto, la ocasión se presenta en Milán y la causa son sus Holy Works (Obras Sagradas) en los que el fotógrafo de origen hispano nos propone de nuevo una interpretación sui generis de la iconografía cristiana en la que revisa motivos tan conocidos como La Última Cena o La Virgen con el niño. Y esta vez la controversia la genera el pequeño detalle de que su Madonna se inspira en un crimen. Un crimen que hizo correr ríos de tinta en 2008. El caso de Casey Anthony, una joven madre acusada de matar por asfixia a su pequeña hija de apenas dos años y medio. Como ya ocurriera con sus célebres Cristos y Madonnas sumergidos en orina o sangre y, años después, con sus cadáveres anónimos de la morgue neoyorkina, también ahora sus imágenes buscan la belleza y la emoción. Y a fe que vuelven a alcanzarlas.
Sólo conociendo algunas circunstancias extraartísticas (informaciones y experiencias desencadenantes, materiales de trabajo, títulos entre paréntesis) podría, en cierta medida, entenderse la polémica. Aunque yo hablaría más bien de incomodidad, de cierta angustia, las cuales, por cierto, suelen estar radicadas en aquello que no se ve o está dicho entre paréntesis.


En el caso de The Morgue esto resulta clarísimo: la leyenda que cada fotografía llevaba adjunta es lo que hacía que esos cuerpos nos resultaran tan incómodos para la mirada. Así se daba la paradoja de que en esos paréntesis técnicos descansa la única posibilidad de individuidad, de convertir a esos muertos en individuos, aunque fuera demasiado tarde para ellos. Individuos como si dijéramos post mortem.
En Holy Works Serrano, además, vuelve a colocarse conscientemente tras la estela de su tradición artística que es, sin duda alguna, de raigambre europea y católica. Los homenajes a Piero della Francesca, Leonardo o Caravaggio son evidentes. Esta voluntad de reelaboración y actualización de la iconografía clásica católica fue uno de los aspectos que estudié y analicé en Nuevas Encarnaciones de la Muerte, mi ponencia ya citada, en la que amén de desvelar algunas de sus fuentes me propuse demostrar que Serrano es un serio y minucioso lector e intérprete de imágenes de la historia del arte occidental. Y, al mismo tiempo, un artista que no se arredra a la hora de explorar los límites de dicho arte desde una concepción religiosa.
"Creo en un arte vivo, que respira y late con la sangre, que eleva, que trasciende y transforma. Y, sobre todo, creo en un arte que avanza sin miedo por territorios nuevos e inexplorados (...) Creo en mí mismo, en Dios y en Jesucristo. Pero lo hago intentando evitar los fanatismos". Esta suerte de credo, de declaración de principios es del propio artista y puede interpretarse como una respuesta defensiva a los últimos ataques sufridos.
En Europa ha sido nada menos que el influyente y generalmente lúcido Jean Clair (exdirector del Museo Picasso de París) quien ha vuelto a poner en el punto de mira de la crítica a nuestro fotógrafo neoyorkino. Clair, a cuenta de la promoción de su último ensayo El invierno de la cultura, ha declarado que "artistas como Serrano, Orlan o Sherman hacen con sus obras el elogio de la espontaneidad y la violencia (...) Ellos son fieles representantes de uno de los escenarios actuales del arte: el subjetivismo narcisista, basado en la exhibición de los desechos del cuerpo".
Sin entrar en el fondo de la fundamentación de sus críticas que, por lo demás, no difieren mucho de lo que ya denunciara otro francés, Gilles Lipovetsky, hace más de veinte años, creo que meter en el mismo saco a Andrés Serrano y a una artista como Orlan es una clara torpeza metodológica. Nada tiene que ver la refinada sensibilidad de Serrano, cuya elaboradísima obra siempre ha estado concebida desde una impasibilidad poco dada al sentimentalismo o al phatos y en permanente búsqueda del aura perdida, con las fotografías autohíbridas y las esculturas escenográficas de Orlan, todas ellas más cercanas al diseño gráfico que al gran arte.
Hay que violentar demasiado el aliento que impulsa la obra de Serrano para poder hablar de "exaltación de la violencia o de la monstruosidad". Para eso ya existen fotógrafos como  Joel Peter Witkin, por poner un ejemplo.
Si por algo parecen seguir apostando en estos desacralizados tiempos las imágenes de Andrés Serrano es por la capacidad de emocionar e iluminar que en el verdadero arte siempre ha habitado.

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