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sábado, 21 de enero de 2012

¿Es la pintura de historia una pintura realista?


¿Es la pintura de historia una pintura realista?

Fromentin, la caza con halcón
en Algeria, 1862
Es siempre llamativa la desorientación que caracteriza a tantas etiquetas artísticas. De todas ellas quizá no sea la de realista la que menos problemas haya dado a la crítica y, sin duda, es una de las más longevas y pertinaces de cuantas acosan al común de los mortales. Por mi parte, no estoy muy seguro de si esto se debe a nuestra inveterada tendencia natural a confundir figuración con realismo o bien a que el ancho paraguas del realismo acoge a más compañías de las que serían deseables.
Sin embargo, al respecto artístico el diccionario de la Real Academia es claro y preciso: entiende como “realista” al partidario del sistema estético que asigna como fin a las obras artísticas o literarias la imitación fiel de la naturaleza. Así lo dice, literalmente.
La definición, por tanto, debería despejar cualquier duda y poner cada cosa en su sitio. Queda claro que según lo afirmado, la pintura de historia no casa ni con el espíritu ni con la letra de tales palabras.
Basta dar un repaso sucinto por el género –desde el rigor neoclásico del padre J-Louis David hasta las obras de un hijo fiel como Gros o las de los descarriados y respondones Géricault o Delacroix- para comprobar cómo si algún fin abriga este tipo de pintura no es el de imitar fielmente la naturaleza sino, más bien, el de trascenderla, a menudo idealizándola, a través de intenciones de carácter espiritual, religioso o político.

el entierro de Ornans, Courbet, 1850


Conviene tener muy en cuenta que el adjetivo “realista” al empezar a ser empleado por críticos comoThéophile Gautier o Champfleury pretendía salvar la irreconciliable distancia que le separaba de las inmediatas corrientes anteriores –aún en boga- como eran el romanticismo (de estirpe alemana) y el propio clasicismo (más académico y francés).
En este sentido, el realismo albergaba en su seno un cierto aire revolucionario y un claro afán científico. No creía en la belleza ideal ni rechazaba ningún tema social por feo que pudiera resultar. Su apóstol, no haría falta subrayarlo, fue Courbet pero los que dieron la última vuelta a la tuerca realista fueron, aunque pueda parecer desconcertante, los pintores impresionistas. El impresionismo y sus derivados, con sus preocupaciones por los efectos directos de la luz natural y su interés por las teorías ópticas de un Chevreul (1839) desarrolladas luego en las “leyes de contrastes simultáneos” y de “los colores complementarios”, no es otra cosa que el final de etapa del viaje realista en el siglo XIX.
Un pintor como Eugène Fromentin, ortodoxo practicante del género de historia y, por tanto, bastante descreído de todo aquello que oliera a moderno, lo había sentenciado en un artículo publicado en La revue des Deux-Mondes: “El dogma realista no tiene más fundamento que una mejor y más correcta observación de las leyes de los colores”.  Y acto seguido se permitía añadir, desde lo alto de su reputado pedestal, que eso tendría algún valor pictórico si los realistas supieran pintar bien. Es aquí donde se esconde el quiz de la cuestión. ¿Qué es “pintar bien” para Fromentin? Sin duda, pintar atendiendo escrupulosamente al perfecto acabado, a la superficie pulida, a la composición rigurosamente equilibrada y, en suma, a lo que el intendente imperial en cuestiones artísticas, el conde de Nieuwekerke, consideraba pintura digna del Salón oficial. Por cierto, habría que aclarar que es el mismo aristócrata que se atrevió a decir delante de ciertos cuadros de Millet, Daubigny y Corot “esto es pintura de demócrata, de esa gente que no se muda de ropa interior y que trata de imponerse a la gente decente. Me disgusta y me asquea…”.
Gros, Napoleón batalla de Eylau,1810
Seguramente Fromentin y Baudry y Cabanel y Bouguereau y, por encima de todos, Meissonier no le disgustaban ni le asqueaban en absoluto. Todos ellos, por cierto, cultivadores, muchas veces, de la historia como tema en la pintura. Pero ninguno nunca realista.
En cualquier caso, pintores que no convendría hoy anatemizar con adjetivos tan desgraciados como “pompier” o “Kitsch”. A un artista hay que juzgarlo con criterios lo menos coyunturales y tornadizos posibles. La pregunta es ¿se ajustan convenientemente sus medios a sus fines? Si es así, nos iría mejor con olvidarnos de los juicios destemplados y tendenciosos y dejarlos para cuestiones más ligeras.
Sin embargo, no puedo –ni quiero- resistirme a transcribir una de esas opiniones contundentes, sobre todo porque viene al caso y es, además, cosecha de Edmond Duranty, quizá el misionero más lúcido y brillante de la “nueva pintura”.  En su “La nouvelle peinture, a propos du groupe d´artistes qui expose dans les galeries Durand-Ruel” (1876), refiriéndose al colectivo de pintores de historia, dice: “Se esfuerzan en amalgamar todos los manierismos; disponen sobre sus telas unas figuras desvaídas y acartonadas que han copiado sin gracia de los venecianos, sobrecargando los colores hasta encenderlos o diluyéndolos hasta apagarlos (…)sirven en mezcolanza un insólito guiso seco y demasiado hecho, una ensalada de tristes líneas angulosas y torpes, de colores desentonados, unas veces demasiado insípidos y otras, demasiado ácidos, una confusión de formas tan gráciles como desgarbadas, tan enfáticas como morbosas. Solamente los interesados en una arqueología en plena evolución (…) consiguen encontrar un poco de interés en este arte negativo y encopetado (…) Todas las convenciones se dan cita en él, en él falta todo aquello que es inherente al hombre, a su individualidad, a su espíritu (…) Estos pintores ignoran que los grandes artistas, los espíritus inteligentes, iluminan los detalles antiguos, la tradición, con la luz de la vida moderna”.
Duranty se sigue despachando a gusto varias páginas más pero creo que con esto es suficiente.






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